ORACIÓN CADA DÍA

Memoria de los santos y de los profetas
Palabra de dios todos los dias
Libretto DEL GIORNO
Memoria de los santos y de los profetas
Miércoles 22 de abril


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 6,35-40

Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida.
El que venga a mí, no tendrá hambre,
y el que crea en mí, no tendrá nunca sed. Pero ya os lo he dicho:
Me habéis visto y no creéis. Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí,
y al que venga a mí
no lo echaré fuera; porque he bajado del cielo,
no para hacer mi voluntad,
sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado;
que no pierda nada
de lo que él me ha dado,
sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre:
que todo el que vea al Hijo y crea en él,
tenga vida eterna
y que yo le resucite el último día.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

ºEl Evangelio de hoy retoma la frase final del pasaje evangélico escuchado ayer, que recuerda las palabras del Antiguo Testamento que hablan del banquete mesiánico preparado por el Señor para su pueblo: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”. Finalmente, se cumplía la promesa de Dios, pero Jesús respondía también al hambre de salvación escondida en el corazón de los hombres: hambre de sentido, hambre de una vida que no termine con la muerte y que conduzca a la felicidad plena. Jesús era la respuesta bajada del cielo, y todos podían acogerla y hacerla suya. Pero Jesús señala con amargura que muchos, a pesar de ver los signos que hacía, no abrían su corazón para acoger su palabra. Sin embargo, él “no echaba a nadie”: “Al que venga a mí no lo echaré fuera”. Es suficiente solo con una pequeña disponibilidad por nuestra parte para que suceda el milagro. Pensemos en los cinco panes de cebada que bastaron para multiplicarlos para cinco mil personas. Todo el que se acercaba a Jesús era acogido, era suficiente llamar, aunque fuera débilmente, para recibir respuesta. ¿No había dicho otras veces a las multitudes que le seguían: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso”? Además, había bajado del cielo precisamente para cumplir la voluntad del Padre que le había enviado; y la voluntad del Padre era claramente no perder a ninguno de los que le había confiado. Su misión era reunir a todos en el único redil y por ello dice en otro lugar: “Yo soy el buen pastor”. Había venido para reunir a los dispersos y conducirles al reino. Salvar a todos y no perder a ninguno es el trabajo continuo del Señor Jesús, que no duda en afrontar peligros y recorrer caminos accidentados para salvar solo a una oveja perdida, tal y como se describe en la parábola. Esta es la preocupación constante de Jesús, quien desea que se repita durante los siglos a través de la Iglesia; sí, la Iglesia, toda comunidad cristiana, debe sentir ante todo la pasión por salvar a todos los hombres y el Papa Francisco nos llama a esta pasión. No hay duda de que el ansia misionera debe ser mucho más evidente en nuestros días e involucrar a todos los cristianos. Por desgracia, estamos tan replegados sobre nosotros mismos que no sentimos la urgencia misionera; pero esto nos aleja de Jesús y de su esfuerzo por liberar al mundo de la esclavitud del mal. Es urgente que nos dejemos involucrar cada vez más por la misma pasión que impulsaba a Jesús a ir por las calles y las plazas de su época. Las palabras de Jesús que hemos escuchado en esta página del Evangelio nos muestran con claridad cuál es la voluntad de Dios y cómo realizarla en la tierra: “que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día”. Es una promesa que se realiza en nosotros mismos precisamente mientras gastamos nuestra vida por el Señor y por los demás, tal como hizo Jesús.

La oración es el corazón de la vida de la Comunidad de Sant’Egidio, su primera “obra”. Cuando termina el día todas las Comunidades, tanto si son grandes como si son pequeñas, se reúnen alrededor del Señor para escuchar su Palabra y dirigirse a Él en su invocación. Los discípulos no pueden sino estar a los pies de Jesús, como María de Betania, para elegir la “mejor parte” (Lc 10,42) y aprender de Él sus mismos sentimientos (cfr. Flp 2,5).

Siempre que la Comunidad vuelve al Señor, hace suya la súplica del discípulo anónimo: “¡Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). Y Jesús, maestro de oración, continúa contestando: “Cuando oréis, decid: Abbá, Padre”.

Cuando oramos, aunque lo hagamos dentro de nuestro corazón, nunca estamos aislados ni somos huérfanos, porque somos en todo momento miembros de la familia del Señor. En la oración común se ve claramente, además del misterio de la filiación, el de la fraternidad.

Las Comunidades de Sant'Egidio que hay por el mundo se reúnen en los distintos lugares que destinan a la oración y presentan al Señor las esperanzas y los dolores de los hombres y mujeres “vejados y abatidos” de los que habla el Evangelio (Mt 9,37). En aquella gente de entonces se incluyen los habitantes de las ciudades contemporáneas, los pobres que son marginados de la vida, todos aquellos que esperan que alguien les contrate (cfr. Mt 20).

La oración común recoge el grito, la aspiración, el deseo de paz, de curación, de sentido de la vida y de salvación que hay en los hombres y las mujeres de este mundo. La oración nunca es vacía. Sube incesante al Señor para que el llanto se transforme en alegría, la desesperación en felicidad, la angustia en esperanza y la soledad en comunión. Y para que el Reino de Dios llegue pronto a los hombres.