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IV Estación


 
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IV Estación
La conjura del mal

Todavía estaba hablando, cuando de pronto se presenta Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, de parte de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos. El que le iba a entregar les había dado esta contraseña: «Aquel a quien yo dé un beso, ése es, prendedle y llevadle con cautela.» Nada más llegar, se acerca a él y le dice: «Rabbí», y le dio un beso. Ellos le echaron mano y le prendieron. Uno de los presentes, sacando la espada, hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le llevó la oreja. Y tomando la palabra Jesús, les dijo: «¿Como contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos? Todos los días estaba junto a vosotros enseñando en el Templo, y no me detuvisteis. Pero es para que se cumplan las Escrituras.» Y abandonándole huyeron todos. Un joven le seguía cubierto sólo de un lienzo; y le detienen. Pero él, dejando el lienzo, se escapó desnudo.
(Mc 14, 43-52)


Cimabue
Il bacio di Giuda


En esta escena evangélica dos caminos se enfrentan. Uno es el camino que Jesús quería inaugurar entre los hombres, estando todos los días en medio de ellos, enseñando en el templo, con la palabra, la mansedumbre y el amor por los demás. El otro camino, el que vence, reúne a mucha gente, gente diferente que se identifica en un grupo, con espadas y palos. Por este camino marcha un grupo compuesto por un traidor seguido de una multitud que va hacia Jesús como si se tratara de un malhechor. Sólo en contraposición a él esta gente consigue encontrarse unida y vencer. Jesús permanece ante ellos con su actitud: su palabra y su simpatía hacia todos. Hasta deja que el traidor se acerque a él para besarle. Se deja besar. Los discípulos comprenden que han vencido la violencia y la fuerza de quienes encuentran su identidad en una banda en búsqueda de enemigos. Y también ellos, como una banda derrotada, le abandonan y huyen.

Sólo un joven le sigue, un pobrecillo, vestido con un lienzo, un cuerpo ágil que, cuando es detenido, deja el lienzo y se escapa desnudo. Jesús había dicho: “si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Hay que volver a ser niños, adolescentes, jóvenes, para creer que la palabra, la simpatía hacia todos, y el amor pueden ser vividos. De lo contrario se escoge la fuerza, en la banda, con las espadas y los palos. Hay quien se olvida y huye. Sólo un joven, un niño, un adolescente, permanece fiel al cariño y continúa siguiéndole con la confianza de que habrá un futuro.

Los discípulos prefieren no ver, duermen. Esta es la actitud típica de los hombres y las mujeres corrientes, como nosotros. Es la actitud del levita y del sacerdote que pasan de largo ante el hombre medio muerto por el camino de Jerusalén a Jericó.

Pero, ¿quién ha reducido de esa forma a un hombre que tenía autoridad como Jesús? Judas colabora, consiguiendo que le identifiquen, como el último cordero. Colabora en una conjura tramada en altas sedes, en palacio. Pero, ¿quién reduce a un hombre de esa manera? Cuántas veces, viendo a un hombre destrozado, que vive por la calle, desesperado, la gente, con su sabiduría popular, dice: ‘El culpable, que llore’. El Evangelio no piensa así: habla de una conjura, de gente que manda, de colaboradores, de traidores y ejecutores. Es la gran conjura del mal que vemos actuando, activa, concreta, en la historia de Jesús. Es la conjura del mal que perdura cada día. La responsabilidad no es sólo de uno, de dos, o de tres, sino colectiva, de muchos. No sólo Judas es culpable, ni tampoco es culpable sólo la multitud de judíos que se encontraba en ese momento en Jerusalén y se vio implicada en el episodio. Hay una conjura del mal. Pensándolo bien, la disparatada e infundada acusación de deicidio al pueblo judío (precisamente a partir del Evangelio de la Pasión), ha permitido que generaciones enteras de cristianos se sintieran inocentes y ajenos a la conjura del mal que se desenvuelve alrededor de Jesús. En definitiva, no nos incumbe porque es una culpa étnica y nacional.

¿Cómo reaccionar ante esta conjura? ¿Cómo responder a esta alianza del mal? El Evangelio nos relata la respuesta de uno que sacó la espada e hirió a un siervo del sumo sacerdote. Reaccionar con violencia: en el Evangelio de Marcos no aparecen palabras referentes a este gesto del amigo de Jesús que tomó la espada hiriendo la oreja de un siervo. A diferencia de los otros Evangelios, aquí hay un silencio. Sin embargo, Jesús dice: ‘¿Para hacerme callar habéis necesitado espadas y palos, es decir, violencia? Esta es vuestra derrota, no la mía’. Exactamente afirma: «¿Como contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos? Todos los días estaba junto a vosotros enseñando en el Templo, y no me detuvisteis».





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