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VIII Estación


 
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VIII Estación
La muerte de un vencido

Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz. Le conducen al lugar del Gólgota, que quiere decir: Calvario.
Le daban vino con mirra, pero él no lo tomó. Le crucifican y se reparten sus vestidos, echando a suertes a ver qué se llevaba cada uno. Era la hora tercia cuando le crucificaron. Y estaba puesta la inscripción de la causa de su condena: «El rey de los judíos.» Con él crucificaron a dos salteadores, uno a su derecha y otro a su izquierda.
Y los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: «¡Eh, tú!, que destruyes el Santuario y lo levantas en tres días,¡sálvate a ti mismo bajando de la cruz!» Igualmente los sumos sacerdotes se burlaban entre ellos junto con los escribas diciendo: «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse.¡El Cristo, el rey de Israel!, que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.» También le injuriaban los que con él estaban crucificados.
Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: «Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?», -que quiere decir- «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» Al oír esto algunos de los presentes decían: «Mira, llama a Elías.» Entonces uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber, diciendo: «Dejad, vamos a ver si viene Elías a descolgarle.» Pero Jesús lanzando un fuerte grito, expiró. Y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo. Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios.»
(Mc 15, 21-39)


Giotto
La crocifissione


El dolor de este hombre es grande, terrible: el cansancio de un hombre destrozado que carga con la cruz, la tortura de la crucifixión, el abandono, la desesperación, la oscuridad envolviéndolo todo. En esta condena a muerte se pone de manifiesto una lentitud malvada, como un rito de muerte, en medio de un teatro violento que se desarrolla despacio, sin ninguna piedad hacia el que muere.

En los comentarios de los que pasaban por allí, en las burlas de los escribas y los sumos sacerdotes, y en los insultos de los que estaban crucificados con él, hay una constatación: no se salva a sí mismo. ‘No puede’, dicen, poniendo de relieve su impotencia. Quizá no quiere. Ante la mayoría parece desesperado e impotente: sin embargo, quizá es que se ha confiado enteramente a las manos de Dios. En esta impotencia se esconde el secreto de la fuerza de la fe que nadie entiende. Su impotencia esconde toda su fe sufriente.

Está solo, desesperadamente solo a lo largo de este lento rito de muerte. Alguien se le acerca, Simón de Cirene, que venía del campo y era padre de Alejandro y Rufo. Rufo y su madre eran quizá los cristianos de Roma recordados por Pablo en la carta a los romanos.

¿Qué puede significar un poco de ayuda entre tanto dolor, en medio de tanta gente que se abate como fieras contra un inocente? La ausencia de piedad aflora con todas sus fuerzas. ¿Por qué tanto odio contra un vencido? Se descubre el gusto de gente débil y violenta que, para sentirse fuerte, menos vulnerable, menos débil, debe golpear a un vencido. Sucedió en el Calvario, y sucede con frecuencia en muchas partes del mundo, allá donde hay un pobre hombre humillado como el crucificado.

Su muerte fue terrible: sobre la cruz, en una tarde oscurecida. Como único consuelo, una esponja empapada en vinagre. El Evangelio relata dos testimonios acerca de esta muerte. Uno, anónimo, es de algunos de los presentes, que al oír las palabras del salmo 22 («¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»), creyeron que llamaba a Elías. De hecho, decía Eloí, o, como dice el Evangelio de Mateo Elí, Elí, que quiere decir Dios, y les parecía que llamaba a Elías. Parecen las palabras confusas de una agonía, cuando la conciencia empieza a desvanecerse.

Los presentes, sin embargo, tienen la sensación de participar en un acontecimiento extraordinario, hasta el punto de decir: ‘Veamos si viene Elías para bajarle de la cruz’. Tienen la sensación de que alguien vendría a bajarle de la cruz. No es normal que Elías venga. Indudablemente, hay una extraña expectativa en medio de los presentes, la de que Elías pudiera venir para salvarle de la cruz. Moría un hombre que los presentes empezaban a sentir confiado en una gran fe: pensaban que Elías vendría a liberarle. Era una muerte que, más allá drama, empezaba a decir algo. Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Hay otro testimonio, el de un centurión, que también había colaborado con su parte en aquel rito de muerte: estaba frente a él y le observaba. Le vio morir de esa manera. Conocemos la reacción de ese centurión ante aquella muerte: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios» dijo. La forma de morir del Señor fue extraordinaria, como extraordinaria era su forma de vivir. Sus últimas palabras son las palabras del Salmo. Los presentes presumen que alguien debía venir a liberarle, porque este hombre que muere es un hombre extraordinario. «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios».

Jesús es un hombre extraordinario, pero, sin embargo, es un pobre hombre que muere indefenso y abandonado como los más míseros de este mundo. Es también un hombre común, como todos, pero que sufre y muere mucho peor que la mayoría de la gente.





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