Evangelio según san Juan - Las palabras de la Cruz

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I Estación
La fuerza débil de Jesús

Dicho esto, pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?» Le contestaron: «A Jesús el Nazareno.» Díceles: «Yo soy.» Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?» Le contestaron: «A Jesús el Nazareno».Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos.» Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno.» Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?»
(Jn 18, 1-11)


A pesar del paso de los siglos, la violencia es una forma muy común y siempre de moda para resolver situaciones difíciles. Es la fuerza de las palabras, la fuerza de las manos, o la fuerza del dinero. Palabras fuertes, espadas o poder económico.

Sin embargo, detrás de esta fuerza, la verbal o la física, se esconde en el fondo una gran debilidad. En cambio, Jesús pide a sus discípulos algo radicalmente distinto. Les invita a ir con él fuera, al aire libre, bajo el cielo, a un huerto, una especie de jardín fácil de alcanzar. No era un lugar especialmente protegido, quien quisiera podía llegar: también los traidores, los soldados y los guardias.

Vivir como discípulos de Jesús significa salir del propio mundo, del propio ambiente cerrado, e ir al aire libre con él. Es aquí donde él, indefenso, pregunta a quien llega durante la noche de forma amenazadora: «¿A quién buscáis?». No se esconde, ni siquiera ante quien quiere prenderle y llevárselo por la fuerza. Se ofrece espontáneamente a los que van a arrestarle. Él había dicho: “al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos” (Mt 5, 39-41). Jesús se deja llevar a un juicio mientras le obligan a ir con ellos.

«¿A quién buscáis?» -les pregunta. «A Jesús el Nazareno» -responden. Y Jesús dice: «Yo soy». Apenas dijo: «Yo soy», el destacamento de soldados y guardias retrocedió y cayó en tierra. Había algo fuerte en la respuesta de Jesús, mucho más fuerte que su agresividad y sus armas. En el monte Horeb Dios dijo: «Yo soy el que soy». Ahora, de nuevo, a orillas del torrente Cedrón, en un jardín, Jesús dice: «Yo soy». A esos agresivos que habían caído a tierra, Jesús les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Respondieron: «A Jesús el Nazareno». Y él replicó: «Ya os he dicho que yo soy». En la debilidad de Jesús se esconde una gran fuerza, hasta el punto de que los guardias y los soldados caen ante él. Sin embargo, es un hombre sin ninguna defensa, que cae en las manos de aquella gente. Parece concretarse lo que el mismo apóstol Pablo había vivido: “cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12, 10). Todo sucede al aire libre, ante un grupo tan numeroso que parece una pequeña multitud. ¿Cómo se puede seguir siendo la comunidad de los amigos de Jesús en medio de una multitud hostil que lleva palos en las manos, mientras el maestro ni siquiera se opone con una palabra fuerte o un gesto asombroso? ¿Cómo se puede resistir por mucho tiempo al aire libre?

Sin embargo -se ve en el Evangelio- Jesús se preocupa de sus amigos que están en medio de esa multitud hostil. Dice a los soldados y a los guardias: “si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos”. Jesús no se desinteresa de sus discípulos, sino que trata de defenderles mientras están a punto de arrestarle. Poco antes, siempre en el Evangelio de Juan, Jesús había rezado así al Padre: “Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17, 12 y 15).

Sin embargo, Simón Pedro no se siente suficientemente protegido por el Señor y por sus palabras. Si los demás atacan con armas, ¿por qué no se puede responder con armas? De esta manera, Pedro desenvainó la espada e hirió al siervo del sumo sacerdote llamado Malco. Se mostró como un hombre valiente. Jesús le había parecido demasiado remiso ante la fuerza de las armas y de la prepotencia. Pero, ¿es ésta la valentía del cristiano? Pedro, durante la historia de la pasión, no parece muy valiente al renegar de Jesús. Un momento de valentía violenta no hace a Pedro ni valiente ni fiel. No se defiende a Jesús abriendo nuevas heridas. No se defiende al hombre hiriendo a otros hombres. Las palabras de Jesús a Pedro son un testamento comprometedor para todos sus discípulos: “Vuelve la espada a la vaina”. Al discípulo tentado de ceder al culto de la fuerza o de la violencia, Jesús, resplandeciente en su debilidad, dice: “Vuelve la espada a la vaina”.

 

 

II Estación
De la fuerza al miedo, del orgullo a la debilidad

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el sumo sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo.
Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el atrio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?» Dice él: «No lo soy.» Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas.¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho.» Apenas dijo esto, uno de los guardias, que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al sumo sacerdote?» Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» Anás entonces le envió atado al sumo sacerdote Caifás.
Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?» Él lo negó diciendo: «No lo soy.» Uno de los siervos del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con él?» Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.
(Jn 18,12-27)


Estamos ante dos historias paralelas, la de Jesús en manos de los grandes sacerdotes Anás y Caifás; y la de Simón Pedro que sigue de lejos.

Jesús fue apresado por el destacamento de guardias, le ataron y le condujeron primero ante Anás, suegro del sumo sacerdote Caifás. A continuación fue interrogado, abofeteado por una respuesta suya que fue considerada arrogante, y enviado por Anás a Caifás, siempre atado. Es la historia dramática de un hombre que empieza a recorrer el camino cuesta abajo de un condenado a muerte. Es paradójico, pero sus jueces tratan de que él mismo aporte las pruebas de su culpabilidad.

Jesús, débil y atado, no cede a la desesperación que vuelve unas veces agresivos y otras serviles. Los que le interrogan tienen el poder de enviarle a la muerte. Pero Jesús responde con calma. Cree en las palabras: “He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos”. Y, después de la bofetada del guardia, Jesús responde: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». ¿Por qué se pega y no se habla? Detrás de la violencia se esconden el rechazo y el miedo a las palabras.

También está la historia de Simón Pedro que discurre junto a la de Jesús: es la historia de un hombre que cuenta más con su fuerza, hasta volverse violento. Es un discípulo convencido de sí mismo hasta el punto de no aceptar ser contradicho ni siquiera por Jesús. Pero le vemos fuera de la puerta, siguiendo a Jesús de lejos. Es un hombre que tiene frío en el cuerpo y dentro de sí: está preocupado por sí mismo, tiene miedo, está dominado por una mezcla de tristeza y de sueño. El drama principal es el de Jesús, pero Simón Pedro no puede dejar de pensar en su propio drama. No puede dejar de pensar en el riesgo de verse implicado, acusado de complicidad, y en el fracaso de un sueño. Sin embargo, no renuncia a seguir a Jesús junto a otro discípulo.

El fuerte Pedro se asusta ante una joven portera que le preguntó: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Pedro había sacado la espada y herido a un siervo del sumo sacerdote. Se mostró valiente, pero después se le ve en toda su debilidad, mientras está a la puerta, fuera del patio del sumo sacerdote. Parece que se quiere mantener a distancia para no implicarse demasiado. Después, el otro discípulo le hace entrar. Pedro tiene tanto frío que se calienta en el fuego. Es un hombre debilitado que busca estar junto al fuego encendido. De hecho, no resiste ante las preguntas insistentes: «¿No eres tú también de sus discípulos?» y: «¿No te vi yo en el huerto con él?». Para él, es instintivo traicionar, mientras piensa que es demasiado débil como para poder hacer otra cosa. La conmiseración por sí mismo y el miedo le dominan. Niega tres veces.

En muy poco tiempo tiene lugar el paso repentino de la fuerza al miedo, del orgullo a la debilidad. Es la historia de un hombre que, después de haber envainado la espada, sigue de lejos. No así el otro discípulo. Quizá se trataba de aquel que el evangelista llama “el discípulo que Jesús amaba”, él mismo en definitiva, Juan. Este “otro discípulo”, no se contenta con estar fuera. Quiere seguir a Jesús hasta el patio y aprovecha su conocimiento del sumo sacerdote. Tampoco quiere que Pedro permanezca fuera, y, hablando con la portera, consigue que el apóstol pueda entrar.

 

 

III Estación
¿Por quién apostamos ahora?

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera hacia ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?» Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado.» Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley.» Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie.» Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir.
Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?» Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí.» Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres rey?» Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.» Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?» Y, dicho esto, volvió a salir hacia los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al rey de los judíos?» Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!» Barrabás era un salteador.
(Jn 18,28-40)


Por una parte, está la fuerza del Estado representado por Pilato; por otra, la de la conjura contra Jesús, con la que los jefes del pueblo quieren la muerte. La fuerza de la multitud se convierte en fanatismo y violencia cuando grita: «¡A ése, no; a Barrabás!». Ante esto, Jesús aparece en toda su debilidad. ¿Conviene apostar por él? No es una pregunta tan extraña. Los discípulos han sido los primeros en ponérsela. Es la pregunta que, de forma sumisa, aunque no queramos confesarlo ni siquiera a nosotros mismos, subyace en nuestros pensamientos, en los razonamientos que acompañan nuestros proyectos en la vida. ¿Qué garantías nos dá ese débil para el presente y para el futuro? ¿Cuál es su fuerza? ¿Cuál es su reino?

«Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí» -responde Jesús al gobernador romano y añade: «Sí, como dices, soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Es la respuesta de Jesús a Pilato que le interroga. Debemos confesar que no son las palabras que quisiéramos que dijese. No le salvan, no dan a Pilato la ocasión para salvarle, no nos aseguran ni siquiera a nosotros.

El reino de Dios se configura de forma diferente al dominio de Pilato. Es profundamente diferente a la autoridad del imperio romano. No tiene nada que ver ni siquiera con el poder más pequeño, pero extremadamente concreto, de un grupo de fanáticos que alimentan una conjura contra aquel hombre. El reino de Jesús no es de este mundo, pero pasa por las calles de este mundo. Sus siervos no combaten con la espada: ha venido para dar testimonio de la verdad, y quien es de la verdad escucha su voz. ¡Extraño reino! Es rey, es más que los reyes: su palabra y su presencia remueven las profundidades de la historia y de la humanidad, pero esto no es inmediatamente evidente. Este reino no se impone con la evidencia de la fuerza, de la política o de las instituciones. Ante nuestros ojos habituados a la exterioridad, en la balanza de fuerzas, todo esto no parece tener la suficiente garantía ni ser un buen motivo como para encontrarse entre sus siervos.

¿Se puede ser testigo de la verdad de un hombre tan débil en nombre de un reino tan frágil? La multitud no tiene grandes dudas. Sabe por instinto lo que cuenta y lo que vale. Está contra Jesús. Es una multitud de derrotados. No obtendrá la victoria sobre los romanos, pero se siente mejor cuando dice “no” a Jesús y cuando escoge en su lugar a Barrabás, un salteador, un fanático que cree en la violencia.

Releer esta página del Evangelio pone con una aguda simplicidad a cada uno una pregunta de fondo: ¿Por quién apostamos ahora? ¿Cómo salir de la lógica de la multitud?

 

 

IV Estación
“¡Crucifícalo, crucifícalo!”

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: «Salve, rey de los judíos.» Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él.» Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre.» Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo no encuentro en él ningún delito.» Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios.»
Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?» Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?» Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado.»
Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César.» Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro rey.» Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!» Les dice Pilato: «¿A vuestro rey voy a crucificar?» Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César.» Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.
(Jn 19,1-16)


La historia de Jesús se confunde con la de muchos. No es muy diferente de la de muchos torturados que están en las prisiones dispersas por el mundo: flagelados con burdos o refinados instrumentos de tortura y de dolor, humanamente destruidos, humillados, abofeteados, quizá incluso peor de lo que hicieron a Jesús, porque se ha producido un terrible y trágico progreso en la forma de hacer sufrir a los hombres. Hoy también son muchos, demasiados, los hombres que son tratados así. También en nuestro tiempo demasiados odios atraviesan la historia. En muchas partes del mundo, los sumos sacerdotes y los guardias gritan: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Hay un pueblo enfurecido y fanático que también grita: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Una multitud de políticos manipula estos sentimientos con razonamientos retorcidos, tristes, pero, al final, eficaces: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César».

Ante esto, no discurren grandes sentimientos en Pilato. Emerge el hombre de la razón, aunque sea asustada, emerge el político que debe tener en cuenta muchas presiones y equilibrios al mismo tiempo. Esta escena se entrecruza con muchas tragedias contemporáneas: dramas de pueblos aislados o de pueblos enteros, de multitudes enloquecidas y de víctimas inermes, de razones complicadas que se enredan aún más por la acumulación de violencia y de sangre. En el rostro de Jesús, como en un mosaico, se pueden reconocer muchos rostros, muchos mundos, muchas prisiones, muchos campos de concentración, y todas las guerras.

 

 

V Estación
En el Gólgota

Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos.» Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: `El rey de los judíos', sino: `Éste ha dicho: Yo soy rey de los judíos'.» Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito.»
(Jn 19,17-22)


Jesús ha dicho: “Sea vuestro lenguaje: `Sí, sí' `no, no': que lo que pasa de aquí viene del Maligno”. Cuando Jesús habla en su vida pública, la suya es una palabra llena de amor, de fe, de humanidad. Pero aquí calla. Calla en su gran dolor de crucificado. Le crucificaron junto a otros dos, uno a cada lado. Estaba en medio de ellos pero no le conocían. Jesús estaba en medio de dos condenados.

Hay otra forma de hablar, que es la de Pilato. Es una forma que viene de la tradición de gobierno romana y de su papel en la institución. Es poderosa e impotente al mismo tiempo. Pilato llega a hacer casi un uso provocativo de las palabras. No salva a aquel hombre de la conjura que le quiere muerto, no está de acuerdo con esa violencia inútil, no siente simpatía hacia las autoridades judías y mucho menos hacia esa multitud exaltada. Entonces manda escribir sobre la cruz: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos». Llega hasta irritar a los sumos sacerdotes que le responden: «No escribas: `El rey de los judíos', sino: `Éste ha dicho: Yo soy rey de los judíos'». Finalmente, Pilato puede hacer prevalecer su poder. Soporta la iniciativa de los sacerdotes por lo que se refiere a la suerte de Jesús, pero no transige con las palabras de la condena. Se planta y reafirma su autoridad: «Lo que he escrito, lo he escrito».

Jesús calla, encerrado en su gran dolor. No es una situación especial, sino común a la de muchos que sufren. En el silencio de Jesús hay una gran esperanza puesta en el Padre. Pero, a su alrededor, hay muchas palabras y muchas voces. Sucede muy a menudo que hombres y mujeres, ante un sufrimiento auténtico, hablan y multiplican las palabras, pronunciando palabras sin piedad que cubren el silencio o el lamento de los que sufren. Se escribió en hebreo, en latín y en griego. Parece que este modo provocador de hablar es universal: en todas las lenguas, en todo el mundo, en todas las mentalidades.

 

 

VI Estación
Junto a la cruz

Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca.» Para que se cumpliera la Escritura:
Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica.
Y esto es lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
(Jn 19,23-27)


Un pedazo para cada uno: los soldados tomaron sus vestidos e hicieron cuatro lotes, porque ellos eran cuatro. Sólo la túnica, que era de una sola pieza, sin costuras, no pudieron dividírsela. Pero esta dificultad no les detiene, no es suficiente para que sean menos aves de rapiña. Ese hombre es un condenado. No necesitará más la túnica: poco a poco se está volviendo como todos los condenados a muerte, un no-ser-humano, un “hombre-muerto-que-camina”, como se llama en Estados Unidos a los condenados a la pena capital. Entonces, se echan a suerte su túnica. La gente vale por lo que tiene. Cuando no tienes nada, ya no eres nada. Al final le quitan todo, como en los ritos macabros de los campos de exterminio nazi, donde hasta las pelucas, las prótesis, los zapatos, todo; era almacenado, conservado y utilizado.

Hay una saña y una inutilidad del mal que se unen a la maldad hasta volverla inquietante. ¿Cómo es posible que el mundo sea tan feo? ¿Cómo es posible que tanta gente sufra tanto? Los discípulos saben que ya ni siquiera sirve la espada para frenar todo esto. No porque no es suficiente, sino porque verdaderamente no vale. La espada añade violencia a la violencia. Lo que los discípulos pueden hacer ante la violencia de un mal apabullante es estar junto al que sufre, en los lugares de dolor, en las encrucijadas del mundo, en los pliegues de la vida y de la historia, donde casi todos se retraen. Estar junto al que sufre como “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena, y junto a ella el discípulo a quien Jesús amaba”.

Juan había conseguido llegar hasta los pies de la cruz. De la misma manera también lo consiguieron María y las otras mujeres. No se repartieron los vestidos ni sus cosas, estaban allí para recoger sus últimas palabras, mientras quizá, ya no puede darse mucha cuenta de su presencia. Todavía una vez más, aquellas palabras, las últimas que salen de la boca de un sufriente, palabras sufridas, pagadas a un caro precio, son una indicación preciosa para esa pequeña comunidad reunida a sus pies: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre» -dice Jesús. Nace así una nueva familia (la madre y Juan), junto a la cruz.

Es una indicación para nosotros. Esta es la vida de los discípulos: no hay que detenerse en el fuego para calentarse, no hay que pararse para lamentarse, llenos de miedo; no hay que dejarse llevar por la lógica de la conservación, dejando hablar solo a Pilato y a los sumos sacerdotes. Se puede ir adelante y acercarse donde Pilato, los sumos sacerdotes y los guardias no se atreven a llegar: bajo la cruz. Lo ha comprendido su madre que está junto al discípulo que Jesús amaba, el joven Juan, precisamente allí, a los pies de la cruz. Hay que tener el corazón de ese discípulo y de María para estar cerca de tantos sufrimientos. Podemos encontrar, bajo la cruz, esa palabra que está el origen de una nueva familia. No todo ha muerto, aunque Jesús esté a punto de morir. Su palabra sigue dando vida: : «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Para aquella mujer y para aquel hijo renace, aún en el sufrimiento, la vida.

 

 

VII Estación
Todo está cumplido

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed.» Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido.» E inclinando la cabeza entregó el espíritu.
(Jn 19,28-30)


Jesús tuvo sed, sufrió, fue insultado y abandonado. Él es el mismo Señor del que dice el salmo 50: “Si hambre tuviera, no te lo diría, porque mío es el orbe y cuanto encierra”. Sin embargo, sobre la cruz grita: «Tengo sed». Es la expresión de su rebajamiento hasta tener que pedir de beber para recibir vinagre de una rama de hisopo. Pero, antes de expirar, inclinando la cabeza, dice una palabra que no es la de un vencido. Es una palabra con tintes de realeza: «Todo está cumplido». Ese vencido, sediento y humillado, es el Señor de la historia, el que se ha ofrecido a sí mismo para sus amigos en el mundo. En la confusión de aquella vida y de la gente que está a su alrededor, Jesús sabe que todo se ha cumplido. Todo se ha cumplido: después de estas palabras comienza un tiempo diferente. Es el “después”. “Las cosas de antes ya pasaron”. Es una ejecución capital y una muerte entre millones y millones en la historia. Pero esta condena y este final dan comienzo a una nueva era. Desde las vísceras de la historia, esa semilla caída y macerada sigue dando frutos de vida. Alrededor queda el dolor, la sed, el silencio y la injusticia, pero la tierra de los hombres no ha sido abandonada. La semilla caída en tierra da fruto.

 

 

VIII Estación
Bajo la cruz

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado -porque aquel sábado era muy solemne- rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno.Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.
(Jn 19,31-37)


El ruego a Pilato para que los cuerpos no quedaran en la cruz es una historia de crueldad: se dice que es para no ofender el sábado. Dios había creado el sábado para el reposo del hombre y aquí se convierte en una hora más robada a la vida, en una ocasión de tortura y no de piedad. Pero Jesús había muerto antes que los dos crucificados con él. Su vida se había consumido deprisa. Pero ni siquiera ahorraron su cuerpo. Le atravesaron el costado con una lanza y salió sangre y agua, como para desvelar lo que había dentro de ese hombre. Sangre que salva y agua que lava. Su cuerpo fue atravesado.

Estas palabras de la pasión que discurren ante nosotros desgarran nuestra intimidad, revelando también lo que llevamos dentro. El anciano Simeón había dicho a María, durante la presentación de Jesús en el templo: “¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!”. Estas palabras revelan de forma dolorosa lo que hay en nuestro corazón. Nos liberan de los sentimientos malvados o alienantes y nos ayudan a reencontrar las dimensiones más verdaderas de nuestra existencia.

Hay un discípulo que ha llegado hasta la cruz, que ha visto y da testimonio, y su testimonio es verdad. Este discípulo no ha huido, sino que ha escogido la parte mejor, entre las muchas que podía vivir. Ha escogido la única. Ha seguido el camino de Jesús con amor y no ha seguido los consejos de su temor. En el amor se tiene menos miedo de perderse a sí mismo. Ese discípulo ha trazado un camino que también nosotros podemos recorrer. Es el camino que le llevará, después de la resurrección, a ser el primero en alcanzar el sepulcro vacío: “Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”.

 

 

IX Estación
En la hora de la cruz, sin cálculos

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo -aquel que anteriormente había ido a verle de noche- con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.
(Jn 19,38-42)


“Después de esto”, “comprenderéis después”. Se abre el “después”. Ya no es el antes, las cosas de antes han pasado. Hay quien quiere olvidar el antes, es más, hay quien, con la muerte de Jesús, ha querido borrarlo todo, cerrando ese incidente de la historia. Hay quien está turbado, aturdido, y vive todavía bajo el peso opresor del antes, hecho del recuerdo del maestro y de la vergüenza por el propio abandono. Pero para quien escucha comienza el después. Es una vida diferente que comienza con una pequeña piedad. En estas últimas páginas de la pasión según Juan no se encuentran grandes discípulos: hay dos modestos. Uno es José de Arimatea, discípulo a escondidas por miedo a los judíos: tuvo el amor de pedir el cuerpo de Jesús muerto, desfigurado, para recomponerlo y darle sepultura. El otro es Nicodemo, que había acudido de noche a Jesús, también para no ser visto. No han brillado por su valentía. Incluso en la vida anterior a la muerte de Jesús han estado muy condicionados por el miedo, por el cálculo, por el silencio, aunque estuvieran cargados de buenos sentimientos y de un deseo sincero de verdad. Precisamente estos dos discípulos hacen menos cálculos que los demás en la hora de la cruz. Tienen menos miedo que los demás de mezclarse con Jesús, que ahora desde luego no puede hacer nada útil para ellos.

José y Nicodemo piensan en el después, y no quieren que esta última afrenta, la ausencia de piedad hacia su cuerpo martirizado, se haga al maestro. Van donde Jesús, al sepulcro, llevando aromas y no amarguras. Están ahí, ante él, precisamente para salir del miedo, del cálculo, de la avaricia, de la sabiduría del que ha creído conocer la fe como Nicodemo, de la avaricia del que ha tenido miedo de perder su estatus social como José de Arimatea. Aunque parece tarde, aunque pesa no haber estado más cerca en los momentos difíciles, aunque la fuerza del mal es grande, José de Arimatea y Nicodemo están ante el sepulcro de Jesús con aromas y ternura para esparcir. Quizá el sepulcro de Jesús está menos lejos de nosotros de cuanto pensamos: “el sepulcro estaba cerca” –dice el evangelista.