Vigilia del domingo

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 1,46-55

Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava,
por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán
bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
- como había anunciado a nuestros padres - en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El canto que hay entre las dos lecturas de la liturgia de hoy es el Magnificat que María cantó tras haber recibido el saludo de su anciana prima Elisabet. La visita a Elisabet es un fruto directo del anuncio del ángel que le revelaba a María la decisión de Dios de que ella fuera la madre de su Hijo. Y precisamente porque acogió la palabra del ángel Elisabet proclama la primera bienaventuranza que encontramos en el evangelio, la que el ángel le dice a María. Al ver que la joven de Nazaret iba hacia ella, Elisabet exclama: «Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor». La felicidad de María, primera discípula del Evangelio, se expresa en el canto del Magnificat. Con aquellas palabras manifiesta su alegría de una pobre muchacha de un pueblo perdido de la periferia del Imperio que el Señor del cielo y de la tierra había elegido como su morada, como sierva del Evangelio. María no cree ser digna de consideración, una consideración que en general reclamamos cada uno de nosotros. Ella acepta formar parte del gran proyecto de Dios para el mundo. No se echa atrás por miedo, no se deja encadenar por el límite que siente tener frente a un sueño que es realmente mucho más grande que ella. Ella conoce bien sus límites, sabe que Dios «ha puesto sus ojos en la pequeñez de su esclava». Efectivamente, sabe que todo le viene de Dios y que solo Dios es su grandeza y su fuerza: «ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso». Aquel mismo Dios que libró a Israel, que protegió a los pobres, que humilló a los soberbios y que colmó de bienes a los hambrientos se inclinó sobre ella, la amó y le confió la misión de ser Madre de su hijo. María contesto su «sí» pleno al Señor. Desde aquel día, a través de ella, a través de su disponibilidad, Dios ha puesto su morada entre los hombres.