Memoria de la Iglesia

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 110 (111), 1-4.7-8

1 Aleluya. Doy gracias al Señor de todo corazón,
  en la reunión de los justos y en la comunidad.

2 Grandes son las obras del Señor,
  meditadas por todos que las aman.

3 Actúa con esplendor y majestad,
  su justicia permanece para siempre.

4 De sus proezas dejó un memorial.
  ¡Clemente y compasivo el Señor!

7 Su mano actúa con verdad y justicia,
  son leales todos sus mandatos,

8 válidos para siempre jamás,
  para cumplirlos con verdad y rectitud.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La liturgia nos repropone la oración del Salmo 110, un himno de alabanza a la grandeza del amor de Dios. Es una oración de toda la asamblea de los creyentes, porque el Señor ha decidido salvar a Israel como un solo pueblo. Evidentemente cada creyente eleva personalmente su alabanza al Señor, pero en el horizonte de la salvación del pueblo que ha obrado el Señor. Algunos piensan que este salmo era uno de los preferidos de Jesús, viendo los ecos que encontramos de este texto en los Evangelios. En cualquier caso, sí era un salmo muy apreciado por la piedad judía. También la tradición cristiana lo asumió y asoció especialmente a la celebración de la Pascua. San Efrén el sirio comentó el versículo cuatro del salmo componiendo esta estrofa: «¡Oh, última noche del Señor, dichosa! En ti se cumplió la vigilia de Egipto: el Señor comió la pascua antigua y la convirtió en la gran Pascua. De fiesta en fiesta, de pascua en pascua, se cumplen las figuras». Año tras año también nosotros celebramos la Pascua, la victoria del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte. De hecho, el Señor continúa interviniendo en la historia –a través de sus «obras»– para salvar a los hombres de las esclavitudes que lo oprimen y lo humillan. Y la Pascua vuelve cada año, pero no para convertirse en un rito repetitivo, sino más bien para continuar bajando hasta lo más profundo de la historia y llevarla al reino de los cielos. La salvación de Dios no es algo abstracto ni oculto, ni tampoco es un acontecimiento interior de cada persona. La Pascua –el misterio de la muerte y resurrección de Jesús– es visible, es concreta, es una fuerza que cambia los corazones y la historia. Así empezó la intervención de Dios, cuando –conmocionado por la esclavitud del pueblo de Israel en Egipto– bajó para liberarlo y llevarlo a una tierra de libertad. Cuando llegó la plenitud de los tiempos envió a su propio Hijo para que empezara el reino de los cielos, aquel mundo donde el amor, la justicia y la paz sustituyen al odio, la injusticia y la guerra. El salmista –ya en el Antiguo Testamento– contempla las obras de salvación del Señor, las medita, las prueba y descubre en ellas la fuerza del amor de Dios. Al mirarlas dice que son grandes, hermosas, espléndidas, poderosas, verdaderas y justas. Y no podía ser de otro modo, porque Dios las llevó a cabo con piedad y ternura, con justicia y verdad. Con Jesús empezó el tiempo definitivo. Y el mismo Jesús confió a la Iglesia la tarea de comunicar el Evangelio y de trabajar para el reino de los cielos. Es una responsabilidad de primer orden de los discípulos y de la Iglesia. Por eso se nos llama a cumplir las mismas obras que llevaba a cabo Jesús. El Evangelio es la verdadera «forma» de la Iglesia, su manera de ser en la historia y entre los hombres. Jesús llegó a decir a sus discípulos: «El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún» (Jn 14,12). En cambio nuestras obras, sobre todo las relacionadas con el servicio al Evangelio y a los pobres y los hermanos, muchas veces son descuidadas porque las hacemos sin amor. El salmista nos invita a contemplar las obras de Dios en este tiempo nuestro y a vivir de su misma pasión de amor por todos, empezando por los más pobres.