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Palabras e imágenes de la liturgia por la fiesta de san Egidio. Homilía del cardenal Matteo Zuppi y saludo de Marco Impagliazzo

1 Septiembre 2020 - ROMA, ITALIA

San EgidioMarco ImpagliazzoMatteo Zuppi

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Predicación del cardenal Matteo Zuppi en ocasión de la fiesta de san Egidio


Primera Lectura 1Co 2,10-16
Salmo Responsorial Salmo 144
Evangelio Lc 4, 31-37
 

Hoy esta plaza reúne de algún modo a todos los que están dispersos por los cuatro puntos cardinales de la tierra, a quienes sentimos muy unidos a nosotros en aquel lazo verdadero e invisible que es la comunión.

Vivimos con alegría especial el recuerdo de san Egidio. Efectivamente, hoy recordamos un aniversario realmente importante: 1300 años de su muerte, que tuvo lugar en el sur de Francia, donde está enterrado. Es una ocasión privilegiada para dar gracias. Nunca deberíamos desaprovechar ninguna ocasión para hacerlo, porque dar gracias nos ayuda a vivir bien, "es justo y necesario", como se dice en la Liturgia, y es fuente de salvación, porque quien da gracias vive mejor él y hace que los demás vivan mejor. Dar gracias ayuda a recordar los dones que tenemos y nos libra de la tentación de quedarnos atrapados por las preocupaciones que hacen que nos perdamos la parte que no será quitada y que nos hacen ser tan victimistas que no nos damos cuenta de la cercanía de Dios.

Demos gracias por un don que es nuestro y es mío, personal como lo más íntimo y valioso que tenemos cada uno y que nos ayuda a hacer hermoso al prójimo amándolo. Es un regalo común, que hace que vivamos en una única casa con muchas habitaciones unidas, aunque estén lejos. A pesar de nuestro pecado, estamos unidos, porque Dios siempre es más grande que nuestra miseria.

"La amistad aquí nunca termina", decía un viejo y emocionado amigo de la Comunidad, Valdo Vinay, porque es la decisión de Dios de ser amigo y nos permite ser una familia, y serlo en todas nuestras decisiones porque es la más importante de todas. Sant'Egidio es una casa, y no una sede. Me sorprendió (¡me dio incluso un sobresalto!) recibir una llamada telefónica de Andrea precisamente el  día de san Egidio de hace un año. Me dijo que el papa Francisco había anunciado que me iba a crear cardenal. Entonces lo vi claro: eminente es la Comunidad, lo que tengo es por el amor que he recibido y todos somos titulares de esta casa que nos une al obispo de Roma y a su Iglesia que preside.

Demos gracias porque nos ha cambiado la vida y después de tantos años y tantas resistencias, no deja de hacerlo. En la pequeña semilla del inicio había oculto un árbol grande que Andrea vio incluso cuando parecía imposible, porque creyó que la Palabra es eficaz y le damos las gracias de todo corazón, junto a Marco y a todos los que, como diría el apóstol "se afanan por nosotros".

Oremos siempre unos por otros y también por quien tiene el servicio de la comunión en una familia tan grande, realmente universal y que nos pide a todos que nunca dejemos de dar nuestra amistad y cercanía. Sant’Egidio es un  árbol realmente grande que quiere dar cobijo en un mundo lleno de intereses oscuros y poderosos, que lo amenazan peligrosamente, que lo echan a perder, a través de multitud de pandemias a las que la Comunidad no se acostumbra jamás, que no ha ignorado y no ha afrontado sin prisa, con la distancia de los funcionarios.

Con el mal no hay tiempo que perder y Sant’Egidio no ha dejado de tener prisa por llegar a muchos hombres medio muertos y en ciertos aspectos un mundo medio muerto, para los que si se pierde tiempo significa también la mitad de la vida que les quedaba, esta vez por culpa del bandolero que es la indiferencia. En estos meses tan difíciles y llenos de soledad y miedo hemos entendido aún más la fuerza de humanidad de san Egidio y hemos entendido que no podemos desperdiciarla con un amor vacío de pasión o guardarla para nosotros. 
Sant’Egidio vivió en un mundo completamente distinto al nuestro y podríamos pensar que no tiene nada que ver con nuestra vida. El amor siempre supera las distancias, el tiempo, las diferencias, porque viene de Dios. Y es cierto que lo que queda es lo que damos a los demás. La santidad, es decir, el amor de Dios reflejado en nuestra humanidad, no termina nunca y continúa después de nosotros. San Egidio no llevaba una aureola encima, pero los demás lo buscaban porque transmitía un amor que lo hacía atractivo y luminoso, que le daba autoridad, como quien está vacío de sus palabras y está lleno de las palabras de Dios.

Era un griego que se tomó en serio el Evangelio y se sentía en casa por todas partes, como la Comunidad. Fue hasta el otro extremo del mundo de entonces: Francia y España. En Cataluña hay algunos santuarios dedicados a san Egidio. Era un rico que se hizo pobre. Era un hombre de oración intensa y perseverante y al mismo tiempo, atento a los demás; acogía a todos, sobre todo a los pobres y a quienes necesitaban protección. No se dejaba intimidar por los violentos y por los ricos. Al contrario, si estos se lo encontraban, le entendían y cambiaban, porque no era presuntuoso, sino poderoso, fuerte, lleno de la inteligencia de Dios. Resistía su violencia y defendía a la cierva, amiga suya. Construyó un monasterio, es decir, una comunidad de personas. Al principio ninguno de nosotros sabía quién era san Egidio.

Los primeros años de la Comunidad a menudo le preguntaban a Andrea qué había hecho de especial aquel san Egidio para que hubiera decidido tomar su nombre. ¡Hemos descubierto que se nos parece muchísimo! Porque quien ama al Señor no es totalmente igual a los demás, un poco como ocurre con quien se ama a sí mismo y, por tanto, es banal e igual a los demás, pero descubre que somos hermanos y que serlo es hermoso, entiende que somos hijos de la misma madre y vive la alegría de estar juntos y ser hermanos: pobres y ricos, hombres y mujeres, enfermos y no enfermos, jóvenes y viejos, niños y adolescentes, todos podemos escuchar el Evangelio y ayudarnos a ponerlo en práctica aprendiendo que cada uno de nosotros siempre tiene algo que dar a los demás. 

¡Qué alegría, pues, un santo así y tener un nombre que nos une! Su nombre da importancia al nombre de cada uno y hace que crezca en nosotros, incluso después de tantos años, las ganas de ser mejores y la decisión serena de sacar lo mejor de nosotros.  San Egidio fue uno que hizo muchos milagros. Y nos enseña a hacer las cosas grandes de los discípulos de Jesús, que no pueden tener un amor mediocre. Las historias antiguas hablan de personas que estaban en situaciones muy difíciles, como prisioneros o condenados a muerte, que pronunciaron el nombre de san Egidio y fueron liberados o protegidos.  Otra historia habla de san Egidio como el que prepara en la tierra para los pobres la mesa que Jesús prepara para nosotros en el paraíso. El nombre mismo nos hace compañía en las dificultades, es como luz en la oscuridad, nos hace sentir importantes incluso en la debilidad más grande, porque somos amados, estamos solos pero no aislados, como les ocurre a algunos hermanos nuestros que por desgracia viven lejos y en situaciones peligrosas. Representa la paz. Y quienes invocan a san Egidio porque están sumidos en la terrible tormenta de la guerra.

El Evangelio que hemos escuchado nos habla de un hombre que no era dueño de sí mismo porque estaba poseído por un espíritu que amargaba su corazón y la relación con los demás. Jesús repara, cura, hace que callen la división y construye una relación de amor, nos da el poder de liberar el mundo de muchos espíritus de división, de odio, de violencia y de soledad. Por eso san Egidio era y es protector de los débiles, curador, defensor de quien no sabía qué hacer, también de las personas con sufrimientos psiquiátricos y espirituales, náufragos, poseídos por demonios, campesinos que invocan la lluvia cuando hay sequía.

San Egidio es un patrón, un protector, es decir, alguien que piensa en mí, que no se olvida de mí, que me toma en serio y para el que soy tan importante que viene a ayudarme. Sigue protegiendo la cierva de la violencia del rey y de la arrogancia de quien cree ser dueño del medio ambiente. ¡Cuántas personas no tienen a un patrón que les defienda! Celebremos con alegría a nuestro patrón, sabemos que el Señor nos ama y decidamos ser protectores para los demás. Y su fuerza es solo la de los humildes, es decir, de quienes no confían en su orgullo sino en la gracia. Amemos a san Egidio, amemos esta casa que es santa porque es un don de Dios. "Bueno es el Señor para con todos, tierno con todas sus creaturas. Alábente, Señor, tus creaturas, bendígante tus fieles; cuenten la gloria de tu reinado, narren tus proezas, explicando tus proezas a los hombres, el esplendor y la gloria de tu reinado".


Antes de terminar la liturgia

Saludo de Marco Impagliazzo

Quisiera enviar una felicitación y un saludo a todos los que estáis en la plaza, a quienes están en la basílica y a todos los que están conectados en todo el mundo para esta gran fiesta. Querido Andrea, gracias por la inspiración que das cada día a la vida de la Comunidad. Querido Matteo, sacerdote romano a pleno título, sacerdote romano trasteverino, íntimo colaborador del papa Francisco, titular de esta iglesia de Sant’Egidio en este especial aniversario. Era necesario hacer una fiesta así por los 1300 años del fallecimiento de san Egidio y, seguramente, también para celebrar tu primer año de cardenalato. Quizás esta es la verdadera sorpresa. Doy las gracias también a Vincenzo y a Ambrogio, que concelebran en esta liturgia tan hermosa y solemne para la que finalmente hemos recibido el permiso del gobierno y de la Conferencia Episcopal para reforzar el coro en las liturgias.

Pero quisiera agradecer sobre todo los numerosísimos mensajes recibidos de muchas maneras, a través de las redes y personalmente. Es emocionante abrazar idealmente a todas nuestras Comunidades, una gran familia de comunidades, como ha dicho Matteo. El recuerdo de san Egidio, un recuerdo que durante muchos siglos estuvo asociado a un hombre y luego, poco a poco, a un lugar, un santuario, un eremitorio, una iglesia y a muchos lugares que se han construido asociados a este santo en Europa. Un recuerdo europeo, un santo europeo. Pero dejadme decir que es así pero ya no es así. Porque hoy este recuerdo ha traspasado las fronteras europeas y ya no se asocia a un hombre, a un santo sino que está vinculado a una Comunidad –o al menos nosotros la sentimos como tal–, a muchas Comunidades que forman parte de la misma familia, una familia universal.

Y todo lo que san Egidio ha representado a lo largo de la historia –la protección de los pobres, de los pequeños, de las enfermedades, de los náufragos, de los azotes de la naturaleza, de las pandemias–, todo lo que san Egidio representó como protección, hoy nuestra comunidad lo vive y lo quiere vivir en el futuro, y es providencial que sea así en este tiempo. Porque la respuesta a un tiempo difícil como el nuestro es no estar solo y no dejar a nadie solo, y saber que estamos todos en la misma barca, como dice el papa Francisco. La respuesta a este tiempo es ser comunidad, también ser Comunidad de Sant’Egidio y es poblar de comunidades nuestras ciudades, y por eso es hermoso que ya no sea solo el recuerdo de un santo sino la vida de una Comunidad que toma su nombre de él. Por eso, pidamos a san Egidio que proteja a la Comunidad y la haga crecer en el mundo a la Comunidad y su estilo, porque hay un estilo de la Comunidad que es signo de protección para con todos los necesitados. Que san Egidio nos dé la bendición de no estar nunca solos, de construir todos los días comunidades que no viven de virtualidad sino de realidad. ¡Viva san Egidio!

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