Oración por la Iglesia

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Isaías 26,1-6

Aquel día se cantará este cantar en tierra de Judá:
"Ciudad fuerte tenemos;
para protección se le han puesto
murallas y antemuro. Abrid las puertas, y entrará una gente justa
que guarda fidelidad; de ánimo firme y que conserva la paz,
porque en ti confió. Confiad en Yahveh por siempre jamás,
porque en Yahveh tenéis una Roca eterna. Porque él derroca a los habitantes de los altos,
a la villa inaccesible;
la hace caer, la abaja hasta la tierra,
la hace tocar el polvo; la pisan pies, pies de pobres,
pisadas de débiles."

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Esta página es un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. El motivo de la alegría y de la gratitud es doble: la destrucción de la "villa inaccesible", Babilonia, símbolo de la soberbia y de la prepotencia de los poderosos que aplastan a los débiles y a los pobres, y por otro la edificación de una "ciudad fuerte", Jerusalén, que acoge al pueblo fiel al Señor. La ciudad construida por Dios tiene murallas firmes e inexpugnables. Por esto se exhorta a los fieles a confiar en Dios. Solo en él. Es una confianza que se basa en el amor de Dios que nunca falla. El profeta evoca esta confianza ante el instinto que nos empuja a cada uno de nosotros a confiar solo en nosotros mismos, en nuestras seguridades, con la ilusión de defender así nuestra existencia. No sirve alzar barreras, erigir muros que impiden que los pobres nos alcancen, reforzar fronteras para expulsar a quien busca un nuevo futuro. El profeta alza la voz hasta cantar para que las puertas de la ciudad, como las del corazón, estén siempre abiertas. La insistencia del papa Francisco en salir recoge esta profecía bíblica de la puerta siempre abierta, tanto para que los creyentes salgan hacia todos como para dejar entrar en la ciudad a quien tenga necesidad. La ciudad se convierte en el lugar donde habitan juntos el pueblo de los creyentes y el numeroso pueblo de los pobres: dos pueblos que nunca deben separarse. Los creyentes y los pobres habitan juntos esta ciudad: esta, como escribe el Apocalipsis, descenderá del cielo en su plenitud, pero empieza desde ya en la tierra cada vez que los creyentes y los pobres se encuentran y se acogen. Advierte el profeta: el Señor "derroca a los habitantes de los altos, a la villa inaccesible; la hace caer, la abaja hasta la tierra, la hace tocar el polvo". El alejamiento de los pobres es alejamiento de Dios. La imagen de la ciudad rebajada hasta el suelo es dura pero verdadera, dolorosamente actual en muchas partes de la tierra. El profeta exhorta a acoger la revolución de Dios. Y la inaugurará con el nacimiento de su Hijo Jesús. María de Nazaret, que es la primera en acoger la Palabra que se hace carne, canta la revolución de la lógica mundana: "Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes" (Lc 1,51-52).