Memoria de la Madre del Señor

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Recuerdo de san Pedro Damián (+1072). Fiel a su vocación monástica, amó a toda la Iglesia y dedicó su vida a reformarla. Recuerdo de los monjes de cualquier parte del mundo.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 36 (37), 3-4.18-19.27-28.39-40

3 Confía en el Señor y obra el bien,
  vive en la tierra y cuida tu fidelidad,

4 disfruta pensando en el Señor
  y te dará lo que pida tu corazón.

8 Desiste de la ira, abandona el enojo,
  no te acalores, que será peor;

19 en tiempo de escasez no se avergonzarán,
  en días de penuria gozarán de hartura.

27 Apártate del mal y obra el bien,
  y siempre tendrás una morada;

28 porque el Señor ama la justicia
  y no abandona a sus amigos.

39 La salvación del honrado viene del Señor,
  él es su refugio en tiempo de angustia;

40 El Señor lo ayuda y lo libera,
  él lo libra del malvado,
  lo salva porque se acoge a él.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Las palabras de este salmo brotan del interior de la comunidad de los “justos”, de esos pobres que viven “en espera del Señor”. El salmista, con esta oración, quiere frenar la impaciencia de los creyentes que se sienten desilusionados viendo la prosperidad de los malvados, mientras que a los justos se les pone a prueba. Todos conocemos bien la objeción que se repite con frecuencia en las Escrituras: ¿por qué los justos sufren y los violentos prosperan? Nos hace pensar que en nuestros días en muchas partes del mundo se difunde una religiosidad que hace de la prosperidad material el objetivo de la vida. Y son muchos, sobre todo pobres, los que caen en esta trampa diabólica disfrazada de religión. El salmista –en su profesión de fe firme en un Dios justo y remunerador- recuerda el primado absoluto de Dios. Afirma que la vida vivida bajo la mirada de Dios es un bien superior a todas las aflicciones que el justo experimenta sobre la tierra, y que en cualquier caso es siempre preferible a la efímera y engañosa vida del impío que se confía a las riquezas. Los creyentes, por tanto, no deben envidiar al malvado y mucho menos la vida que lleva, el éxito que alcanza, la riqueza que acumula. El creyente que envidia al impío que prospera razona como el impío: considera que el sentido de la vida esté en el acumular bienes y riquezas, y no en el amor de Dios, de su pueblo y de los pobres. El corazón del creyente se orienta hacia Dios y los pobres, no hacia los bienes y el éxito. Jesús lo dirá con claridad: “Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6, 21). El “justo” está llamado a cambiar radicalmente el modo de mirar el mundo y las cosas; su alegría es disfrutar “pensando en el Señor” (v. 4), sabiendo que “más vale lo poco del honrado que la enorme riqueza del malvado” (v. 16). Envidiar al impío significa tener un corazón de impío. Y en todo caso el justo –precisamente porque pone su confianza sólo en Dios- no debe ni siquiera irritarse contra el impío: “Descansa en el Señor, espera en él, no te acalores contra el que prospera, contra el hombre que urde intrigas. Desiste de la ira, abandona el enojo, no te acalores, que será peor; pues los malvados serán extirpados, mas los que esperan en el Señor heredarán la tierra” (vv. 7-9). La fortuna y las riquezas son engañosas, lo que se construye sobre ellas se derrumba fácilmente. El salmista recuerda que los enemigos del Señor se marchitarán como el esplendor de los prados, desaparecerán como humo; el impío desaparece, y si lo buscas ya no lo encontrarás. El Señor ciertamente hará justicia pero de una forma distinta a nuestras costumbres y convicciones. Quien sigue al Señor debe dejarse purificar el corazón por los pensamientos de Dios y por su amor sin límites. Por ello el justo no se enoja ni cede a la envidia: “No te acalores por los malvados, ni envidies a los que hacen el mal” (v. 1).