Vigilia del domingo

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Recuerdo de san Felipe Neri († 1595), "apóstol de Roma".


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 10,13-16

Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él.» Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este episodio se sitúa en una de las paradas a lo largo del camino de Jesús hacia Jerusalén. Era costumbre presentar a los niños a los rabinos para que les bendijeran imponiéndoles las manos. Jesús, como se observa con frecuencia en el Evangelio de Marcos, a donde iba creaba un clima increíble de fiesta, de alegría y de esperanza; y es fácil que, a su llegada a un pueblo, un gran número de ellos acudiera hasta él. Probablemente los discípulos, al ver estas multitudes de niños que acudían alrededor de Jesús, pensaron en protegerle; pero Jesús les reprende por impedir a los niños que se acercaran hasta él. Jesús les quiere a su lado y, en cuanto llegan, les acaricia y les bendice. La escena es singular y, sin duda, muestra la atención y la ternura de Jesús hacia los pequeños; y ¿cómo no pensar en los millones de niños que en nuestro mundo contemporáneo no saben con quién ir y permanecen destrozados en la soledad y en la marginación? Nadie les abraza, nadie les acaricia. Al contrario, con frecuencia se les acerca alguien que les explota de la forma más dispar y cruel; por ello, quien se acerca a ellos para ayudarles, para hacerles crecer, para defenderles, ciertamente recibirá una gran recompensa. Cuando Jesús dice: "el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él", propone una enseñanza central en la vida del discípulo. Este concepto se repite en los Evangelios en otras ocasiones, es suficiente pensar en lo que Jesús le dice a Nicodemo: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios" (Jn 3,3). Al proponer la actitud del niño como modelo de discípulo, Jesús pretende subrayar la dependencia total del discípulo de Dios, precisamente igual que un niño que depende en todo de los padres. El discípulo es ante todo un hijo que recibe todo del Padre y depende de Él en todo. Es el tema de la primera bienaventuranza en el Discurso de la Montaña: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos." Los pobres de espíritu son los humildes, aquellos que se hacen niños delante de Dios para depender de Él y se consideran siempre hijos amados del Padre que han "recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!" (Rm 8,15).