Memoria de Jesús crucificado

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 118 (119), 12.16.18.27.34-35

12 ¡Bendito seas, Señor,
  enséñame tus preceptos!

16 Me deleito en tus preceptos,
  no olvido tu palabra.

18 Abre mis ojos y contemplaré
  las maravillas de tu ley.

27 Indícame el camino hacia tus mandatos
  y meditaré en todas tus maravillas.

34 Dame inteligencia para guardar tu ley
  y observarla de todo corazón.

35 Llévame por la senda de tus mandatos,
  que en ella me siento complacido.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo 118, compuesto tras el exilio, es el más largo del salterio. Se trata de un salmo alfabético, en el que se celebra la Ley del Señor (en hebreo la Torá), la cual no es simplemente un conjunto de preceptos a observar sino “la enseñanza”, es decir, “la palabra” de Dios, que se debe convertir en vida del hombre, luz para sus pasos. El salmo se articula en 22 grupos de estrofas, cada uno compuesto por ocho versículos que comienzan con la misma letra del alfabeto hebreo. El salmista parece querer decir que la Palabra de Dios debe ser el inicio de cada una de nuestras palabras, de nuestras actividades, de cada uno de nuestros sentimientos y elecciones. La Palabra de Dios es como el alfabeto que debe guiar la vida del creyente en todo momento, en toda situación. El salmo se abre con la bendición del creyente: “Dichosos los que caminan rectamente, los que proceden en la ley del Señor” (v. 1). La felicidad del hombre consiste en seguir la Palabra de Dios. Por ello, a lo largo del salmo, retorna continuamente la exhortación a acogerla, consciente de su valor. El pasaje del salmo que la liturgia pone hoy en nuestros labios canta: “Me deleito en tus preceptos, no olvido tu palabra” (v. 16). La Palabra de Dios es enseñanza, es precepto, es decreto, es mandamiento, es propósito, es alegría, es vida, es sabiduría, es justicia. Pero sobre todo es un don que el Señor ofrece gratuitamente a los creyentes: se debe acoger en el corazón y meditarla para que pueda dar fruto en la vida de cada día. La Palabra de Dios se convierte así en luz y fermento de vida nueva. La Palabra de Dios no es una palabra vacía e inerte: es eficaz y lleva en sí un cambio en los corazones. Por tanto, hagamos nuestra la oración del salmista: “Abre mis ojos y contemplaré las maravillas de tu ley. Indícame el camino hacia tus mandatos y meditaré en todas tus maravillas” (vv. 18, 27). A la escucha de la palabra va unida el meditarla. San Juan Crisóstomo comentaba con estas palabras: “Dios no desea que nos limitemos a escuchar las palabras y frases contenidas en la Escritura, sino que debemos añadirles una prudente reflexión. Por este motivo el propio David insiste en los Salmos con el término “meditación”, y añade: “Abre mis ojos y contemplaré las maravillas de tu ley”. La Palabra de Dios no se escucha sólo de forma literal, sino espiritual, es decir, en un clima de oración, para dejarse guiar por el Espíritu y comprender la fuerza de cambio que lleva consigo. No se escucha la Palabra de Dios sin que inquiete nuestro corazón, sin que suscite cambios, sin que dé frutos de vida nueva. Por tanto, insistamos con el salmista en pedir al Señor: “Llévame por la senda de tus mandatos, que en ella me siento complacido” (v. 35).