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VI Estación


 
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VI Estación
La impotencia de un hombre cívico

Jesús compareció ante el procurador, y el procurador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Respondió Jesús: «Tú lo dices.» Y, mientras los sumos sacerdotes y los ancianos le acusaban, no respondió nada. Entonces le dice Pilato: «¿No oyes de cuántas cosas te acusan?» Pero él a nada respondió, de suerte que el procurador estaba muy sorprendido. Cada Fiesta, el procurador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que quisieran. Tenían a la sazón un preso famoso, llamado Barrabás. Y cuando ellos estaban reunidos, les dijo Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?», pues sabía que le habían entregado por envidia.
Mientras él estaba sentado en el tribunal, le mandó a decir su mujer: «No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa.»
Pero los sumos sacerdotes y los ancianos persuadieron a la gente para que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Y cuando el procurador les dijo: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?», respondieron: «¡A Barrabás!» Díceles Pilato: «Y ¿qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo?» Dicen todos: «¡Sea crucificado!» -«Pero ¿qué mal ha hecho?», preguntó Pilato. Mas ellos seguían gritando con más fuerza: «¡Sea crucificado!» Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo: «Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis.» Y todo el pueblo respondió: «¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarle, se lo entregó para que fuera crucificado.
(Mt 27,11-26)


dal film
"Il vangelo secondo Matteo"
di Pier Paolo Pasolini
Gesù davanti a Pilato


Tras la ferocidad de la muchedumbre y la astucia de los hombres de religión, se encuentra a Pilato. Es un romano, ajeno a los odios y a las pasiones de aquella gente. Lleva tras de sí una tradición de justicia, que hace presumir una cierta imparcialidad. Pilato representa la civilización de la Roma imperial. De hecho, organiza un proceso en toda regla, pidiendo a Jesús que responda. Y además hay otra posibilidad, el indulto, la gracia que normalmente concedía por Pascua. No era un fanático. Era un hombre cívico y sabía que se lo habían entregado por envidia: por esto buscaba un modo para dejarle libre. Quizá, entre la justicia y la gracia conseguiría la liberación de Jesús. «No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa» -le había mandado a decir su mujer. Quizá era una mujer sensible y había intuido algo durante la noche en que Jesús fue arrestado. Todo parece favorecer a Jesús en aquel mundo civilizado de los romanos. La que tenía más razón aquella noche era precisamente aquella mujer, demasiado impresionable quizá, pero que creía en los sueños. A decir verdad, no había tanta necesidad de sueños y presentimientos. Bastaba el derecho y un mínimo sentido de humanidad: bastaba mirar a la cara a aquel hombre, ver su rostro, mirarle a los ojos, escucharle hablar, juzgar serenamente sus actos, para hacerle justicia.

Es odioso mandar a la muerte a un asesino, cuanto más a Jesús, que asesino no es. ¿Qué mal ha hecho? Hay un momento en el que hacer justicia significa comprometerse. Hay dos partes, la de los inteligentes, los refinados, y la de los instintivos, más groseros: Pilato y la muchedumbre. La de quienes no siguen los sentimientos de humanidad para no comprometerse, y la de quienes se dejan llevar por el histerismo colectivo, por el último grito. Para ambos, la justicia es un lujo personal demasiado caro.

Jesús responde al interrogante de Pilato que le pregunta si es el rey de los judíos: «Tú lo dices» -igual que respondió a Caifás. No negó, sino que confesó su Evangelio. Sin embargo, no responde ni a los sumos sacerdotes ni a los ancianos. Su silencio era una respuesta no violenta a la violencia de las preguntas. Pilato estaba maravillado por esta actitud de Jesús. Quedaba la oportunidad de la gracia que se concedía por Pascua, y entonces dijo: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?». Se lo preguntó a la muchedumbre para salir de la trampa de la conjura de aquellos hombres de religión. Pero la gente respondió: “A Barrabás” «Y ¿qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo?» -preguntó. “¡Sea crucificado!”. Y Pilatos dijo: “Pero ¿qué mal ha hecho?”.

La astucia de aquellos pocos había fanatizado a la multitud. De este modo, la imparcialidad cívica, benévola, de Pilato, acabó en nada, completamente desbaratada. Entonces, al final, ante la muchedumbre, ante el tumulto, se dejó llevar por un gesto casi histérico: tomó agua y se lavó las manos. Dijo: «Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis». Sin embargo, podría haber liberado a Jesús. Fallaba la justicia, fallaba la civilización, como tantas otras veces. Y Pilato era responsable de aquella sangre. No basta con ser civilizados, honrados o justos, porque la honradez y la justicia se deben comprometer con el hombre que sufre. La justicia se debe convertir en pasión hacia el hombre, de lo contrario corre el riesgo de ser cómplice. Lo vemos en la historia de Pilato. No basta con lavarse las manos educadamente al final, hay que mancharse las manos, como había hecho Jesús con hombres y mujeres, sanos, leprosos y enfermos.

Aquí el civismo de Pilato es vencido. Vence la multitud, enloquecida y fanática. Aquella muchedumbre causa lástima a los ojos de Jesús: antes le había exaltado y ahora le condena. Aquella multitud cree vencer pero pierde, porque no se da cuenta de quién tiene delante, el que les ha amado mucho hasta el final: “¡Jerusalén, Jerusalén! –había dicho- ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido!”

Ahora la multitud está completamente dominada por el odio hacia aquel pobre hombre, por el orgullo colectivo, donde cada uno se olvida de sí y se exalta en el histerismo de la masa. En las manifestaciones de masa, todos se olvidan de su debilidad y de su pecado. Se sienten multitud y se exaltan: son las horas del nacionalismo, del fanatismo, del racismo. Las horas en que se pisotea al débil y al que está solo. ¿Quién grita? Ninguno y todos. Gente que no cuenta nada logra la muerte de Jesús. No se puede decir quién ha gritado más o quién menos. Todos están escondidos en la multitud. Pero si no se sale de la multitud y no se va detrás de Jesús, mirándole a la cara, conmoviéndose por él que sufre, se es cómplice. Cuando uno se esconde en el anonimato de la multitud, aunque se sienta pequeño, se acaba siendo cómplice. Y nadie conocerá el nombre del cómplice: está escondido entre la multitud.

Permanece, inquietante, la preferencia de la multitud por Barrabás. ¿Por qué escogen a Barrabás y no a Jesús? ¿Cuál es su atractivo? Dice el Evangelio que se trata de un hombre violento, de un asesino. Quizá es un patriota, ciertamente es un hombre fuerte, que encarna una lucha violenta. A un grupo de pequeñas personas le fascina más la ostentación de fuerza hasta el homicidio que la debilidad de Jesús. Es un profeta indefenso, que no coge la espada, convencido de que la Palabra cambia las cosas más que la espada. Es un profeta que no gusta y que no hace nada por gustar. La palabra de Jesús a veces toca el corazón de los hombres y las mujeres que escuchan, que lloran, y que otras veces se irritan.

Sin embargo, también en nuestros tiempos, hombres grandes han sido profetas indefensos: más que usar la espada, se han dejado robar la vida por la espada de los demás. Muchos, como el arzobispo Romero de San Salvador, el hermano Carlos de Jesús asesinado en el desierto argelino por una banda de Tuaregs, o Gandhi, insoportable para el fanatismo religioso y nacionalista.

Por una parte, está el civismo de Pilato, por otra, el fanatismo de la multitud. Y Jesús es condenado a muerte. Hay una conjura, la responsabilidad es de todos. Cada uno puede pensar que la culpa es del otro. De hecho, ¿de quién es la culpa? ¿De un político romano honesto pero débil? ¿De una multitud fanática? ¿De religiosos cegados por el odio? ¿De discípulos miedosos? Las complicidades son claras, pero, por encima y dentro de todo esto, está la fuerza del mal que quiere la muerte y el silencio eterno de Jesús. Y cada uno puede ayudar a esta fuerza del mal con su contribución, y al mismo tiempo sentirse fuera. Para liberarse de esta complicidad no basta con ser honestos como Pilato, obedientes como la multitud, o justificados por la ley como el Sinedrín: hay que escoger la pasión por el hombre que sufre, ensuciarse las manos con el Señor Jesús, correr el riesgo del odio de la multitud, y arriesgar la impopularidad.

El momento de la decisión por Jesús nos hace medirnos con la complicidad con el mal: de forma cívica o no cívica, vulgar o elegante, porque siempre se puede ser cómplices del mal. Y Jesús muere.





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