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Migrantes, las víctimas olvidadas y los balbuceos de una Europa dividida

7 Enero 2022

Andrea Riccardi
MIGRANTES

Artículo de Andrea Riccardi

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Migrantes, las víctimas olvidadas y los balbuceos de una Europa dividida.

Entre Salerno y Calabria, 1100 desembarcos. Italia, España, Francia y Alemania pueden crear políticas más humanas

No hay respiro por Navidad en el frente del Mediterráneo:  barcas hundidas, otras barcas interceptadas por los libios, muchos muertos, nuevos desembarcos...  Giorgia Linardi recordaba en el periódico  La Stampa, que incluso en la Navidad de 1914, durante la Gran Guerra, hubo una tregua entre los combatientes. Sin embargo, hoy... Un número indeterminado de personas han muerto cerca de Libia, algunas tras ser perseguidas por los guardacostas libios. 

En Salerno y en Calabria han desembarcado 1100 personas.  Otros están en el mar y esperan barcos de ONG. 

Nos hemos acostumbrado a noticias de este tipo. Las pasamos de prisa. Todo parece igual. 

Pero la contabilidad del dolor es dura: en un año 1500 personas han muerto intentando abandonar Libia;  más de 25.000 han sido detenidas por la marina libia y han sido devueltas a tierra. Un total de 64.000 han llegado a Italia tras un peligroso viaje. 

Cada historia es un drama particular. Muchos han soportado la terrible estancia en Libia. En todo el mundo la gente sigue desplazándose y huyendo. Los dolores se multiplican. Recordar las expulsiones duras como muros no es suficiente. En primer lugar, hay que decir que Italia necesita trabajadores extranjeros. 

Así lo demuestra el nuevo "decreto sobre flujos" para 70.000 personas (que han solicitado los empresarios).  Se tendrá que ampliar pronto, porque hay sectores aún no cubiertos, como el cada vez más numeroso sector de la atención a las personas, por ejemplo, las cuidadoras. 

Hay muchas situaciones cangrenadas, donde los refugiados siguen siendo prisioneros sin esperanza. Pienso en los campos de sirios en el Líbano (país que sufre una gravísima crisis). Los "corredores humanitarios" son una señal de esperanza para los refugiados y una ayuda para los países donde se encuentran. Las sociedades europeas pueden permitirse esta solidaridad. E incluso la quieren, más allá de la política. No podemos dejar a los refugiados y a los migrantes solo en Turquía (pagando) o en el Líbano. No debemos dejarlos en Libia, donde los derechos humanos no están garantizados, como ha declarado la ACNUR. 

Tras el aplazamiento de las elecciones, Libia parece haber vuelto al caos.  La comunidad internacional debe llegar a un acuerdo sobre el país norteafricano y debe imponerlo a los libios, porque aquella tierra ya no es un lugar habitable ni para ellos ni para los extranjeros. Por otra parte está Túnez, empobrecido y en peligro, donde hay que seguir interviniendo. 

La falta de una política mediterránea muestra los límites de la Unión Europea, donde demasiados países, especialmente del Este, no asumen su responsabilidad. Un ejemplo es la ausencia de solidaridad con los demás países europeos ante la llegada de refugiados: ¿puede el pequeño Chipre ser el Estado que, en términos porcentuales, acoge a más refugiados de toda la Unión? No lancemos gritos de alarma ante el peligro ruso; más bien miremos la dolorosa realidad de un mar, que se ha convertido en la tumba de muchos, cuya costa sur baña países problemáticos y poblados, como los del norte de África y el Oriente Medio. El Tratado del Quirinal, el acuerdo entre Francia e Italia, la consolidada relación franco-alemana y la colaboración con España son las premisas de una nueva política de responsabilidad europea. 

Es la respuesta a la invectiva contra la invasión y el abandono de muchos. El futuro de nuestros países se juega en el Mediterráneo, como política, acogida e integración de los refugiados, relación con el Sur. Los gobiernos, conscientes de ello, tienen la responsabilidad de avanzar con valentía, interpretando sus intereses nacionales, pero también el interés universal. De hecho, esta es la dignidad de los países europeos: hacerse cargo de una visión universal.

 

Artículo de  Andrea Riccardi en Famiglia Cristiana del 9/1/2022

[Traducción de la redacción]