Evangelio según san Mateo - Las palabras de la Cruz

PascuaSemana Santa

Compartir En

I Estación
La oscuridad de un condenado

Entonces les dice Jesús: «Todos vosotros vais a escandalizaros de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Mas después de mi resurrección, iré delante de vosotros a Galilea.» Pedro intervino y le dijo: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.» Jesús le dijo: «Yo te aseguro: esta misma noche, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces.» Dícele Pedro: «Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré.» Y lo mismo dijeron también todos los discípulos.
Entonces va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.» Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo.» Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú.» Viene entonces a los discípulos y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: «¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.» Y alejándose de nuevo, por segunda vez oró así: «Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad.» Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados. Los dejó y se fue a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Viene entonces a los discípulos y les dice: «Ahora ya podéis dormir y descansar. Mirad, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de pecadores. ¡Levantaos!, ¡vámonos! Mirad que el que me va a entregar está cerca.»
(Mt 26, 31-46)

Durante la noche, en la periferia de la ciudad de Jerusalén, hay un hombre que no descansa: está despierto y sin sueño. A sus amigos, antes de alejarse, les ha dicho cómo se siente: “Mi alma está triste hasta el punto de morir”. En efecto, ante él aparece el fantasma de la muerte. El odio que le rodea desde hace tiempo, desde Galilea, se ha vuelto una conjura. Uno de los doce, llamado Judas Iscariote, uno de sus amigos, se ha puesto de acuerdo con los sumos sacerdotes para obtener una recompensa de treinta denarios. Es el precio de su colaboración. De hecho, dice el Evangelio que desde aquel momento buscaba la ocasión para traicionarle. Y Judas, como se ha visto durante la cena, está ahí, junto a Jesús, a pesar de que ya había dado su adhesión a la conjura.

Jesús, para salvarse, podría irse de Jerusalén y refugiarse en otro lugar; así podría escapar de la conjura que está a punto de desencadenarse. Podría marcharse, tomar aquel camino que va de Jerusalén a Jericó, donde situó el encuentro con el Buen Samaritano: el encuentro del Buen Samaritano con el hombre medio muerto. Por aquel camino llegaría a zonas desiertas y lejanas, donde había predicado Juan el Bautista. Huyendo de Jerusalén quizá se salvaría. Pero no lo hace. No lo hizo.

“No es bueno que un profeta muera fuera de Jerusalén”. Un profeta debe decir algo durante la Pascua, durante ese tiempo especial que es el pasaje de la Pascua. Jesús está en Jerusalén para manifestar a todos su Evangelio. Por esto quieren matarle. Quizá, si hubiera huido, habrían estado igual de contentos. Habrían podido decir que era un falso profeta, un charlatán como tantos otros. Pero Jesús no quiere traicionar ni a su Evangelio ni a sus amigos. Se queda y ofrece su vida, sin buscar salvarse a sí mismo.

Jesús no se fue de Jerusalén, sino que permaneció en la ciudad: marcharse significaría renunciar al centro, al motivo fundamental por el que había vivido. No es una cuestión de heroísmo: hasta Pablo huye de Damasco descolgándose por un muro. Jesús debe dar a todos su buena noticia. Las multitudes le esperaban. Por esto se queda en Jerusalén, y, de este modo, una noche le encontramos algún centenar de metros fuera de los muros de la ciudad, en un jardín desde el que se ve la ciudad, cuando se apagan las luces y vence la oscuridad. ¿Qué prepara la oscuridad para Jesús? Durante la noche las cosas pierden su dimensión, se vuelven más grandes, las amenazas se vuelven más concretas, como fantasmas. Todo sucede en la soledad, porque Jesús está muy solo.

“Quedaos aquí y velad conmigo” –pide Jesús a sus amigos. ¡Cuántas cosas les había dicho! Pero ellos se habían acostumbrado a sus palabras. Quizá pensaban que exageraba, que sus discursos eran excesivos. Para él, cualquier pequeño problema, un grano de trigo, se convertía en algo grande; cada discusión se convertía en un drama. De esta manera, los discípulos se habían acostumbrado, con un poco de astucia, a no tomar demasiado en serio lo que les decía. Su alma está triste hasta el punto de morir: “¡Será una exageración!” -debieron pensar. Y todos se pusieron a dormir, convencidos de que Jesús exageraba. El maestro era excesivo. Trabajaba de día y de noche no dormía mucho. En los últimos tiempos, además, veía peligros por todas partes, sentía que todos los momentos eran dramáticos. Cuántas veces, aunque se avergonzaran un poco, habrían pensado quizá: “Necesitamos también un poco de tiempo para nosotros”, “habrá que distraerse un poco”. Jesús hablaba, pero algunas veces sus palabras son como la lluvia, no penetran y se quedan fuera.

Los ojos de los discípulos estaban cargados y tenían motivos para su cansancio. Jesús se quedó solo: cuanto más lo pensaba, más se daba cuenta de que aquélla era su última noche como hombre libre, con vida. Nadie le consolaba. Ya le habían abandonado completamente y el amigo –el que hasta ayer caminaba con él- le estaba traicionando. Otro amigo, Pedro, dormía: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa”. Jesús no quiere morir, quiere vivir. Es como un condenado a muerte que siente el amor profundo hacia esta vida que le será arrebatada. Recuerda su tierra, Galilea, su gente, sus amigos. Piensa en el trabajo que le quedaba por hacer, en sus discípulos todavía tan frágiles, ¿serán capaces de llevar adelante su Evangelio?. Le vienen a la mente las multitudes que le buscan. “que pase de mí esta copa” -dice.

Su oración no duda del amor de Dios, a quien llama Padre. En aquella noche, es más, en la gran soledad de aquella noche, lo único verdadero es el amor del Padre: «Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad.» Jesús repite esta oración tres veces, y después se levantó, se acercó a sus discípulos y vio que su gran amistad, su deseo de morir por él, se había desvanecido en un gran sueño. Ahora Jesús está solo: amigos y enemigos le han abandonado. No está lejos de aquel jardín el camino de Jericó, para huir de lo que le espera. Pero Jesús se levanta, no se va. Se vuelve hacia Jerusalén, y escucha unos pasos: “el que me va a entregar está cerca”.

 

II Estación
Amigo en la noche de violencia

Todavía estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo numeroso con espadas y palos, de parte de los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que le iba a entregar les había dado esta señal: «Aquel a quien yo dé un beso, ése es; prendedle.» Y al instante se acercó a Jesús y le dijo: «¡Salve, Rabbí!», y le dio un beso. Jesús le dijo: «Amigo, ¡a lo que estás aquí!» Entonces aquéllos se acercaron, echaron mano a Jesús y le prendieron. En esto, uno de los que estaban con Jesús echó mano a su espada, la sacó e, hiriendo al siervo del Sumo Sacerdote, le llevó la oreja. Dícele entonces Jesús: «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán.¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Mas, ¿cómo se cumplirían las Escrituras de que así debe suceder?» En aquel momento dijo Jesús a la gente: «¿Como contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos? Todos los días me sentaba en el Templo para enseñar, y no me detuvisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplan las Escrituras de los profetas.» Entonces todos los discípulos le abandonaron y huyeron. Los que prendieron a Jesús le llevaron ante el Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro le iba siguiendo de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver el final.
(Mt 26, 47-58)

Los suyos duermen, demostrando no ser ni tan buenos ni tan amigos. Llegan los que van armados con espadas y palos. Han venido a detenerle con armas, como si se tratase de un salteador. En realidad, tienen miedo de él, como si fuera un delincuente. Habrían podido echarle las manos encima a plena luz del día; pero tenían miedo porque quizá se producía una revuelta. Van a prenderle de noche, con la traición y con las armas. Es un comportamiento vil: ir a prender a un hombre de noche, con la traición, armados; a un hombre pobre, inocente, inocuo. ¿Cómo responder?

En medio de esta gente sin nombre, que no conocemos, gente de Jerusalén, gente de cualquier lugar o país del mundo –bien podría ser hoy la gente que sale del metro o la que asiste a un juicio-, en medio de esta gente hay un discípulo de Jesús: Pedro. Le hemos reconocido, no se distingue de los demás por la forma de vestir, es como todos, como nosotros: viste como la gente común y se mueve como ellos.

En realidad hemos encontrado tres discípulos de Jesús: Pedro, uno que sacó la espada, y Judas. Los tres están a su alrededor, le han escuchado, han hablado con él. Judas quería salvarse a sí mismo, era listo, quizá se sentía más listo que Jesús. Aquella noche no estaba durmiendo al aire libre en el huerto de los olivos. Con un beso le traiciona. El tercero, de quien no se dice el nombre, parece el mejor, el más valiente, y saca la espada para defender a Jesús. Pero, ¿se puede defender a Jesús sólo en un momento de valentía; o, por el contrario, la fidelidad a Jesús dura toda la vida y no sólo una hora, aunque sea una hora de heroísmo, un momento de gran generosidad?

Jesús se ha rodeado de personas que no valen mucho, desde luego nada especiales, como somos muchos de nosotros. Se ha hecho amigo de esta pobre humanidad, sumamente mediocre, que vive un momento de valentía y después toda una vida asustada. Uno de los que estaban con él, cuando ve que le ponen las manos encima, tiene un impulso de rabia: saca la espada y golpea a uno de los que habían ido a prenderle. Había que resistir, a su juicio, ante aquel abuso hacia aquel hombre indefenso, puro e inocente. “Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?” -dice Jesús. “Vuelve tu espada a su sitio”. Jesús, angustiado un poco antes, demuestra ahora una fuerza serena. Ha rezado al Padre. Aquella espada, que se alza para defenderle, en realidad le ofende. No tiene necesidad de la espada o de la violencia de los hombres: la violencia nunca defiende y ofende siempre. Le ofende a él; ofende también a los que la usan. Para Jesús no hay un enemigo a quien ofender. Ni siquiera Judas es un enemigo para él: “amigo” –le llama incluso cuando le ve. El comportamiento de Jesús con Judas es un icono de la amistad y de la no violencia por encima de todo. “Habría podido escoger –quiere decir a aquel discípulo envalentonado- una violencia muy superior a la de la espada o los palos”. Pero ha elegido el camino del amor. ¿Cómo, entonces, se puede bendecir una espada que mata? ¿Por qué alzar una espada para defenderle? ¿Se puede decir que hay una violencia buena? Le están tratando como un salteador, con espadas, con palos, van a capturarle de noche. ¿Por qué no se han acercado a él mientras estaba en el templo para hablarle, para presentarle sus objeciones, sus críticas, o sus dificultades? ¿Por qué no le han hablado de día y han venido de noche con la espada? Han tenido miedo de hablar. Han tenido miedo de su palabra. Del miedo nace la violencia y ahora vienen con armas a prenderle.

Pero le encuentran sereno, dispuesto como siempre a hablar con ellos y a dialogar. Sin embargo, está decidido a no defenderse, como hacen la mayoría en este mundo. Esto es una locura para sus discípulos: “¡Entregarse a ellos!”. Es una locura no defenderse, no alzar la voz, no empuñar la espada. Llama amigo a Judas, rechaza la espada y no huye. La locura de Jesús parece excesiva a sus discípulos que le ven ofrecerse como una víctima a sus enemigos. Es verdaderamente un comportamiento sin sentido: “Entonces todos los discípulos le abandonaron y huyeron”.

 

III Estación
Jesús en el palacio

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando un falso testimonio contra Jesús con ánimo de darle muerte, y no lo encontraron, a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Al fin se presentaron dos, que dijeron: «Éste dijo: Yo puedo destruir el Santuario de Dios, y en tres días edificarlo.» Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y le dijo: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?» Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote le dijo: «Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.» Dícele Jesús: «Tú lo has dicho. Pero os digo que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo.» Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?» Respondieron ellos diciendo: «Es reo de muerte.» Entonces se pusieron a escupirle en la cara y a abofetearle; y otros a golpearle.
(Mt 26, 59-67)

Los que habían arrestado a Jesús eran pobre gente guiada por los escribas y los ancianos del pueblo. Jesús no les había tratado como enemigos: ni siquiera a Judas le había tratado como a un enemigo. En cierta ocasión había dicho a sus discípulos y a la gente: “yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos”.

No eran ni siquiera dos millas las que separaban aquel jardín donde Jesús había sido arrestado del palacio del sumo sacerdote donde dócilmente se dejó llevar. Y aquí, en este palacio, el espectáculo es vergonzoso. Estos hombres de religión, con una malicia que sólo ciertos hombres de religión o de leyes saben tener, buscaban falsos testimonios para condenarle a muerte. No faltaban personas que se ofrecían para esta función: se presentaron muchos falsos testimonios. El sumo sacerdote le interrogaba a él. En aquella autoridad se ve el poder religioso, atrapado entre la multitud y los romanos: tenía miedo de Jesús y de su palabra. Ante este espectáculo de complot, de falsos testimonios, y de conjura, Jesús, sin embargo, estaba en silencio. “Jesús callaba”. Callaba ante la sordera profunda y la malicia. Su silencio es más claro que muchas palabras: callaba ante la violencia de las palabras, ante los falsos testimonios.

Sólo ante una pregunta («Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios») Jesús responde. Aquí no podía responder con el silencio. Este era su Evangelio. Debía responder y lo hace con palabras breves: “Tú lo has dicho”. Esta respuesta manifestaba una ingenuidad terrible. En el fondo, aquel viejo y aquel sanedrín querían justamente esta respuesta. Cuando la escuchan, todos se ponen contentos: «Es reo de muerte». Es culpable, gritan todos a coro ante una confesión tan espontánea. Para Jesús era la confesión del Evangelio: “Soy el Hijo de Dios”. Para el Sanedrín era la confesión necesaria para condenarle a muerte.

Un Dios que se ha hecho tan cercano a los hombres, que se ha hecho hijo de una mujer, que ha vivido en nuestra tierra, que ha hablado nuestra lengua, es una blasfemia. Es una blasfemia para quien no comprende la palabra de Dios, para el orgullo, para la religión de uno mismo, sin amor. Por esto tienen miedo de él, porque habla según la Palabra de Dios.

El Evangelio de Jesús es una palabra de vida, pero en este caso, para él, se convierte en una palabra de muerte. Ahora las manos de la muerte caen sobre él con satisfacción: le escupen, le dan bofetadas, le golpean y le insultan. Comienza a sentir el frío de la muerte. Tras su rostro vemos una larga fila de otros hombres torturados, engañados en falsos procesos. Vemos a los condenados a muerte, a los perseguidos, a la gente que no tiene esperanza de llegar al día siguiente. Vemos a los hombres solos en la noche que esperan que se cumpla su destino. En el rostro de aquellos hombres con dolor y sufrimiento, en el rostro de los que han sentido sobre sí las manos de la muerte, hay un rasgo del rostro de Jesús. Hay un parecido con él. Él es golpeado junto a ellos. Las manos de la muerte le caen encima. Pero, ¿de quién son estas manos? ¿cuántas son estas manos y quién es el que las mueve? Le dicen: “Adivínanos, Cristo. ¿Quién es el que te ha pegado?”. Debemos adivinar, comprender qué responsabilidades hay implicadas en la muerte del Señor Jesús, y en torno a las muertes de quienes se le asemejan.

 

IV Estación
El hombre se vuelve niño

Pedro, entretanto, estaba sentado fuera en el patio; y una criada se acercó a él y le dijo: «También tú estabas con Jesús el Galileo.» Pero él lo negó delante de todos: «No sé qué dices.» Cuando salía al portal, le vio otra criada y dijo a los que estaban allí: «Éste estaba con Jesús el Nazoreo.» Y de nuevo lo negó con juramento: «¡Yo no conozco a ese hombre!» Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: «¡Ciertamente, tú también eres de ellos, pues además tu misma habla te descubre!» Entonces él se puso a echar imprecaciones y a jurar: «¡Yo no conozco a ese hombre!» Inmediatamente cantó un gallo. Y Pedro se acordó de aquello que le había dicho Jesús: «Antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces.» Y, saliendo fuera, lloró amargamente.
(Mt 26, 69-75)

Pedro estaba fuera, no veía a Jesús. Estaba en el patio del palacio del sumo sacerdote. Había dormido en el huerto de los olivos. Jesús le había dicho a él y a los demás: “¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo?” Pero se había dormido igualmente. Aquel sueño expresaba la poca importancia que dio a las palabras de Jesús. Pero después, tras el arresto, se había agitado y le había seguido de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote, para ver cómo terminaba. No le había abandonado del todo, porque, pese a todo, estaba muy unido a él: “Seguidme, y os haré pescadores de hombres” –les había dicho Jesús a él y a Andrés a orillas del mar de Galilea. Y Pedro le seguía, pero de lejos. No quería perderle de vista, pero tampoco quería que le confundieran con él. Es una elección a medias la de Pedro, el primero de muchos cristianos que hacen como él: seguir de lejos. Antes con el sueño y ahora con la distancia, escogió no mezclarse con él. Si embargo había un lazo; por esto “estaba sentado fuera en el patio”. Impresiona la diferencia. Se decide la muerte de Jesús, y Jesús calla. Pedro, sin embargo, habla, habla mucho, demasiado, sólo porque teme ser relacionado con él.

«También tú estabas con Jesús el Galileo» -dice una criada. «También tú estabas con Jesús el Galileo», dice otra sierva. Después los presentes le rodean: «¡Ciertamente, tú también eres de ellos, pues además tu misma habla te descubre!» Parece que sea imposible seguir de lejos, le quieren obligar a una decisión, pregonando a todos aquel lazo que Pedro quiere conservar sólo en el corazón. Entonces Pedro se enfurece, comienza a echar imprecaciones y jura: «¡Yo no conozco a ese hombre!». Tres veces repite esta frase para cortar definitivamente su lazo con Jesús. A estas alturas hasta seguirle de lejos era arriesgado. Pedro tiene miedo. Pero ésta es también la historia de nuestros miedos. Es la historia de ser demasiado diferentes, demasiado galileos, demasiado amigos de Jesús el galileo. Entonces, basta la voz de una criada para infundir terror, cuando dentro hay tanto miedo y tan poca confianza.

Si se tratase de una relación normal de amistad, si se tratase de la adhesión a un partido, a una fuerza política, a un grupo; la historia terminaría en aquel patio, con aquella traición. Pero no termina. Un gallo canta, y entonces el miedoso Pedro se acuerda de lo que Jesús le había dicho: «Esta misma noche, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces». Pedro, que se conocía poco a sí mismo, que tenía poco en consideración su miedo y su debilidad, le había respondido con palabras fuertes y desafiantes: «Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré». Tras haberle negado, cuando ni siquiera le amenazaban de muerte, sino que tan sólo querían acorralarle, se acuerda de las palabras de Jesús.

Lo más hermoso, lo más verdadero, lo más humano que cada uno de nosotros puede encontrar es la palabra de Jesús. El Evangelio nos hace entrar en nosotros mismos y llorar amargamente de vergüenza por el miedo ante la cruz de Jesús y por el temor de ser confundidos con él. Quien lleva consigo la palabra de Jesús nunca será inhumano por completo: se acordará de ella. Aquella palabra despierta de la locura y de la embriaguez y nos hace reencontrarnos a nosotros mismos.

El recuerdo dilata el corazón, sofocado por el miedo y el sentimiento de haber traicionado. Así, Pedro se siente menos preocupado por la gente que le rodea y menos oprimido por su miedo. Sale fuera, al aire libre, ya no resiste más y llora amargamente. Ya no es el héroe, el fuerte, el hombre duro de la noche anterior. Pero tampoco es el hombre aterrorizado en medio del patio, el miedoso. Es él mismo, y llora con fuerza, por sí mismo, por Jesús, por aquella situación absurda e injusta, llora como un niño. Pedro se ha vuelto niño: “Dichosos los que lloran” –había dicho Jesús.

 

V Estación
Judas es abandonado

Entonces Judas, el que le entregó, viendo que había sido condenado, fue acosado por el remordimiento, y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: «Pequé entregando sangre inocente.» Ellos dijeron: «A nosotros, ¿qué? Tú verás.» Él tiró las monedas en el Santuario; después se retiró y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes recogieron las monedas y dijeron: «No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque son precio de sangre.» Y después de deliberar, compraron con ellas el Campo del Alfarero como lugar de sepultura para los forasteros. Por esta razón ese campo se llamó «Campo de Sangre», hasta hoy. Entonces se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías: Y tomaron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue apreciado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del Alfarero, según lo que me ordenó el Señor.
(Mt 27, 3-10)

También Judas se arrepintió como Pedro: “Pequé entregando sangre inocente” –confesó a aquellos hombres de religión. Y les devolvió las treinta monedas de plata, su pequeña fortuna. Quizá había sido un ingenuo no creyendo que Jesús sería condenado a muerte. Quizá había alimentado un espíritu de venganza y hastío hacia él: el hastío fácilmente se vuelve traición. Quizá había identificado en Jesús al responsable de aquel camino que le había llevado lejos de su casa, y quería echarle la culpa de una situación que le parecía un fracaso. Quizá había olfateado un buen negocio, apegado al dinero como estaba. Pero después se arrepintió. “¿A nosotros qué? Tú verás” –le dicen los hombres de religión. ¿Quién podrá perdonarle un pecado tan grande, como el de haber traicionado al Hijo del Hombre por treinta denarios de plata? La respuesta de aquellos hombres de religión es una condena para ellos mismos. Su religión no es la de Abraham, Isaac y Jacob. Para este hombre malvado y atormentado la condena es: “Tú verás”.

Pero Jesús se ha quedado en Jerusalén y ha afrontado la muerte, para que al hombre malvado y desesperado se le dé una buena noticia y nunca más se le diga: “Tú verás”. Para que haya al menos un gallo que despierte al hombre de sus pensamientos tristes. Pero en aquellos momentos, mientras Pedro llora y los discípulos huyen, Jesús es procesado: no hay nadie que pueda decir una palabra a Judas. Y falta la única palabra que es necesaria, una palabra de perdón, de aquel perdón que es vida.

 

VI Estación
La impotencia de un hombre cívico

Jesús compareció ante el procurador, y el procurador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Respondió Jesús: «Tú lo dices.» Y, mientras los sumos sacerdotes y los ancianos le acusaban, no respondió nada. Entonces le dice Pilato: «¿No oyes de cuántas cosas te acusan?» Pero él a nada respondió, de suerte que el procurador estaba muy sorprendido. Cada Fiesta, el procurador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que quisieran. Tenían a la sazón un preso famoso, llamado Barrabás. Y cuando ellos estaban reunidos, les dijo Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?», pues sabía que le habían entregado por envidia.
Mientras él estaba sentado en el tribunal, le mandó a decir su mujer: «No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa.»
Pero los sumos sacerdotes y los ancianos persuadieron a la gente para que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Y cuando el procurador les dijo: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?», respondieron: «¡A Barrabás!» Díceles Pilato: «Y ¿qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo?» Dicen todos: «¡Sea crucificado!» -«Pero ¿qué mal ha hecho?», preguntó Pilato. Mas ellos seguían gritando con más fuerza: «¡Sea crucificado!» Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo: «Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis.» Y todo el pueblo respondió: «¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarle, se lo entregó para que fuera crucificado.
(Mt 27,11-26)

Tras la ferocidad de la muchedumbre y la astucia de los hombres de religión, se encuentra a Pilato. Es un romano, ajeno a los odios y a las pasiones de aquella gente. Lleva tras de sí una tradición de justicia, que hace presumir una cierta imparcialidad. Pilato representa la civilización de la Roma imperial. De hecho, organiza un proceso en toda regla, pidiendo a Jesús que responda. Y además hay otra posibilidad, el indulto, la gracia que normalmente concedía por Pascua. No era un fanático. Era un hombre cívico y sabía que se lo habían entregado por envidia: por esto buscaba un modo para dejarle libre. Quizá, entre la justicia y la gracia conseguiría la liberación de Jesús. «No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa» -le había mandado a decir su mujer. Quizá era una mujer sensible y había intuido algo durante la noche en que Jesús fue arrestado. Todo parece favorecer a Jesús en aquel mundo civilizado de los romanos. La que tenía más razón aquella noche era precisamente aquella mujer, demasiado impresionable quizá, pero que creía en los sueños. A decir verdad, no había tanta necesidad de sueños y presentimientos. Bastaba el derecho y un mínimo sentido de humanidad: bastaba mirar a la cara a aquel hombre, ver su rostro, mirarle a los ojos, escucharle hablar, juzgar serenamente sus actos, para hacerle justicia.

Es odioso mandar a la muerte a un asesino, cuanto más a Jesús, que asesino no es. ¿Qué mal ha hecho? Hay un momento en el que hacer justicia significa comprometerse. Hay dos partes, la de los inteligentes, los refinados, y la de los instintivos, más groseros: Pilato y la muchedumbre. La de quienes no siguen los sentimientos de humanidad para no comprometerse, y la de quienes se dejan llevar por el histerismo colectivo, por el último grito. Para ambos, la justicia es un lujo personal demasiado caro.

Jesús responde al interrogante de Pilato que le pregunta si es el rey de los judíos: «Tú lo dices» -igual que respondió a Caifás. No negó, sino que confesó su Evangelio. Sin embargo, no responde ni a los sumos sacerdotes ni a los ancianos. Su silencio era una respuesta no violenta a la violencia de las preguntas. Pilato estaba maravillado por esta actitud de Jesús. Quedaba la oportunidad de la gracia que se concedía por Pascua, y entonces dijo: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?». Se lo preguntó a la muchedumbre para salir de la trampa de la conjura de aquellos hombres de religión. Pero la gente respondió: “A Barrabás” «Y ¿qué voy a hacer con Jesús, el llamado Cristo?» -preguntó. “¡Sea crucificado!”. Y Pilatos dijo: “Pero ¿qué mal ha hecho?”.

La astucia de aquellos pocos había fanatizado a la multitud. De este modo, la imparcialidad cívica, benévola, de Pilato, acabó en nada, completamente desbaratada. Entonces, al final, ante la muchedumbre, ante el tumulto, se dejó llevar por un gesto casi histérico: tomó agua y se lavó las manos. Dijo: «Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis». Sin embargo, podría haber liberado a Jesús. Fallaba la justicia, fallaba la civilización, como tantas otras veces. Y Pilato era responsable de aquella sangre. No basta con ser civilizados, honrados o justos, porque la honradez y la justicia se deben comprometer con el hombre que sufre. La justicia se debe convertir en pasión hacia el hombre, de lo contrario corre el riesgo de ser cómplice. Lo vemos en la historia de Pilato. No basta con lavarse las manos educadamente al final, hay que mancharse las manos, como había hecho Jesús con hombres y mujeres, sanos, leprosos y enfermos.

Aquí el civismo de Pilato es vencido. Vence la multitud, enloquecida y fanática. Aquella muchedumbre causa lástima a los ojos de Jesús: antes le había exaltado y ahora le condena. Aquella multitud cree vencer pero pierde, porque no se da cuenta de quién tiene delante, el que les ha amado mucho hasta el final: “¡Jerusalén, Jerusalén! –había dicho- ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido!”

Ahora la multitud está completamente dominada por el odio hacia aquel pobre hombre, por el orgullo colectivo, donde cada uno se olvida de sí y se exalta en el histerismo de la masa. En las manifestaciones de masa, todos se olvidan de su debilidad y de su pecado. Se sienten multitud y se exaltan: son las horas del nacionalismo, del fanatismo, del racismo. Las horas en que se pisotea al débil y al que está solo. ¿Quién grita? Ninguno y todos. Gente que no cuenta nada logra la muerte de Jesús. No se puede decir quién ha gritado más o quién menos. Todos están escondidos en la multitud. Pero si no se sale de la multitud y no se va detrás de Jesús, mirándole a la cara, conmoviéndose por él que sufre, se es cómplice. Cuando uno se esconde en el anonimato de la multitud, aunque se sienta pequeño, se acaba siendo cómplice. Y nadie conocerá el nombre del cómplice: está escondido entre la multitud.

Permanece, inquietante, la preferencia de la multitud por Barrabás. ¿Por qué escogen a Barrabás y no a Jesús? ¿Cuál es su atractivo? Dice el Evangelio que se trata de un hombre violento, de un asesino. Quizá es un patriota, ciertamente es un hombre fuerte, que encarna una lucha violenta. A un grupo de pequeñas personas le fascina más la ostentación de fuerza hasta el homicidio que la debilidad de Jesús. Es un profeta indefenso, que no coge la espada, convencido de que la Palabra cambia las cosas más que la espada. Es un profeta que no gusta y que no hace nada por gustar. La palabra de Jesús a veces toca el corazón de los hombres y las mujeres que escuchan, que lloran, y que otras veces se irritan.

Sin embargo, también en nuestros tiempos, hombres grandes han sido profetas indefensos: más que usar la espada, se han dejado robar la vida por la espada de los demás. Muchos, como el arzobispo Romero de San Salvador, el hermano Carlos de Jesús asesinado en el desierto argelino por una banda de Tuaregs, o Gandhi, insoportable para el fanatismo religioso y nacionalista.

Por una parte, está el civismo de Pilato, por otra, el fanatismo de la multitud. Y Jesús es condenado a muerte. Hay una conjura, la responsabilidad es de todos. Cada uno puede pensar que la culpa es del otro. De hecho, ¿de quién es la culpa? ¿De un político romano honesto pero débil? ¿De una multitud fanática? ¿De religiosos cegados por el odio? ¿De discípulos miedosos? Las complicidades son claras, pero, por encima y dentro de todo esto, está la fuerza del mal que quiere la muerte y el silencio eterno de Jesús. Y cada uno puede ayudar a esta fuerza del mal con su contribución, y al mismo tiempo sentirse fuera. Para liberarse de esta complicidad no basta con ser honestos como Pilato, obedientes como la multitud, o justificados por la ley como el Sinedrín: hay que escoger la pasión por el hombre que sufre, ensuciarse las manos con el Señor Jesús, correr el riesgo del odio de la multitud, y arriesgar la impopularidad.

El momento de la decisión por Jesús nos hace medirnos con la complicidad con el mal: de forma cívica o no cívica, vulgar o elegante, porque siempre se puede ser cómplices del mal. Y Jesús muere.

 

VII Estación
Después de la condena

Entonces los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte. Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!»; y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza. Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarle. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón, y le obligaron a llevar su cruz. Llegados a un lugar llamado Gólgota, esto es, «Calvario», le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero él, después de probarlo, no quiso beberlo. Una vez que le crucificaron, se repartieron sus vestidos, echando a suertes. Y se quedaron sentados allí para custodiarle. Sobre su cabeza pusieron, por escrito, la causa de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos.» Y al mismo tiempo que a él crucifican a dos salteadores, uno a la derecha y otro a la izquierda.
(Mt 27, 27-38)

Después de la tortura viene la ejecución de la sentencia, con un afligido cortejo fuera de la ciudad, a un lugar llamado “calvario”. A continuación, la motivación de la condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Como en todas las partes del mundo: muchos hombres y mujeres son torturados. No conocemos sus nombres. Quizá preferimos no hablar de ello, pero sabemos que esta dura realidad existe, aunque hoy dé más vergüenza hablar de ello que ayer. No es siempre la misma cruz, pero hay muchas cruces que matan. Jesús no ha pasado por un camino diferente al de los torturados y condenados. Ha escogido no huir, entre los muchos caminos posibles, del más feo, el más doloroso y humillante de todos: el que nadie quiere recorrer y todos quieren olvidar a toda prisa.

Viéndole, pasaban de prisa y meneaban la cabeza: Tanto hablar, y ¿después? Los sacerdotes se burlaban de él. Burlarse era para ellos un modo de hacerse ver finalmente serenos, seguros, afirmados. Reían, habían vencido, ¿será posible que ese pequeño hombre que ahora está sobre la cruz diera tanto miedo? Habían tenido miedo pero ahora reían tranquilos: “He aquí el que cura a los leprosos” “He aquí el que resucita a los muertos y hace caminar a los cojos”. Y después el desafío: “Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él”. Le echan en cara la palabra de Dios. “Si Dios no le libera, esto significará que no le quiere”. Para ellos, la cruz era el final de una pesadilla.

A partir de aquel momento, en Jerusalén sólo hablarían ellos. En la oscuridad de la tortura y del corredor de la muerte, Jesús ya no podía ver nada más delante de sí. Ha confiado en el futuro que viene de Dios. Ahora, viéndole crucificado, todos pueden menear la cabeza y decir: se ha equivocado, perdió la apuesta. Le toman el pelo incluso los ladrones crucificados de la misma forma. Como todo hombre derrotado, Jesús está solo. Jesús está totalmente solo en la cruz.

En la vida, hay quien tiene el poder para divertirse a costa de los demás, haciéndoles la vida imposible. Son los pequeños poderosos que pueden hacer el mal y hacer vivir mal. Esta actitud es causa de amargura para la vida de muchos. Los soldados no son verdugos, probablemente son buenos con su gente, pero malvados con el hombre que sufre. Para ellos todos los hombres son iguales: la vida de Jesús, un condenado a muerte, no vale nada. Pero Jesús muere como todos y por todos, porque toda vida tiene un valor.

El sol se pone, y Jesús es el sol que ha iluminado la vida de muchos, la luz de muchos hombres. El Viernes Santo, en el momento de la cruz, el sol se oculta y llega la oscuridad. “hubo oscuridad sobre toda la tierra”. Pero cuando el sol empieza a ocultarse, cada uno de nosotros se da cuenta de cómo ha vivido, en su breve o largo día, una complicidad hacia aquella cruz y hacia aquel atardecer.

 

VIII Estación
La muerte

Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: «Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!» Igualmente los sumos sacerdotes junto con los escribas y los ancianos se burlaban de él diciendo: «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: `Soy hijo de Dios.'» De la misma manera le injuriaban también los salteadores crucificados con él. Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: «¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?», esto es: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban allí decían: «A Elías llama éste.» Y enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber. Pero los otros dijeron: «Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarle.» Pero Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu. En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron. Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron. Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. Por su parte, el centurión y los que con él estaban guardando a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «Verdaderamente éste era hijo de Dios».
(Mt 27,39-54)

Aquél fue un día extraño: la tierra tembló, como un terremoto. Pero la cosa más sorprendente fue que había sido asesinado el liberador del mundo.

Han ido a gritarle a la cara el motivo por el que le han asesinado, con una sinceridad salvaje, sin respeto ni siquiera hacia un cuerpo crucificado, lleno de llagas y moribundo. «Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo!» le decían los que pasaban que ni siquiera se detenían ni en un acto de piedad ante un hombre medio muerto. Y los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos del pueblo decían: «Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere; ya que dijo: `Soy hijo de Dios.'» Y también decían: «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse». Le desprecian por su impotencia. En verdad, no se ha salvado a sí mismo porque no ha querido vivir para sí.

Habría podido huir de Jerusalén, renunciar a su Evangelio. Pero no ha vivido para sí. Ha salvado a los demás, es verdad, les ha curado, les ha ayudado, les ha consolado, les ha amado, les ha reconfortado de su miseria. Vivía para ellos, no para sí, confiando en Dios, como en el huerto de los olivos. También ahora la serenidad le venía de la confianza en el Padre. Vivir para uno mismo, es, sin embargo, perder la confianza en el Padre. Salvarse a sí mismo es verdaderamente la propuesta del mal, la tentación de los días del desierto, que ahora se repetía ante un hombre en una situación todavía más extrema, ante un vencido, ante un pobre cuerpo colgado de la cruz.

Sí, Jesús es un vencido: solo, abandonado por todos, moribundo. Sólo algunas mujeres le seguían de lejos: María Magdalena, la madre de Santiago, la de los hijos de Zebedeo. Estaba oscuro alrededor de Él. Hasta sus ojos, en el dolor, en el sentido de final, se apagaban. En un momento determinado, mientras oscurecía y el dolor le torturaba, salió un grito de su boca. Eran casi las tres: «¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?», que significa: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?». Son las primeras palabras del salmo 22. Jesús lo entona con el último aliento del moribundo.

“Clamó con fuerte voz”, dice el Evangelio. Quizá toda su fuerza estaba en esa voz, en aquel Salmo 22 que sigue así: “Estás lejos de mi queja, de mis gritos y gemidos. Clamo de día, Dios mío, y no respondes, también de noche, sin ahorrar palabras. Todos cuantos me ven de mí se mofan, tuercen los labios y menean la cabeza: «Se confió a Yahvé, ¡pues que lo libre, que lo salve si tanto lo quiere!»”

Son palabras dramáticas: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» Jesús entona este salmo con el grito de las últimas fuerzas, pero no hay nadie, como ante el lecho de un moribundo, que rece con él, que le ayude a repetir este salmo hasta el final. Uno allí presente comprende mal, piensa que está llamando a Elías. Se agitan un poco, hasta que Jesús lanzó su último gran grito. Fue la última vez que este mundo escuchó su voz. Y su última palabra fue un gran grito.

Aquel salmo no fue terminado, quedó incompleto en sus labios: es el salmo de la soledad, un grito a Dios desde el abismo que queda a media voz. Pero el salmo continúa y concluye así: “Me hará vivir para Él, hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor”. Este salmo espera todavía hoy ser concluido. El grito llega hasta nosotros. Aquel silencio de muerte nos interroga a todos. Aquel grito espera ser recogido, aquella palabra del Evangelio espera ser acogida, aquella cruz espera ser comprendida. No basta con sepultar el cuerpo de Jesús con piedad, como hacen los hombres ricos y píos, hay que hacer para que Jesús pueda vivir, para que nadie más acabe así. Hay que vivir, hay que amar y creer para que nadie más muera así.

 

IX Estación
Junto a la cruz

Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato dio orden de que se le entregase. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro nuevo que había hecho excavar en la roca; luego, hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fue. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.
(Mt 27, 55-61)

Una tumba cerrada, a espaldas de la ciudad, y la vida que continúa. Pocos discípulos, sin saber qué hacer, aturdidos, preocupados, enfrentados a sus propios límites que se han puesto más en evidencia por la dramática experiencia de Jesús. Está el sepulcro. No podemos hacer otra cosa que estar ante esta tumba sin exorcizar ni el dolor ni la tristeza, al menos por una vez. Nos viene a la mente cómo Jesús enseñó a creer que la muerte no es la última palabra. Pero, ¿cómo creerlo? ¿Se puede abrir una tumba? Para los hombres es imposible, pero no para Dios. Una comunidad de discípulos es un pequeño grupo de dispersos que se encuentra ante una tumba cerrada, ante una situación de muerte. Reza, espera y cree para que la vida resurja, y la derrotada no sea la vida sino esa piedra.

Es la piedra pesada sobre los labios de un niño que no sabe hablar y al que nadie ayuda a crecer. Es la piedra pesada sobre un anciano abandonado que se hunde. Es el peso opresor del hambre y de la sed de un prófugo en su viaje hacia la esperanza. Es la piedra pesada de un corazón cerrado.

Ante la piedra de la soledad y del dolor, muchos pasan y menean la cabeza. Jesús nos ha enseñado a no correr con prisa sacudiendo la cabeza, a no reír como los sumos sacerdotes. Dios no abandona a ese hombre para siempre en la tumba, sino que le llama a la vida. La comunidad se siente triste y dolida el Viernes Santo: nadie es bueno, nadie tiene la conciencia tranquila, faltan muchos. A sus espaldas está la ciudad, su país, y ante ellos la piedra pesada. Pero en el dolor hay una oración. Es una invocación al Señor. Por esto no regresan en medio del bullicio de la ciudad, y permanecen en un lugar, en un cementerio, donde normalmente la gente no quiere ir. Se han quedado allí porque creen en el Señor de la vida.

Es algo muy curioso ser discípulos de Jesús: lleva a lugares extraños, no siempre agradables de frecuentar. Pero no lleva lejos de Dios, ni lejos de los hombres y las mujeres. En la ciudad ya nadie se acuerda de los discípulos, pero ellos están allí, ante el sepulcro, esperando.

Es lo que se nos pide a cada uno de nosotros, a la espera de la resurrección, que tiene lugar en la noche del Sábado y siempre, porque toda la vida es un camino detrás de la cruz y la resurrección. Toda la vida es Pascua, que significa pasaje de la muerte a la vida de nuestro Señor Jesucristo.