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IX Estación


 
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IX Estación
Estar cerca del Señor

Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
Y ya al atardecer, como era la Preparación, es decir, la víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro respetable del Consejo, que esperaba también el Reino de Dios, y tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. Se extrañó Pilato de que ya estuviese muerto y, llamando al centurión, le preguntó si había muerto hacía tiempo. Informado por el centurión, concedió el cuerpo a José, quien, comprando una sábana, lo descolgó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en roca; luego, hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de Joset se fijaban dónde era puesto.
(Mc 15, 40-47)


Giotto
La deposizione


Ante la tumba del Señor Jesús, sellada con una piedra, no hay mucha gente según el Evangelio de Marcos: sólo María Magdalena, María la madre de Joset y Salomé. Tres mujeres. También la iniciativa de un judío piadoso, José de Arimatea. Pocos. Pocos saben y esperan que en aquella tumba Jesús reecuentra la vida y que de esa tumba saldrá el que puede liberar al mundo.

Con aquellas tres mujeres puede estar cada uno de nosotros rezando. Puede estar también la gente huída que vuelve, que pide perdón, que reza, que espera, que espera una vida diferente, una vida sin muerte ni lágrimas, una vida sin guerra, una vida mejor.

Todavía no es la resurrección, pero algo extraordinario ha sucedido. Terrible, pero extraordinario. El cariño y la conciencia de algo extraordinario mantienen allí a María Magdalena, María la madre de Joset y Salomé, mujeres que le han seguido desde Galilea, junto a otras que subieron con él hasta Jerusalén. Estar cerca de Jesús, estar cerca del sepulcro, cerca de la cruz, es siempre el comienzo de la comunidad cristiana. La oración, el cariño y la cercanía se convierten en amor valiente hacia su cuerpo que tanto ha sufrido. Es el amor valiente de José de Arimatea, miembro con autoridad del Sanedrín, que esperaba el reino de Dios. José, con decisión y con lealtad hacia su maestro asesinado, acudió a Pilato para pedir el cuerpo de Jesús. Quien le quiere bien no renuncia a hacer algo por él, por un pobre, por el cuerpo de un sufriente, por el de un amigo.

Pero, ¿qué podrán hacer? No lo saben. El amor tiene su esperanza, y, donde no llega la inteligencia llega la esperanza. Humanamente no hay mucho que hacer. Con mucho cariño le descolgaron de la cruz, le envolvieron en un lienzo, y le depositaron en un sepulcro excavado en una roca, haciendo rodar una piedra.

No había nada más que hacer, había muerte, pero el cariño no conoce la muerte, no cede ni siquiera ante la muerte. Hay quien reza y observa, como María Magdalena y María la madre de Joset, no lejos del sepulcro. Jesús les había enseñado: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra?”. Aquellas mujeres, ante la piedra del sepulcro, pedían que la vida de su maestro no acabase. Una oración desesperada, así puede parecer. Hay quien reza y quien ama con valentía, como José de Arimatea, sin renunciar a la piedad.

Esta es la comunidad cristiana: los que están cerca del Señor, cerca de su palabra y de su cuerpo, los que aman con valentía, con una esperanza que no teme desmentidos. Fe, esperanza y caridad. En la escena dramática del Calvario, de la cruz y del sepulcro, en la escena dramática de la muerte, hay una gran esperanza y sobretodo hay fe, amor hacia este Jesús.

Jesús enseñó a amar a José, a las mujeres, a los pocos que quedaron. Enseñó a esperar, incluso ante la muerte enseñó a creer que Dios es grande y misericordioso y no abandonará a su hijo detrás de una piedra.

¿Serán estos pocos discípulos, estas pobres mujeres, los que se contrapongan a la conjura de espadas y palos, a la inclinación fácil al odio hacia un inocente? Este grupo de discípulos no se contrapondrá a nadie, pero con fe, con esperanza y con amor confiado en el Señor irá lejos, cuando sean investidos por el testimonio de la resurrección. Se parte de una oración pobre, un tanto desesperada, de un amor valiente, y se encuentra después, con fuerza, la vida y el sentido de la vida. Esta es nuestra fe. Esta es la pequeña experiencia de los creyentes en las horas más oscuras: la experiencia de mañana, la experiencia de Pascua. Junto al cuerpo del Señor está la vida, nuestra esperanza, la fuente del amor. No nos alejaremos de aquí.

De aquí se puede extraer una mentalidad nueva, se puede renovar un corazón envejecido, sordo en el orgullo, insensible, frío. De aquí cada uno puede partir con una conciencia nueva: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios», pero era uno de nosotros.





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