Memoria de los santos y de los profetas

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 84 (85), 9-14

9 Escucharé lo que habla Dios.
  Sí, el Señor habla de futuro
  para su pueblo y sus amigos,
  que no recaerán en la torpeza.

10 Su salvación se acerca a sus adeptos,
  y la Gloria morará en nuestra tierra.

11 Amor y Verdad se han dado cita,
  Justicia y Paz se besan;

12 Verdad brota de la tierra,
  Justicia se asoma desde el cielo.

13 El Señor mismo dará prosperidad,
  nuestra tierra dará su cosecha.

14 Justicia marchará ante él,
  con sus pasos le abrirá camino.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La liturgia en este tiempo de Adviento nos hace cantar una vez más esta última parte del salmo 84 como queriéndonos recordar que “Su salvación se acerca” (v. 10). Es bueno ser despertados del sueño en el que fácilmente caemos a causa de nuestras costumbres egocéntricas. El tiempo de Adviento entra en nuestros días para recordarnos precisamente que el Señor “está cerca”. Debemos concentrar nuestro corazón en la venida del Señor. Por esto se nos pide alzar la mirada de nosotros mismos, no estar siempre concentrados sólo en nosotros, en nuestros problemas o en nuestras preocupaciones. Este es el tiempo para esperar al Señor. Todos necesitamos a quien nos salve de un mundo que sigue estando lacerado por guerras y conflictos, por injusticias y violencias, pequeñas y grandes. Nuestra oración al Señor para que venga a cambiar el rostro de la tierra debe elevarse aún con más robustez. El versículo del salmo nos hace rezar: “Ven, Señor, rey de justicia y de paz”. Esta generación nuestra necesita escuchar nuevamente el Evangelio, necesita creyentes que con más audacia y generosidad ayuden al mundo a ser más pacífico, más solidario. Los creyentes están llamados a una nueva estación misionera, a una nueva siembra. Pero esto es posible si nos dejamos envolver por el Señor y por su mismo sueño. Es urgente hacer nuestra la decisión del salmista: “Escucharé lo que habla Dios” (v. 9). Debemos escuchar nuevamente el Evangelio, comprenderlo todavía más en su urgencia de cambio, y comunicarlo con palabras y acciones en nuestras sociedades. Con una espléndida imagen, el salmista nos muestra el fruto de este testimonio evangélico renovado: “Amor y Verdad se han dado cita, Justicia y Paz se besan” (v. 11). Esta es la sociedad que el Señor sueña y que confía también a nuestras manos. Él, mucho antes que nosotros, sabe que nuestras manos son débiles y pobres, pero no duda en hacernos colaboradores suyos. Él nos da su fuerza y se hace compañero de nuestro camino. El salmista nos asegura que el trabajo dará su fruto: “El Señor mismo dará prosperidad, nuestra tierra dará su cosecha” (v. 13). Y no dejará de acompañarnos en nuestro trabajo de cambio del mundo: “Justicia marchará ante él, con sus pasos le abrirá camino” (v. 14).