ORACIÓN CADA DÍA

Memoria de la Madre del Señor
Palabra de dios todos los dias

Memoria de la Madre del Señor

Memoria de la dedicación de la catedral de Roma, la basílica de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista en Letrán. Oración por la Iglesia de Roma. Recuerdo de la "noche de los cristales rotos", inicio de la persecución nazi contra los judíos.
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Libretto DEL GIORNO
Memoria de la Madre del Señor

Memoria de la dedicación de la catedral de Roma, la basílica de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista en Letrán. Oración por la Iglesia de Roma. Recuerdo de la "noche de los cristales rotos", inicio de la persecución nazi contra los judíos.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Apocalipsis 14,1-5

Seguí mirando, y había un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él 144.000, que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre. Y oí un ruido que venía del cielo, como el ruido de grandes aguas o el fragor de un gran trueno; y el ruido que oía era como de citaristas que tocaran sus cítaras. Cantan un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro Vivientes y de los Ancianos. Y nadie podía aprender el cántico, fuera de los 144.000 rescatados de la tierra. Estos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes. Estos siguen al Cordero a dondequiera que vaya, y han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero, y en su boca no se encontró mentira: no tienen tacha.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Después de aquellas dos Bestias, Juan ve una tercera visión: el monte Sión, sobre el que se erige, glorioso, el Cordero Cristo, que ahora vuelve plenamente en escena. Sabemos que en su simbolismo el Cordero indica docilidad y expresa un destino de sacrificio pascual. Así pues, es el signo apropiado para Cristo, por su muerte en cruz (es "inmolado") pero también por su gloria pascual. De hecho, lo presentan "de pie" sobre el monte del templo: estar de pie es signo de victoria y de gloria. Sión se convierte en el punto de convergencia de toda la comunidad redimida por la sangre del Cordero (v. 1). Por las laderas de aquel monte sube la inmensa procesión de los elegidos, los justos, los mártires. La oposición con la anterior procesión de seguidores de la Bestia es evidente: aquellos tenían impresa la marca de la esclavitud y de la violencia; estos, en cambio, llevan el sello de Dios y de Cristo. Por más que el Mal se abata contra los creyentes, nadie puede separarles de la mano de Dios. El apóstol, sin duda, recuerda la oración de Jesús al Padre antes de dejar a los discípulos: "Ninguno se ha perdido" (Jn 17, 12). He aquí el cuadro -que se contrapone al del capítulo anterior- que muestra a la Iglesia de Cristo que ha permanecido fiel en la gran tribulación. El apóstol no indica al cielo, sino a la tierra. Los ciento cuarenta y cuatro mil, más que representar a la comunidad que ha llegado al cielo, representan a los creyentes que están todavía expuestos a los ataques del Enemigo. Son los cristianos fieles a la escucha del Evangelio y que perseveran en su actitud de seguir al Señor "adondequiera que vaya", hasta la muerte, hasta el martirio. Ellos son los "rescatados de la tierra"; son, pues, propiedad y posesión del Señor: "ellos son vírgenes", es decir, no se han contaminado con los ídolos de este mundo (la fornicación es siempre el símbolo de la idolatría). Éstos -continúa el apóstol- "han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero". No serán abandonados al ciego destino del mundo; en su frente está marcado el nombre de Dios y del Cordero, no el de la Bestia. Ellos, y sólo ellos, pueden comprender el canto que baja del cielo (es la comunión con Dios y los santos) y unirse en la alabanza al Señor.

PALABRA DE DIOS TODOS LOS DÍAS: EL CALENDARIO

La oración es el corazón de la vida de la Comunidad de Sant’Egidio, su primera “obra”. Cuando termina el día todas las Comunidades, tanto si son grandes como si son pequeñas, se reúnen alrededor del Señor para escuchar su Palabra y dirigirse a Él en su invocación. Los discípulos no pueden sino estar a los pies de Jesús, como María de Betania, para elegir la “mejor parte” (Lc 10,42) y aprender de Él sus mismos sentimientos (cfr. Flp 2,5).

Siempre que la Comunidad vuelve al Señor, hace suya la súplica del discípulo anónimo: “¡Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). Y Jesús, maestro de oración, continúa contestando: “Cuando oréis, decid: Abbá, Padre”.

Cuando oramos, aunque lo hagamos dentro de nuestro corazón, nunca estamos aislados ni somos huérfanos, porque somos en todo momento miembros de la familia del Señor. En la oración común se ve claramente, además del misterio de la filiación, el de la fraternidad.

Las Comunidades de Sant'Egidio que hay por el mundo se reúnen en los distintos lugares que destinan a la oración y presentan al Señor las esperanzas y los dolores de los hombres y mujeres “vejados y abatidos” de los que habla el Evangelio (Mt 9,37). En aquella gente de entonces se incluyen los habitantes de las ciudades contemporáneas, los pobres que son marginados de la vida, todos aquellos que esperan que alguien les contrate (cfr. Mt 20).

La oración común recoge el grito, la aspiración, el deseo de paz, de curación, de sentido de la vida y de salvación que hay en los hombres y las mujeres de este mundo. La oración nunca es vacía. Sube incesante al Señor para que el llanto se transforme en alegría, la desesperación en felicidad, la angustia en esperanza y la soledad en comunión. Y para que el Reino de Dios llegue pronto a los hombres.