Papa Francisco, Marco Impagliazzo: “Con usted miramos al futuro de una Comunidad en salida”

Padre Santo,
Bienvenido a Trastévere, en el corazón de Roma, barrio del antiguo puerto, y también hoy puerto para muchos que la visitan: peregrinos, turistas, viajantes, migrantes. Aquí están la iglesia y la casa de la Comunidad de Sant’Egidio que cumple 50 años de vida. Es una gracia poder acoger cada día a personas de todos los lugares en nuestra casa y en nuestra oración. Es también una especial vocación de ser romanos. Le damos las gracias por estar aquí por este aniversario. ¡Estamos contentos y agradecidos por su presencia! Con usted queremos no tanto mirar los años pasados, sino el futuro de una Comunidad en salida hacia las periferias de la ciudad y del mundo. La ciudad siempre ha sido nuestro horizonte, desde los inicios. 

Sobre todo la ciudad oculta y desconocida, la de las pobrezas y la exclusión. Los primeros niños de la escuela de la paz, Andrea y sus amigos los conocieron a orillas del Tíber, en chabolas ocultas por los carteles publicitarios que pusieron en ciertas zonas de Roma durante las Olimpiadas de 1960. ¿Dónde estaba la Iglesia entre aquellas personas? ¿Dónde estaba Dios en aquellos lugares? Por eso, junto a la escuela de la paz, empezamos a abrir el Evangelio para hacer presente a Jesús entre aquella gente abandonada. ¡El Evangelio en la ciudad, el Evangelio para todos! Sin excluir a nadie. La Palabra era nuestra brújula; la ciudad, nuestro horizonte.  De la comunicación del Evangelio nació el fruto que usted ve hoy. Somos en todo deudores a la Palabra de Dios, “lámpara para nuestros pasos” (como hemos querido titular el día de hoy), y al Espíritu Santo. La Palabra nos ha salvado de la ideología y de la tentación de la autorreferencialidad. Dios no es un sueño, su Palabra no es un sueño, sino que hace soñar, como dice el Salmo 125: “Cuando el Señor repatrió a los cautivos de Sión, nos parecía estar soñando”. La Palabra nos ha hecho soñar, a nosotros, hombres y mujeres de pequeños horizontes.

 Y con la Palabra, los pobres que han sido maestros nuestros en muchas ocasiones y que han sido hermanos y hermanas nuestros. ¡Qué triste es una Iglesia que tiene a los pobres como clientes y no como hermanos! Gracias, Padre Santo, por haber llevado, con su palabra y sus gestos, a los pobres al corazón de la Iglesia y haber hecho realidad el gran sueño del papa Juan, el sueño de una Iglesia de todos y especialmente de los pobres. Hemos encontrado en usted a un padre y un hermano, en usted se unen paternidad y fraternidad, mientras que la Iglesia es nuestra madre. Esta Comunidad no es para alguien, no es de una parte o de otra, sino que es para todos. Eso es lo que nos pidió Jesús, que derramó su sangre por todos. Mientras que los hombres excluyen (así ha pasado con los judíos, con los negros, con los gitanos, con los refugiados...), Jesús amaba a todos:  «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mt 11,28), dijo. Él tiene “misericordia con todos ellos”, nos recuerda Pablo (Rm 11,32). Todos: no alguno, no muchos, sino todos. Sin excepciones. Ese es el horizonte al que queremos mirar mientras comunicamos el Evangelio. Nos lo enseña usted cada día con su predicación. Con usted queremos soñar una Iglesia pueblo de todos, sin excluir a nadie, para que la misericordia del Señor toque el corazón de todos, sin excluir a nadie
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