Evangelio según san Marcos - Las palabras de la Cruz

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I Estación
¿Acaso soy yo?

Y al atardecer, llega él con los Doce. Y mientras comían recostados, Jesús dijo: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará, el que come conmigo.» Ellos empezaron a entristecerse y a decirle uno tras otro: «¿Acaso soy yo?» Él les dijo: «Uno de los Doce que moja conmigo en el mismo plato. Porque el Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!»
(Mc 14, 17-21)


Ante la lectura de los Evangelios y de este breve pasaje del Evangelio de Marcos, es muy evidente la sensación de que los discípulos no habían comprendido que se trataba de un día excepcional, o quizá de una noche excepcional; un día muy diferente de los demás, el último de la vida de Jesús con ellos. Jesús va al encuentro de su pasión y decide igualmente utilizar el tiempo que le queda de vida para la palabra y para la amistad.

Jesús habla: habla a la mesa, habla “al atardecer”, habla con los Doce. Ellos empiezan a despertarse de sus costumbres. Se preguntan: «¿Acaso soy yo?». La duda sobre uno mismo es el comienzo de una sabiduría nueva que sacude del amor por uno mismo, del egoísmo natural, del empobrecimiento de una vida protegida y segura en los propios ritos de bienestar. La duda sobre uno mismo lleva a comprender, a amar, a creer. Al inicio de la Pasión aparece la misma pregunta que también nosotros estamos llamados a ponernos ante la palabra del Señor: ¿De quién está hablando? ¿Acaso soy yo? En efecto, la palabra del Señor se dirige a cada uno de nosotros:¿Acaso soy yo?

 

II Estación
El escándalo

Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, éste es mi cuerpo». Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios». Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos. Jesús les dice: «Todos os vais a escandalizar, ya que está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después de mi resurrección, iré delante de vosotros a Galilea». Pedro le dijo: «Aunque todos se escandalicen, yo no». Jesús le dice: «Yo te aseguro: hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres». Pero él insistía: «Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré». Lo mismo decían también todos.
(Mc 14, 22-31)


El discurso no se desarrolla tan sólo en la mesa, sino también caminando hacia el monte de los Olivos. Jesús habla a aquel discípulo que se ha preguntado: «¿Acaso soy yo?». Habla de la debilidad: «Todos os vais a escandalizar, ya que está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas». Esta palabra de Jesús suscita una reacción inmediata en Pedro. La suya no es una respuesta realista, aunque parezca verdadera y seguramente espontánea. El problema es que la espontaneidad expresa la idea que tenemos de nosotros mismos, que muchas veces no es ni realista ni verdadera. Las palabras de Pedro no traicionan la reacción de su seguridad alarmada. Él cree que se comprende bien a sí mismo y que se conoce: «Aunque todos se escandalicen, yo no».

Jesús le explica: «Yo te aseguro: hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres». Pero, de nuevo, con gran insistencia, Pedro dice: «Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré». No era sólo Pedro quien lo decía. Todos tenían el mismo sentimiento: “Lo mismo decían también todos”. Y también nosotros, con orgullo, creemos conocer nuestra vida, dónde está nuestra felicidad, cuál es nuestra valentía; y así permanecemos insensibles a la palabra amiga de Jesús que habla, que ayuda, que nos comprende más de lo comprendemos nosotros. Con frecuencia, el orgullo vuelve sordos.

Hay un momento de sensibilidad, aquella duda: «¿Acaso soy yo?». Pero después, de nuevo, de inmediato, con fuerza, vuelve el orgullo desbordante. No obstante, el discurso de Jesús sobre la debilidad no era tan desesperado. Es verdad que las ovejas se dispersarán cuando el pastor sea herido, es decir, que los discípulos se dispersarán, pero “después de mi resurrección, iré delante de vosotros a Galilea” –había dicho Jesús. Es una frase pequeña pero importante. Ante todo significa que, después de la gran crisis, habrá todavía una resurrección y vida en abundancia. Con esas palabras Jesús fija una cita en Galilea para sus discípulos dispersos. Aquel “iré delante de vosotros a Galilea” es una cita con el Señor vivo en un lugar concreto que conocían muy bien.

 

III Estación
El sueño para no mirar a un derrotado

Van a una propiedad, cuyo nombre es Getsemaní, y dice a sus discípulos: «Sentaos aquí, mientras yo hago oración.» Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad.» Y adelantándose un poco, caía en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora. Y decía: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.» Viene entonces y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: «Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil.» Y alejándose de nuevo, oró diciendo las mismas palabras. Volvió otra vez y los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados; ellos no sabían qué contestarle. Viene por tercera vez y les dice: «Ahora ya podéis dormir y descansar. Basta ya. Llegó la hora. Mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.¡Levantaos! ¡vámonos! Mirad, el que me va a entregar está cerca.»
(Mc 14, 32-42)


Emerge toda la insensibilidad de los discípulos: ‘No os quedéis lejos’ –dice Jesús- «Sentaos aquí». Tomó consigo a tres de ellos y les dijo: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad». Le vieron echado en tierra, rezando, pero él, al levantarse, les encontró dormidos. Les despertó y se retiró de nuevo para rezar, y les volvió a encontrar poco después dormidos “pues sus ojos estaban cargados; ellos no sabían qué contestarle”. Se pone de manifiesto el embarazo y la dificultad para estar cerca del que sufre. Aflora toda la insensibilidad del que es orgulloso y está dominado por sí mismo, del que no se deja tocar ni por la palabra ni por el dolor ajeno: dormían.

Ante esta actitud aparecen la angustia y el miedo de Jesús. Él no esconde su tristeza por la muerte cercana, por el sufrimiento que va a tener que afrontar, por la lejanía de sus amigos. Por encima del miedo y de la angustia domina la difícil confianza en el Padre que le ama. Es una lucha interior. La angustia y la tristeza se convierten en una oración que hace posible que este hombre sea capaz, en un momento tan difícil, de no pensar sólo en sí mismo sino también en sus discípulos. Tres veces se distancia de su drama personal y va a encontrarles. Tres veces les encuentra dormidos. Al final les ofrece una ocasión, su última enseñanza: “¡Levantaos!”. Es el último grito a una humanidad adormecida, atontada e insensible: “¡Levantaos!”.

Jesús solía ir a Getsemaní cuando se encontraba en Jerusalén. De hecho, Judas sabía bien dónde encontrarle. Era como su lugar de retiro y de reposo, apenas fuera de las murallas de la ciudad. Aquí dijo a sus discípulos: «Sentaos aquí, mientras yo hago oración». Tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Son los tres que habían vivido con él la feliz experiencia de la transfiguración, cuando vieron al Maestro iluminado por una luz profunda y hablando con Moisés y con Elías. Fueron felices en el monte de la transfiguración. Se habrían quedado allí para siempre, hablando con él en esa situación. Pero ahora la transfiguración es bien distinta. Para ellos es como una “contratransfiguración” porque no conciben un Dios derrotado. Sobre el monte Tabor habían escuchado una voz del cielo que le proclamaba hijo de Dios. Habían entrado con él en otro mundo, como entre el cielo y la tierra, el mundo de los profetas y de los justos, ellos que eran los desgraciados de Galilea. Habían sentido una sensación extraordinaria, como la que en ciertos impulsos de fe experimentamos también nosotros: momentos de fe, de oración común, de liturgia, de celebración, de alegría. En aquel Getsemaní, la transfiguración se produce de una forma muy distinta: aquel maestro, firme y sereno en tantos momentos difíciles, ahora se presenta diferente. Dice el Evangelio: “comenzó a sentir pavor y angustia”. Jesús se confiesa: «Mi alma está triste hasta el punto de morir». Pide ayuda y compañía: «quedaos aquí y velad».

No quiere morir. «Todo es posible para ti», dice en la oración: «Aparta de mí esta copa». Un hombre reducido de tal manera es demasiado humano, demasiado débil, demasiado destruido, ni siquiera conmueve. Tan sólo da un poco de miedo.¿Y si nos hubiéramos confiado a ese equivocado? ¿Qué será de mí? Mal que bien le habían seguido hasta Jerusalén, le habían escuchado como alguien que hablaba con autoridad, una autoridad serena y firme. ¿Dónde está ahora su autoridad? Jesús está ahí, echado por tierra, asustado, angustiado. Depende tanto de sus amigos que les pide que se queden con él, que le hagan compañía en este momento de angustia. Pero ese es precisamente el momento en que, mucho más que otras veces, los suyos le abandonan: “los encontró dormidos”.

Entonces Jesús habló a Pedro, que poco antes le había dicho: «Aunque todos se escandalicen, yo no». Le reprochó: «Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar?». La transfiguración de Jesús en este momento es la apariencia de un hombre débil. No conmueve a sus amigos, parece que ha perdido su autoridad. Ni siquiera Simón escucha sus palabras, es más, cuando Jesús vuelve de la segunda oración le encuentra dormido. ¿Habían acabado así las enseñanzas, el cariño, y la amistad que habían unido a los discípulos con el maestro? Veían que no era un líder, que ya no era un jefe, sino un pobrecillo angustiado y con miedo, necesitado, y, sobre todo, dependiente. La transfiguración de Getsemaní completa la del monte Tabor. En la oscuridad de Getsemaní se vislumbra un hombre, un pobrecillo, un deshecho humano, un condenado a muerte.

Jesús no es muy diferente de un enfermo terminal, de un hombre o una mujer con el cuerpo transfigurado por la enfermedad. Cuando embrutecemos, ya no somos atractivos y damos más miedo que pena. En el capítulo 53 del profeta Isaías se lee: “Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle. Despreciable, un Don Nadie”. Como un enfermo terminal que da miedo, porque recuerda la debilidad humana, como un enfermo de sida del que se teme el contagio y horroriza, como un condenado a muerte, como un anciano abandonado en un asilo, que de humano parece conservar bien poco, apenas el nombre... Es un contacto a evitar. Hay que mantenerlo lejos para evitar contaminarse. Y los discípulos duermen para no ver ni escuchar. Tiene lugar la transfiguración de Jesús, la transfiguración que completa el rebajamiento final. Por eso viene el sueño, para no ver a este líder convertido en un hombre más débil que los demás, un pobrecillo, uno cualquiera, habiendo esperado tanto.

 

IV Estación
La conjura del mal

Todavía estaba hablando, cuando de pronto se presenta Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, de parte de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos. El que le iba a entregar les había dado esta contraseña: «Aquel a quien yo dé un beso, ése es, prendedle y llevadle con cautela.» Nada más llegar, se acerca a él y le dice: «Rabbí», y le dio un beso. Ellos le echaron mano y le prendieron. Uno de los presentes, sacando la espada, hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le llevó la oreja. Y tomando la palabra Jesús, les dijo: «¿Como contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos? Todos los días estaba junto a vosotros enseñando en el Templo, y no me detuvisteis. Pero es para que se cumplan las Escrituras.» Y abandonándole huyeron todos. Un joven le seguía cubierto sólo de un lienzo; y le detienen. Pero él, dejando el lienzo, se escapó desnudo.
(Mc 14, 43-52)


En esta escena evangélica dos caminos se enfrentan. Uno es el camino que Jesús quería inaugurar entre los hombres, estando todos los días en medio de ellos, enseñando en el templo, con la palabra, la mansedumbre y el amor por los demás. El otro camino, el que vence, reúne a mucha gente, gente diferente que se identifica en un grupo, con espadas y palos. Por este camino marcha un grupo compuesto por un traidor seguido de una multitud que va hacia Jesús como si se tratara de un malhechor. Sólo en contraposición a él esta gente consigue encontrarse unida y vencer. Jesús permanece ante ellos con su actitud: su palabra y su simpatía hacia todos. Hasta deja que el traidor se acerque a él para besarle. Se deja besar. Los discípulos comprenden que han vencido la violencia y la fuerza de quienes encuentran su identidad en una banda en búsqueda de enemigos. Y también ellos, como una banda derrotada, le abandonan y huyen.

Sólo un joven le sigue, un pobrecillo, vestido con un lienzo, un cuerpo ágil que, cuando es detenido, deja el lienzo y se escapa desnudo. Jesús había dicho: “si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Hay que volver a ser niños, adolescentes, jóvenes, para creer que la palabra, la simpatía hacia todos, y el amor pueden ser vividos. De lo contrario se escoge la fuerza, en la banda, con las espadas y los palos. Hay quien se olvida y huye. Sólo un joven, un niño, un adolescente, permanece fiel al cariño y continúa siguiéndole con la confianza de que habrá un futuro.

Los discípulos prefieren no ver, duermen. Esta es la actitud típica de los hombres y las mujeres corrientes, como nosotros. Es la actitud del levita y del sacerdote que pasan de largo ante el hombre medio muerto por el camino de Jerusalén a Jericó.

Pero, ¿quién ha reducido de esa forma a un hombre que tenía autoridad como Jesús? Judas colabora, consiguiendo que le identifiquen, como el último cordero. Colabora en una conjura tramada en altas sedes, en palacio. Pero, ¿quién reduce a un hombre de esa manera? Cuántas veces, viendo a un hombre destrozado, que vive por la calle, desesperado, la gente, con su sabiduría popular, dice: ‘El culpable, que llore’. El Evangelio no piensa así: habla de una conjura, de gente que manda, de colaboradores, de traidores y ejecutores. Es la gran conjura del mal que vemos actuando, activa, concreta, en la historia de Jesús. Es la conjura del mal que perdura cada día. La responsabilidad no es sólo de uno, de dos, o de tres, sino colectiva, de muchos. No sólo Judas es culpable, ni tampoco es culpable sólo la multitud de judíos que se encontraba en ese momento en Jerusalén y se vio implicada en el episodio. Hay una conjura del mal. Pensándolo bien, la disparatada e infundada acusación de deicidio al pueblo judío (precisamente a partir del Evangelio de la Pasión), ha permitido que generaciones enteras de cristianos se sintieran inocentes y ajenos a la conjura del mal que se desenvuelve alrededor de Jesús. En definitiva, no nos incumbe porque es una culpa étnica y nacional.

¿Cómo reaccionar ante esta conjura? ¿Cómo responder a esta alianza del mal? El Evangelio nos relata la respuesta de uno que sacó la espada e hirió a un siervo del sumo sacerdote. Reaccionar con violencia: en el Evangelio de Marcos no aparecen palabras referentes a este gesto del amigo de Jesús que tomó la espada hiriendo la oreja de un siervo. A diferencia de los otros Evangelios, aquí hay un silencio. Sin embargo, Jesús dice: ‘¿Para hacerme callar habéis necesitado espadas y palos, es decir, violencia? Esta es vuestra derrota, no la mía’. Exactamente afirma: «¿Como contra un salteador habéis salido a prenderme con espadas y palos? Todos los días estaba junto a vosotros enseñando en el Templo, y no me detuvisteis».

 

V Estación
Un juicio regular y falso

Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y se reúnen todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas. También Pedro le siguió de lejos, hasta dentro del palacio del Sumo Sacerdote, y estaba sentado con los criados, calentándose al fuego. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando contra Jesús un testimonio para darle muerte; pero no lo encontraban. Pues muchos daban falso testimonio contra él, pero los testimonios no coincidían. Algunos, levantándose, dieron contra él este falso testimonio: «Nosotros le oímos decir: Yo destruiré este Santuario hecho por hombres y en tres días edificaré otro no hecho por hombres.» Y tampoco en este caso coincidía su testimonio. Entonces, se levantó el Sumo Sacerdote y poniéndose en medio, preguntó a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que éstos atestiguan contra ti?» Pero él seguía callado y no respondía nada. El Sumo Sacerdote le preguntó de nuevo: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?» Y dijo Jesús: «Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo.» El Sumo Sacerdote se rasga las túnicas y dice: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?» Todos juzgaron que era reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle, le cubrían la cara y le daban bofetadas, mientras le decían: «Adivina», y los criados le recibieron a golpes.
(Mc 14, 53-65)


La crónica es descarnada: empiezan a torturar a Jesús. Le procesan, le escupen, le abofetean. Los mismos siervos le golpean. La banda de violentos con espadas y palos se desata sobre él recopilando todo tipo de energías: sumos sacerdotes, ancianos, escribas, falsos testigos que se contradicen entre ellos, etc... Pero Jesús “seguía callado y no respondía nada”. La simpatía hacia todos, el amor por todos, y la palabra han sido humillados; ya no queda más que el silencio. Sólo hay respuesta para una pregunta decisiva: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?». Era la pregunta que podía costarle la vida. La respuesta de Jesús (“Sí, yo soy”) no es suya, es una cita de la Escritura: “veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo”. Es el salmo 104. Se trata también de una palabra del profeta Daniel. Basta esta respuesta extraída de la Biblia para hacer llegar a la condena a un tribunal que ya se había decidido. Todos sentenciaron que era reo de muerte. Desde aquel momento, los palos, las espadas, la conjura, la identificación con un grupo de violentos, perseguir a toda costa el propio interés, parecen tener definitivamente la razón. Jesús calla. Responde con la Palabra de Dios y es condenado.

Jesús se queda solo ante sus acusadores y comienza la farsa de un falso juicio. Es uno de los muchos falsos juicios que se disfrazan de procesos formales, justos y respetuosos. La máquina del mal necesita encontrar culpables y sacrificar a alguien. No es sólo la historia de Jesús, sino la historia de hoy, de procesos, de condenas a muerte. Sin embargo, en el caso de Jesús, nos encontramos ante una magistratura religiosa, crecida en el estudio de la ley de Moisés, en la escuela de hombres sabios y llenos de piedad, una ley respetuosa con la vida, que hacía de este pueblo, el pueblo judío, un pueblo ejemplar. Ni siquiera estos hombres de religión saben juzgar según la justicia y buscan falsos testigos. Jesús es condenado por blasfemar, como un hombre sin religión.

Pero, ¿dónde está la religión de sus jueces? No hay religión sin amor por el hombre que se tiene delante. Dice el apóstol Santiago: “La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en su tribulación”. Esto era lo que enseñaban también los sabios de Israel. No hay religión sin amor por el hombre que se tiene delante. De hecho, Dios ha querido hacerse hombre en medio de nosotros para que le escogiésemos a él, hombre, conducido a la cruz. No hay justicia sin amor por el hombre que se tiene delante. No basta con las formas. El justo ha sido crucificado a través de un procedimiento penal correcto. Si se conservasen las actas de dicho proceso, las leyes y la sentencia, el resultado sería: confesión del reo.

Al final, impresiona el hecho de que Jesús haya sido condenado no en base a falsos testimonios, sino en base a su confesión, que es considerada como blasfemia. La confesión del Evangelio es considerada una blasfemia que a veces puede cobrarse el precio de no ser considerados como hombres, plenamente hombres. A veces, acaba costando la condena a muerte. Es la historia de Jesús pero también la de otros muchos.

Impresiona también que, después de la proclamación de la condena por el sumo sacerdote, según las reglas, empiecen a torturarle: deja de ser un hombre, le escupen, le ponen las manos encima, le abofetean. Los condenados a muerte no tienen los derechos de los otros hombres. Pero no sólo son los soldados los que le abofetean. También los siervos, los que se habían resguardado al calor, se armaron de coraje y empezaron a golpearle. A esas alturas era presa de todos, ya no era un hombre. Un condenado, un deshecho, uno reducido hasta ese punto, uno que blasfema, un culpable, ya no es un hombre. Pero, ¿quién sigue siendo humano si él ha dejado de serlo? En esta actitud vemos la dureza de una religión, de cualquier religión o ideología, cuando no tiene piedad ni justicia, y, sobretodo, cuando no mira a la cara al hombre que tiene delante.

 

VI Estación
La noche del miedo y las lágrimas de Pedro

Estando Pedro abajo en el patio, llega una de las criadas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, le mira atentamente y le dice: «También tú estabas con Jesús de Nazaret.» Pero él lo negó: «Ni sé ni entiendo qué dices», y salió afuera, al portal, y cantó un gallo. Le vio la criada y otra vez se puso a decir a los que estaban allí: «Este es uno de ellos.» Pero él lo negaba de nuevo. Poco después, los que estaban allí volvieron a decir a Pedro: «Ciertamente eres de ellos pues además eres galileo.» Pero él se puso a echar imprecaciones y a jurar: «¡Yo no conozco a ese hombre de quien habláis!» Inmediatamente cantó un gallo por segunda vez. Y Pedro recordó lo que le había dicho Jesús: «Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres.» Y rompió a llorar.
(Mc 14, 66-72)


La conjura de las espadas y palos no es un acto de unos pocos, de soldados que obedecen órdenes, de jefes. Poco a poco todos se agregan a esa ola vencedora, cada uno piensa en su pequeño interés y se alinea. Una sierva, con su mirada indagatoria, se percata de que Pedro, encogido por el miedo y por el frío, era uno de los que estaba con Jesús. Se le unen algunos de los allí presentes y empieza a decir a todos: ‘Este es uno de los amigos del galileo’. Crece la ola de la violencia, la lógica de las espadas y los palos, del amor ciego por el propio interés. Litigan entre ellos, discuten y sacuden a ese pobre prisionero de un lado a otro. Solo un gallo recuerda a Pedro la palabra de Jesús: “antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres”. Sólo la palabra de Jesús, recordada y vivida, nos hace reencontrar la humanidad que sabe llorar.

En Roma se venera la memoria del apóstol Pedro, mártir. Cuánto camino ha hecho el discípulo desde la noche de Getsemaní, desde aquel patio donde se calentaba. No nos avergonzamos de considerarle el primero de los apóstoles, a él, hombre que tuvo miedo y que no reconoció al maestro. Finge no comprender lo que están diciendo de él cuando afirman que es uno de ellos. No nos avergonzamos de considerar como primero entre los apóstoles a un hombre que se ha resistido tanto antes de estallar en un llanto, y que ha dejado solo a su maestro y Señor.

Esta es la parte de muchos creyentes: la de tener miedo, la de no querer seguir a un Señor que parece exagerado, la de no quererse arrimar a él cuando sufre, cuando impresiona, cuando nos involucra en aventuras demasiado comprometedoras: desgraciadamente esta es la parte de muchos de nosotros, creyentes.

El recuerdo de esta historia de Pedro nos entristece porque habla de nuestra debilidad. El recuerdo del apóstol, mártir, nos da una idea del largo camino que ha recorrido, camino de la cruz, camino de confianza, camino del Evangelio. Un largo camino nos queda por recorrer, a través del llanto, de la conversión, de la alegría y de la fe. Desde la noche del miedo al día de la fe: es un largo camino de discípulos. Pero no es un camino que se puede recorrer de forma triunfal, creyendo y diciendo ser héroes, como Pedro dijo a Jesús: es el camino de la cruz, el camino del amor, el camino de Jesús.

 

VII Estación
La página amarga de los soldados

Pronto, al amanecer, prepararon una reunión los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín y, después de haber atado a Jesús, le llevaron y le entregaron a Pilato. Pilato le preguntaba: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Él le respondió: «Sí, tú lo dices.» Los sumos sacerdotes le acusaban de muchas cosas. Pilato volvió a preguntarle: «¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan.» Pero Jesús no respondió ya nada, de suerte que Pilato estaba sorprendido.
Cada Fiesta les concedía la libertad de un preso, el que pidieran. Había uno, llamado Barrabás, que estaba encarcelado con aquellos sediciosos que en el motín habían cometido un asesinato. Subió la gente y se puso a pedir lo que les solía conceder. Pilato les contestó: «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?» Pues se daba cuenta de que los sumos sacerdotes le habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que dijeran que les soltase más bien a Barrabás. Pero Pilato les decía otra vez: «Y ¿qué voy a hacer con el que llamáis el rey de los judíos?» La gente volvió a gritar: «¡Crucifícale!» Pilato les decía: «Pero ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaron con más fuerza: «¡Crucifícale!» Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuera crucificado.
Los soldados le llevaron dentro del palacio, es decir, al pretorio y llaman a toda la cohorte. Le visten de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñen. Y se pusieron a saludarle: «¡Salve, rey de los judíos!» Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron la púrpura, le pusieron sus ropas y le sacan fuera para crucificarle.
(Mc 15, 1-20)


La conjura sigue desplegándose. El grupo de la violencia, de las espadas y palos, se manifiesta con toda su fuerza. En todo momento, ancianos, escribas y miembros del sanedrín se unen a esta conjura hasta llegar a implicar a un hombre respetable como Pilato. Éste comprendió que le habían entregado a Jesús y querían condenarle a muerte por envidia. Pero, al final, ni siquiera Pilato, a pesar de la fuerza y la autonomía que le confería su cargo, consigue oponerse. Todos acaban siendo solidarios con Barrabás: desde la multitud exaltada hasta las autoridades y los religiosos. Todos, enemigos entre ellos, se identifican al final contra alguien, contra un justo, indefenso e inocente.

Toda la cohorte fue convocada para torturar a Jesús: se divertían, le humillaban, le vestían de rey. Uno se pregunta por qué los hombres se divierten torturando a los demás. Desgraciadamente, es muy común. El odio les ciega, el amor por ellos mismos les exalta, encuentran fuerza al vencer, al doblegar y humillar a alguien. Un hombre, una mujer, un pueblo, o un grupo social se pueden volver en objetivo contra el que dirigir el odio. Cuanto más humillados son más fuertes se sienten los torturadores.

¡Cuánto dolor para Jesús! Una corona de espinas se le puso en la cabeza, le escupían, le humillaban, no tuvieron respeto ni siquiera durante los últimos momentos de su vida: su humanidad fue profanada. ¿Cómo se puede soportar tanto dolor? Verdaderamente este hombre es hijo de Dios, si va en medio de una manada de fieras que estalla contra él y permanece manso y humilde. Quizá, en medio de tanta oscuridad, espera la luz que se le ha prometido. Esta página de la Pasión es la página de los soldados. Pilato es el jefe de un ejército de ocupación. Los soldados son los actores del último acto de la Pasión de Jesús.

Le condujeron de mañana al pretorio de Pilato. Por la mañana, a primera hora, a la hora de las guerras. Había soldados del ejército imperial de ocupación. Aquella era una tierra ocupada por Roma, como muchas otras entonces. Pilato es el jefe, manda a las legiones y en ciertos momentos interviene con la fuerza para establecer el orden e imponer la autoridad de Roma. Pero aquí, ante Jesús, combate la batalla de los sumos sacerdotes, débiles pero astutos al mismo tiempo. Su fuerza militar acaba puesta a disposición de la conjura. El ejército combate entonces una batalla de odios religiosos y nacionales, los de una religión y una nación que ni siquiera son suyas. Pero todo esto no ocurre sólo en palacio, también está la multitud. Instigada, participa en esta lucha contra el justo, es la gente la que grita. En definitiva, no falta el consenso de la plaza en la conjura del palacio.

Muchas veces la multitud es humillada, ofendida, como aquellas gentes de Galilea que se reunían alrededor de Jesús, como ovejas sin pastor. Con frecuencia eran gentes cansadas, desorientadas, que sufrían. Pero, otras veces, la multitud se vuelve cruel, llena las plazas, pide la guerra, quiere sangre, da miedo, está como embriagada. Prefieren a Barrabás antes que a Jesús, prefieren los violentos. Barrabás es un enemigo de Roma, un alborotador: pero los violentos prefieren a los violentos. Prefieren a Barrabás porque es el verdadero enemigo de Jesús, el no violento, conducido al matadero como una oveja.

Contemplemos, sin embargo, a estos soldados en los acuartelamientos, en los campamentos, en Judea y Jerusalén: es gente alejada de sus casas durante años, con la nostalgia de su patria, en una tierra extraña. Probablemente sentían la molestia de ser tratados con hostilidad por los judíos, que les miraban como enemigos. Quizá uno a uno, estos soldados fueran gente tratable, como el centurión de los Hechos de los Apóstoles. ¿Cuántos otros soldados aparecen en los Evangelios? Sin embargo, aquí, ante Jesús arrestado, no hablan, tienen su papel, por buenos o malos que sean, son ocupadores, deben actuar con decisión, violentamente. Hemos leído que hacían el “juego del rey”, un juego en el que los soldados vejaban a los presos durante las largas noches en el pretorio o en los cuarteles: era un juego violento y vulgar que hicieron también con Jesús.

Jesús padece la pena capital de Roma. En el fondo, Palestina se encontraba también en un estado casi de guerra. Los soldados, las armas, la guerra, la ejecución de agitadores. Era una historia triste que se repetía constantemente. Nuestro mundo está marcado por guerras que no acaban. Todavía hoy, en Palestina y en Israel la muerte, la incomprensión, la ocupación y el sufrimiento se manifiestan día tras otro. Un poco más allá, en Líbano, y todavía más allá, hay otros pueblos que sufren: kurdos, irakíes, afganos. En muchas otras partes del mundo, cercanas y lejanas a la tierra de Jesús, hay soldados, guerra, muerte, gente buena que se vuelve malvada, gente malvada que se manifiesta tal y como es. Cerca de la tierra de Jesús pero también lejos, las armas, cada vez más armas, son el escenario normal.

Jesús sale solo, pasando en medio de esta locura, como Israel atravesó el mar. Sale solo, sin armas, en silencio, derrotado por este mundo de mal, de violencia, de guerra, de soldados y de armas. Allá donde la gente es asesinada, empujada por la guerra, perseguida, golpeada, combatida; allá donde se exalta el odio, donde se declara la guerra, donde se habla de guerra, donde se humilla al hombre y a la mujer con violencia, allí se conduce siempre al Señor a la muerte. Su dolor y su humillación han tenido el mismo sabor amargo que el de mucha gente.

 

VIII Estación
La muerte de un vencido

Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz. Le conducen al lugar del Gólgota, que quiere decir: Calvario.
Le daban vino con mirra, pero él no lo tomó. Le crucifican y se reparten sus vestidos, echando a suertes a ver qué se llevaba cada uno. Era la hora tercia cuando le crucificaron. Y estaba puesta la inscripción de la causa de su condena: «El rey de los judíos.» Con él crucificaron a dos salteadores, uno a su derecha y otro a su izquierda.
Y los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: «¡Eh, tú!, que destruyes el Santuario y lo levantas en tres días,¡sálvate a ti mismo bajando de la cruz!» Igualmente los sumos sacerdotes se burlaban entre ellos junto con los escribas diciendo: «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse.¡El Cristo, el rey de Israel!, que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.» También le injuriaban los que con él estaban crucificados.
Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: «Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?», -que quiere decir- «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» Al oír esto algunos de los presentes decían: «Mira, llama a Elías.» Entonces uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber, diciendo: «Dejad, vamos a ver si viene Elías a descolgarle.» Pero Jesús lanzando un fuerte grito, expiró. Y el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo. Al ver el centurión, que estaba frente a él, que había expirado de esa manera, dijo: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios.»
(Mc 15, 21-39)


El dolor de este hombre es grande, terrible: el cansancio de un hombre destrozado que carga con la cruz, la tortura de la crucifixión, el abandono, la desesperación, la oscuridad envolviéndolo todo. En esta condena a muerte se pone de manifiesto una lentitud malvada, como un rito de muerte, en medio de un teatro violento que se desarrolla despacio, sin ninguna piedad hacia el que muere.

En los comentarios de los que pasaban por allí, en las burlas de los escribas y los sumos sacerdotes, y en los insultos de los que estaban crucificados con él, hay una constatación: no se salva a sí mismo. ‘No puede’, dicen, poniendo de relieve su impotencia. Quizá no quiere. Ante la mayoría parece desesperado e impotente: sin embargo, quizá es que se ha confiado enteramente a las manos de Dios. En esta impotencia se esconde el secreto de la fuerza de la fe que nadie entiende. Su impotencia esconde toda su fe sufriente.

Está solo, desesperadamente solo a lo largo de este lento rito de muerte. Alguien se le acerca, Simón de Cirene, que venía del campo y era padre de Alejandro y Rufo. Rufo y su madre eran quizá los cristianos de Roma recordados por Pablo en la carta a los romanos.

¿Qué puede significar un poco de ayuda entre tanto dolor, en medio de tanta gente que se abate como fieras contra un inocente? La ausencia de piedad aflora con todas sus fuerzas. ¿Por qué tanto odio contra un vencido? Se descubre el gusto de gente débil y violenta que, para sentirse fuerte, menos vulnerable, menos débil, debe golpear a un vencido. Sucedió en el Calvario, y sucede con frecuencia en muchas partes del mundo, allá donde hay un pobre hombre humillado como el crucificado.

Su muerte fue terrible: sobre la cruz, en una tarde oscurecida. Como único consuelo, una esponja empapada en vinagre. El Evangelio relata dos testimonios acerca de esta muerte. Uno, anónimo, es de algunos de los presentes, que al oír las palabras del salmo 22 («¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»), creyeron que llamaba a Elías. De hecho, decía Eloí, o, como dice el Evangelio de Mateo Elí, Elí, que quiere decir Dios, y les parecía que llamaba a Elías. Parecen las palabras confusas de una agonía, cuando la conciencia empieza a desvanecerse.

Los presentes, sin embargo, tienen la sensación de participar en un acontecimiento extraordinario, hasta el punto de decir: ‘Veamos si viene Elías para bajarle de la cruz’. Tienen la sensación de que alguien vendría a bajarle de la cruz. No es normal que Elías venga. Indudablemente, hay una extraña expectativa en medio de los presentes, la de que Elías pudiera venir para salvarle de la cruz. Moría un hombre que los presentes empezaban a sentir confiado en una gran fe: pensaban que Elías vendría a liberarle. Era una muerte que, más allá drama, empezaba a decir algo. Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Hay otro testimonio, el de un centurión, que también había colaborado con su parte en aquel rito de muerte: estaba frente a él y le observaba. Le vio morir de esa manera. Conocemos la reacción de ese centurión ante aquella muerte: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios» dijo. La forma de morir del Señor fue extraordinaria, como extraordinaria era su forma de vivir. Sus últimas palabras son las palabras del Salmo. Los presentes presumen que alguien debía venir a liberarle, porque este hombre que muere es un hombre extraordinario. «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios».

Jesús es un hombre extraordinario, pero, sin embargo, es un pobre hombre que muere indefenso y abandonado como los más míseros de este mundo. Es también un hombre común, como todos, pero que sufre y muere mucho peor que la mayoría de la gente.

 

IX Estación
Estar cerca del Señor

Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
Y ya al atardecer, como era la Preparación, es decir, la víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro respetable del Consejo, que esperaba también el Reino de Dios, y tuvo la valentía de entrar donde Pilato y pedirle el cuerpo de Jesús. Se extrañó Pilato de que ya estuviese muerto y, llamando al centurión, le preguntó si había muerto hacía tiempo. Informado por el centurión, concedió el cuerpo a José, quien, comprando una sábana, lo descolgó de la cruz, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en roca; luego, hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de Joset se fijaban dónde era puesto.
(Mc 15, 40-47)


Ante la tumba del Señor Jesús, sellada con una piedra, no hay mucha gente según el Evangelio de Marcos: sólo María Magdalena, María la madre de Joset y Salomé. Tres mujeres. También la iniciativa de un judío piadoso, José de Arimatea. Pocos. Pocos saben y esperan que en aquella tumba Jesús reecuentra la vida y que de esa tumba saldrá el que puede liberar al mundo.

Con aquellas tres mujeres puede estar cada uno de nosotros rezando. Puede estar también la gente huída que vuelve, que pide perdón, que reza, que espera, que espera una vida diferente, una vida sin muerte ni lágrimas, una vida sin guerra, una vida mejor.

Todavía no es la resurrección, pero algo extraordinario ha sucedido. Terrible, pero extraordinario. El cariño y la conciencia de algo extraordinario mantienen allí a María Magdalena, María la madre de Joset y Salomé, mujeres que le han seguido desde Galilea, junto a otras que subieron con él hasta Jerusalén. Estar cerca de Jesús, estar cerca del sepulcro, cerca de la cruz, es siempre el comienzo de la comunidad cristiana. La oración, el cariño y la cercanía se convierten en amor valiente hacia su cuerpo que tanto ha sufrido. Es el amor valiente de José de Arimatea, miembro con autoridad del Sanedrín, que esperaba el reino de Dios. José, con decisión y con lealtad hacia su maestro asesinado, acudió a Pilato para pedir el cuerpo de Jesús. Quien le quiere bien no renuncia a hacer algo por él, por un pobre, por el cuerpo de un sufriente, por el de un amigo.

Pero, ¿qué podrán hacer? No lo saben. El amor tiene su esperanza, y, donde no llega la inteligencia llega la esperanza. Humanamente no hay mucho que hacer. Con mucho cariño le descolgaron de la cruz, le envolvieron en un lienzo, y le depositaron en un sepulcro excavado en una roca, haciendo rodar una piedra.

No había nada más que hacer, había muerte, pero el cariño no conoce la muerte, no cede ni siquiera ante la muerte. Hay quien reza y observa, como María Magdalena y María la madre de Joset, no lejos del sepulcro. Jesús les había enseñado: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra?”. Aquellas mujeres, ante la piedra del sepulcro, pedían que la vida de su maestro no acabase. Una oración desesperada, así puede parecer. Hay quien reza y quien ama con valentía, como José de Arimatea, sin renunciar a la piedad.

Esta es la comunidad cristiana: los que están cerca del Señor, cerca de su palabra y de su cuerpo, los que aman con valentía, con una esperanza que no teme desmentidos. Fe, esperanza y caridad. En la escena dramática del Calvario, de la cruz y del sepulcro, en la escena dramática de la muerte, hay una gran esperanza y sobretodo hay fe, amor hacia este Jesús.

Jesús enseñó a amar a José, a las mujeres, a los pocos que quedaron. Enseñó a esperar, incluso ante la muerte enseñó a creer que Dios es grande y misericordioso y no abandonará a su hijo detrás de una piedra.

¿Serán estos pocos discípulos, estas pobres mujeres, los que se contrapongan a la conjura de espadas y palos, a la inclinación fácil al odio hacia un inocente? Este grupo de discípulos no se contrapondrá a nadie, pero con fe, con esperanza y con amor confiado en el Señor irá lejos, cuando sean investidos por el testimonio de la resurrección. Se parte de una oración pobre, un tanto desesperada, de un amor valiente, y se encuentra después, con fuerza, la vida y el sentido de la vida. Esta es nuestra fe. Esta es la pequeña experiencia de los creyentes en las horas más oscuras: la experiencia de mañana, la experiencia de Pascua. Junto al cuerpo del Señor está la vida, nuestra esperanza, la fuente del amor. No nos alejaremos de aquí.

De aquí se puede extraer una mentalidad nueva, se puede renovar un corazón envejecido, sordo en el orgullo, insensible, frío. De aquí cada uno puede partir con una conciencia nueva: «Verdaderamente este hombre era hijo de Dios», pero era uno de nosotros.