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"Si para derrotar el miedo al contagio se arrodillan nuestras iglesias". Artículo de Andrea Riccardi en el periódico La Stampa

29 Febrero 2020

Andrea Riccardicoronavirus

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El cierre de muchas iglesias en el norte de Italia, la suspensión de las misas, funerales solo con los familiares y medidas de este tipo me han dejado una cierta amargura. No soy epidemiólogo, pero ¿estamos realmente ante peligros tan grandes como para renunciar a nuestra vida religiosa comunitaria?

Es necesario ser prudente, pero quizás nos hemos dejado arrastrar por el gran protagonista de nuestro tiempo: el "miedo". Además, las tiendas, los supermercados y los bares (en parte) siguen abiertos, y el bus y el metro funcionan, como es normal. Pero las iglesias prácticamente se han equiparado a los teatros y a los cines (que han sido obligados a cerrar). Pueden seguir abiertas, pero sin oraciones comunes. ¿Qué peligro representan las misas feriales, en las que hay un puñado de personas, dispersas por bancos de edificios de aforos enormes? Hay menos peligro que en un bar o en el metro o en un supermercado. Solo en la región de Emilia se han permitido las misas feriales. Es una fuerte indicación de miedo. Pero también es la expresión de la sumisión de la Iglesia a las instituciones civiles.
Las iglesias no son solo "aglomeraciones" de riesgo, sino también un lugar del espíritu: un recurso en tiempos difíciles, que suscita esperanza, consuela y recuerda que no nos salvamos solos. No quiero evocar a Carlos Borromeo, que en 1576-77, cuando hubo la peste en Milán (epidemia mucho más grave que el coronavirus y que entonces se combatía con las manos): el santo visitaba a los enfermos, oraba con el pueblo e hizo descalzo una nutrida procesión para que terminara aquel azote. La oración común en la iglesia, sin duda, alimenta la esperanza y la solidaridad. Es sabido que hay motivaciones, fuertes y espirituales, que ayudan a resistir a la enfermedad, es experiencia común. El sociólogo americano Rodney Stark, escribiendo sobre el ascenso del cristianismo en los primeros siglos, destaca que fue decisivo el comportamiento de los cristianos en las epidemias: no hacían como como los paganos, que huían de las ciudades y esquivaban a los demás. Ellos, más bien, motivados por la fe, se visitaban unos a otros y se ayudaban, rezaban juntos y enterraban a los muertos. Tanto es así que su índice de supervivencia fue más alto que entre los paganos por la asistencia concienzuda, aunque sin medicamentos, y por el vínculo comunitario y social. Los tiempos cambian, pero las recientes medidas sobre el coronavirus parecen banalizar el espacio de la Iglesia, revelando la mentalidad de los gobernantes.

Frente al "gran miedo", solo habla el mensaje de la política, única e incierta protagonista de estos días. El silencio en las iglesias (aun estando abiertas) es del algún modo un vacío en la sociedad: la libre reunión en la oración habría dado un mensaje muy distinto, sin descuidar la prudencia y el autocontrol. Redes sociales, radio y televisión no sustituyen la libre reunión. Se entiende por qué el arzobispo de Turín, monseñor Nosiglia, lamenta que en las ordenanzas de la región del Piamonte (de manera parecida a otras del norte de Italia) "los servicios religiosos son considerados superfluos y, por tanto, no exentos de medidas restrictivas". Sí, "superfluos". Es algo sobre lo que reflexionar, producto de una política que subsigue al miedo, aunque a veces exhibe símbolos religiosos. Sin embargo, el símbolo religioso por excelencia es la comunidad reunida en oración. Ni siquiera en tiempos de bombardeos y del paso del frente durante la II Guerra Mundial (cuando la Iglesia fue el alma que sostuvo a un pueblo) se cerraron las iglesias y se suspendieron las oraciones. Al contrario, el pueblo se reunía porque confiaba en la oración, a pesar de los peligros de bombas y masacres. Tal vez la colaboración de la autoridad eclesiástica local con la regional ha sido demasiado intensa como subordinación a esta última. De ese modo se termina banalizando la presencia y la aportación de la Iglesia, que en realidad hace una aportación a la vida de las personas. Se celebran tristes funerales en el cementerio, con apenas unos pocos familiares. El "silencio" y la soledad religiosa son un agravio en medio de los problemas. Intentemos escuchar los sentimientos del "pueblo de Dios": en Padua la familia de una joven de catorce años, fallecida repentinamente, se negó a hacer el funeral privado y obtuvo el permiso de las autoridades para hacerlo al aire libre, de modo que pudieran participar muchos jóvenes.


[ Andrea Riccardi ]

Artículo aparecido en La Stampa

Traducción de la redacción