Vigilia del domingo

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Jornada europea de recuerdo de la Shoah.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 4,35-41

Este día, al atardecer, les dice: «Pasemos a la otra orilla.» Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. El estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» El, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!» El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?» Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Evangelio de Marcos continúa presentándonos a Jesús que camina por las calles de los hombres. Hay en él una urgencia por comunicar el Evangelio a todos. Por ello no se detiene en lugares que son tal vez más seguros y ciertos. Dice a los discípulos: "Pasemos a la otra orilla". En el Evangelio de Marcos la otra orilla representa el mundo de los paganos, de los que están lejos de la fe en el Dios de Israel. Los discípulos no habrían ido solos, como a nosotros nos cuesta ir hacia quienes creemos lejanos o no adecuados para acoger el Evangelio de Jesús. Todos conocemos la tentación de quedarnos en los horizontes que nos resultan habituales. Jesús nos ensancha el corazón y la mente desde el comienzo. Hay un ansia de universalidad que Jesús comunica a los discípulos y que, a lo largo de los siglos, se manifiesta con diferente intensidad. Hoy, en un mundo globalizado, esta urgencia es aún más evidente. Es verdad que los hombres se han acercado, pero no por esto son más fraternos y solidarios. Es indispensable "pasar a la otra orilla", la de los corazones y las culturas de los pueblos. Se nos pide acoger la invitación de Jesús como la acogieron aquellos primeros discípulos. Escribe Marcos: "Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba". Durante la travesía, como a menudo sucedía en ese lago, se desencadena una fuerte tempestad. Es fácil leer en este comentario del evangelista las muchas tempestades que se abaten sobre los pueblos en este tiempo nuestro, tempestades que descomponen la existencia de muchos. No se trata desde luego de nuestras pequeñas agitaciones psicológicas. En el grito de los apóstoles sentimos el eco del de muchos hombres y mujeres cuya existencia es arrollada por las olas adversas del mal. Muchas veces, este grito recoge también la impotencia y la resignación de quien, arrollado por las tempestades de la vida, cree que el Señor está lejos, que duerme o no vela. Es un grito que las comunidades cristianas deben recoger, deben hacer suyo y transformarlo en oración al Señor para que, como en aquella ocasión, se levante, increpe a los vientos y diga al mar: "¡Calla, enmudece!". Y que los hombres y las mujeres golpeados duramente por el mal puedan alcanzar la otra orilla, la de la paz. Y que nosotros alcancemos con Jesús la otra orilla de los que esperan el Evangelio y la salvación.