Memoria de la Iglesia

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Daniel 3,52-56

52 Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres,
  alabado y ensalzado por los siglos.
  Bendito sea tu nombre, santo y famoso,
  aclamado y ensalzado por los siglos.

53 Bendito seas en el templo de tu santa gloria,
  aclamado y glorioso por los siglos.

54 Bendito seas en tu trono real,
  aclamado y ensalzado por los siglos.

55 Bendito tú, que sondeas los abismos sentado sobre querubines,
  aclamado y ensalzado por los siglos.

56 Bendito seas en el firmamento celeste,
  alabado y glorificado por los siglos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Estamos ante una parte del largo cántico de los tres jóvenes a los que el rey Nabucodonosor arrojó a un horno ardiente a causa de su fidelidad al Señor. Ante el castigo al que son sometidos, los tres jóvenes alzan su voz a Dios reconociendo su fuerza liberadora. En esta primera parte se proclama como «bendito» al Señor, mientras que más adelante el cántico invita a todos, a todas las obras de Dios, a unirse a la bendición que viene de Dios diciendo «bendecid». Para la Biblia y la tradición judía el Señor es el primero en ser «bendito», es decir, la bendición parte de él y se extiende por todas las criaturas sin distinción. Él es el bendito, la fuente de la bendición que es vida para todos los que permanecen unidos a él. Podríamos utilizar la parábola de la vid y los sarmientos para explicar el sentido de la bendición que proviene de Dios: al igual que quien permanece unido a la vid, al Señor Jesús, permanece en la vida y recibe de él mismo la fuerza vital, también aquel que permanece íntimamente unido al Señor, «el bendito», recibe de él la bendición. El cántico empieza proclamando bendito al «Señor, Dios de nuestros padres», a aquel que hizo posible la historia de fe del pueblo de Israel a través de los «padres». Luego es bendito «su nombre santo y famoso», en «el templo de su santa gloria», «en su trono real». Se celebra la grandeza de este nombre bendito que se manifiesta en el templo y en la realeza, que aplica la justicia y al que todos, sobre todo los pobres, se pueden dirigir. «Príncipe de paz», lo llama el profeta Isaías (Is 9,5-6). Pero no está lejos del mundo, desde lo más alto de su omnipotencia no muestra desinterés. Su mirada «sondea los abismos» y es bendito en el «firmamento celeste». Cielo y abismo indican las dos caras opuestas del cosmos. Así pues, la bendición de Dios quiere llegar a todos, como cantarán los tres jóvenes durante el resto del canto, que es un himno a la creación y a la historia de salvación de su pueblo. Unámonos también nosotros para proclamar «bendito» a nuestro Dios, que en Jesús nos manifestó su gloria y nos hizo partícipes de su vida sin fin. Que nadie se quede sin la bendición de Dios, que nadie se quede sin bendecirlo para que pueda encontrar en él vida y salvación.