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VII Estación


 
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VII Estación
La cruz de Jesús y de tantos crucificados

Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús se volvió a ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! Entonces se pondrán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Sepultadnos! Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?» Llevaban además a otros dos malhechores para ejecutarlos con él.
Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Se repartieron sus vestidos, echando suertes.
Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: «Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido.» También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el rey de los judíos, ¡sálvate!» Había encima de él una inscripción: «Este es el rey de los judíos.»
Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!» Pero el otro le increpó: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» Jesús le dijo: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»
Era ya cerca de la hora sexta cuando se oscureció el sol y toda la tierra quedó en tinieblas hasta la hora nona. El velo del Santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu.» Y, dicho esto, expiró.
Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo.» Y toda la muchedumbre que había acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvió dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo estas cosas.
(Lc 23, 26-49)


Escuela de Moscú (siglo XIV)
Icono de la Crucifixión


Para quien tiene el corazón duro, para quien se ha vuelto malvado en el odio, en el miedo y en el orgullo, queda siempre la esperanza de encontrar al Señor Jesús. Jesús no deja nunca de hablar, ni siquiera en el momento de su muerte. Jesús contempla la escena de aquellas mujeres que se batían el pecho y se lamentaban por él, que quizá antes habían estado en medio de la multitud y quizá habían unido sus voces a la de cuantos le condenaban, como pobre gente que no sabe qué pensar. Jesús sufriente se dirige a ellas: “no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos”. Es la invitación a buscar aquellas lágrimas que han salvado a Pedro. Es la última palabra mientras se lo llevan, mientras junto a él queda tan sólo un pobre desgraciado, Simón de Cirene, uno del campo que no comprende mucho de la vida, al que le han echado a las espaldas su cruz y debe sufrir y cansarse sin saber por qué. Qué triste e injusto es este mundo: que los jefes le humillen, que los soldados descarguen sobre él su frustración como ejecutores de órdenes, en tierra extranjera, lejos de casa. ¡Qué triste que alguien que no tiene nada que ver tenga que cargar con pesos que no son suyos! Pero él ha asumido las cargas de todos.

Repasemos los gestos de la crucifixión. No saben lo que hacen, pero lo hacen decididamente, velozmente. Le llevan fuera, le colocan una cruz para que la lleve. Le llevan hasta un lugar llamado Calvario. Había también dos malhechores. De hecho, Jesús era considerado un malhechor. Le crucifican entre dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.

No sabían lo que hacían: destruían la esperanza del mundo, asesinaban al que había venido a salvar, a hablar del Evangelio, al que había venido a ayudar a los hombres, a liberar a los prisioneros, a responder a la oración de muchos, a curar a los enfermos. No sabían lo que hacían, pero lo hacían con gran decisión. Lo hacían porque habían escogido no escucharle, seguir adelante violentamente por su camino.

El final sobre la cruz parecía el naufragio de su misión. Entre las últimas palabras de Jesús hay una oración: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Jesús reza al Padre porque sólo el Padre puede perdonar la estupidez y la violencia con que matan a quien les ama. Le crucificaron fuera de Jerusalén, entre dos malhechores, en un lugar llamado Calvario. Le incluyeron entre los malhechores. La suerte de este buen hombre que amaba a todos fue la de un bandido, la de un malhechor. Mientras los reyes y los jefes de las naciones se hacen llamar benefactores, mientras la multitud manifiesta su simpatía y su solidaridad hacia Barrabás, Jesús es considerado como un poco de bueno. De él está escrito: “Todo lo ha hecho bien”. Por esto ha sido crucificado y su nombre debe borrarse de la tierra de los hombres.

El suyo es un final trágico, triste y doloroso, un final de pobre, de condenado, de perseguido, sobre la cruz, entre dos bandidos, quizá dos asesinos. ¿Es el final del Evangelio, de la aventura de Jesús con los hombres, del gran sueño de un mundo distinto? Mientras tanto, con sus últimas fuerzas, Jesús rezaba al Padre.

Hay algunas palabras que impresionan: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Golpean a un inocente y no saben lo que hacen. Hasta los asesinos del Hijo de Dios pueden ser perdonados. Si pueden ser perdonados los asesinos del Hijo de Dios, cualquier asesino, cualquier delincuente, pequeño o grande, cualquier pecador puede ser perdonado.

También nosotros. También nosotros debemos perdonar a los demás y debemos hacer que el perdón crezca en el corazón de muchos. El perdón no es un regalo que se hace a los demás. Es un Evangelio, el Evangelio de reconciliación para que no se muera más en este mundo. Jesús dice: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Hay que perdonar para que esta violencia no vuelva a desatarse nunca más así.

Las últimas palabras de Jesús son las palabras de quien se confía al Padre, parecen las últimas palabras pero son el comienzo de una nueva vida. Se pronuncian después de un sí y después de un no. El no es al Evangelio de este mundo: “Sálvate a ti mismo”. ‘No’, dice el Señor. Es un no dicho con su silencio.

El es al dolor de este mundo, a uno de los malhechores que le pide: “acuérdate de mí”. El último respiro es para responder sí a uno de estos malhechores: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso». A continuación, en medio de la gran oscuridad que se produjo aquel mediodía, a las tres, Jesús dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu».

Esta escena turbó a muchos: turbó al centurión, a los conocidos y al pueblo que regresaba a sus casas. Esta escena del Evangelio sigue turbando. Dicho esto expiró. Pensaban que habían acabado con él y que todo habría terminado. Habían tenido miedo de él, habían querido matarle, pero no habían comprendido quién era. La propuesta que le hacen es todo lo contrario a su vida, (“Sálvate a ti mismo”), lo contrario a todas sus palabras, a toda su vida hasta los últimos momentos en Jerusalén, hasta esos últimos momentos que nosotros hemos seguido: “Ha salvado a otros; que se salve a sí mismo” –le dicen. Jesús no se salva a sí mismo. Ha venido a salvar a los demás. Dios lo salvará, pero él no se defiende a sí mismo.

Si los hombres y las mujeres, si nosotros no aprendemos a dejar de salvarnos a nosotros mismos a toda costa, habrá siempre muchos crucificados, muchos torturados, habrá siempre una gran miseria y mucho pecado.

Si no aprendemos a dejar de amar nuestra propia vida de forma violenta y espasmódica, con todas nuestras fuerzas, seremos infelices y haremos infelices a los demás. Si los hombres no aprenden a dejar de amarse a sí mismos por encima de toda cosa, serán siempre prisioneros de ese amor que es fuente de dolor para los demás y para sí mismos. ¡Hay que dejarse salvar!

Jesús permanece en la cruz y quizá alguien, viéndole, empezando a escuchar el Evangelio, puede comprender como ha comprendido el “buen” ladrón, ese malhechor crucificado, que dice: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino».

Quizá alguien, viendo a este crucificado que no salva su propia vida, puede empezar a comprender. Como aquel centurión, que viendo aquel muerto dijo: «Ciertamente este hombre era justo». Hubo alguien entre la multitud que se había congregado que se puso a reflexionar sobre lo que había ocurrido, y repensándolo comprendió. Mientras tanto, sus conocidos y las mujeres asistían de lejos al acontecimiento de la muerte del Señor Jesús sobre la cruz, a la muerte de un hombre que no quería salvarse a sí mismo.





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