Memoria de Jesús crucificado

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 26 (27), 1.3.5.8-9

1 El Señor es mi luz y mi salvación,
  ¿a quién temeré?
  El Señor, el refugio de mi vida,
  ¿ante quién temblaré?

3 Aunque acampe un ejército contra mí,
  mi corazón no teme;
  aunque estalle una guerra contra mí,
  sigo confiando.

5 Me dará cobijo en su cabaña
  el día de la desgracia;
  me ocultará en lo oculto de su tienda,
  me encumbrará en una roca.

8 Digo para mis adentros:
  «Busca su rostro».
  Sí, Señor, tu rostro busco:

9 no meocultes tu rostro.
  No rechaces con ira a tu siervo,
  que tú eres mi auxilio.
  No me abandones, no me dejes,
  Dios de mi salvación.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor, el refugio de mi vida, ¿ante quién temblaré?” (v. 1). Estas primeras palabras del salmo manifiestan la firme confianza del salmista en el Señor, una confianza que permanece inquebrantable a pesar de todas las dificultades que puedan surgir. El creyente dice a su Señor: “Aunque acampe un ejército contra mí, mi corazón no teme; aunque estalle una guerra contra mí, sigo confiando” (v. 3). La confianza permanece firme aunque los padres lo abandonen, o lo acusen falsos testigos. El creyente no se derrumba. Esta confianza permite afrontar con dignidad las cosas adversas: “Entonces levantará mi cabeza ante el enemigo que me hostiga” (v. 6), afirma el salmista con orgullo. El miedo corroe la confianza en el Señor porque lleva a mirarse a uno mismo y a confiar en las propias fuerzas. Pero es el Señor quien salva: él es el fuerte y el poderoso que salva al hombre de la ruina. La confianza en el Señor mantiene firmes a los débiles y hace resistir a los que se confían al Señor. De ella brota la certeza de que el Señor interviene en nuestra ayuda: “No me abandones, no me dejes, Dios de mi salvación” (v. 9). Sin embargo el salmista sabe bien que la confianza en el Señor vive y se fortalece en la casa del Señor, es decir, en la comunidad de los creyentes. Por eso regala a nuestros labios el único deseo a tener: “Una cosa pido al Señor, es lo que ando buscando: morar en la Casa del Señor todos los días de mi vida” (v. 4). Es en la comunidad de los creyentes donde se nos ayuda a cultivar al hombre interior que no se busca a sí mismo sino al Señor y lo que le pertenece. El salmista, dirigiéndose al Señor, reza: “Digo para mis adentros: «Busca su rostro». Sí, Señor, tu rostro busco” (v. 8). La fe concentra toda la vida del creyente en la búsqueda de Dios, hasta el punto de que el único y verdadero miedo de debemos tener es el mismo del salmista: que Dios esconda su rostro (v. 9). Pero esto no sucederá. Dios, de hecho, es más fiel que un padre y que una madre: “Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá” (v. 10).