Memoria de la Madre del Señor

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 9,20-25

y en seguida se puso a predicar a Jesús en las sinagogas: que él era el Hijo de Dios. Todos los que le oían quedaban atónitos y decían: «¿No es éste el que en Jerusalén perseguía encarnizadamente a los que invocaban ese nombre, y no ha venido aquí con el objeto de llevárselos atados a los sumos sacerdotes?» Pero Saulo se crecía y confundía a los judíos que vivían en Damasco demostrándoles que aquél era el Cristo. Al cabo de bastante tiempo los judíos tomaron la decisión de matarle. Pero Saulo tuvo conocimiento de su determinación. Hasta las puertas estaban guardadas día y noche para poderle matar. Pero los discípulos le tomaron y le descolgaron de noche por la muralla dentro de una espuerta.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo, que con el bautismo se convirtió en un testimonio del Señor resucitado, «pronto» empezó a predicar el Evangelio en las sinagogas de Damasco. Todos los que le escuchaban no daban crédito a sus ojos y se quedaban maravillados por aquel cambio repentino y radical. Pero junto a los que aceptaban la predicación de Pablo, surgieron también algunos que querían impedirla a toda costa. Pasaba con Pablo lo mismo que había pasado con Jesús en la sinagoga de Nazaret: sus conciudadanos, tras escucharle, y a pesar de la maravilla que sentían por su sabiduría, lo echaron del lugar y lo llevaron a un precipicio para darle muerte. Toda la historia de la Iglesia muestra que la comunicación del Evangelio nunca es neutra, sino que inquieta el corazón: quien la acoge emprende el camino hacia una vida más elevada, más abierta, más verdadera, y quien la rechaza lucha contra ella para que no inquiete más. A diferencia de otros escritos, el Evangelio siempre pide cambiar la vida. Es como una espada que entra hasta lo más hondo del alma humana y la divide para que se aleje de todo orgullo y acoja la riqueza del don que Dios propone. En ese sentido es «normal» que el Evangelio provoque la oposición de aquellos que no quieren acogerlo y la adhesión de quien comprende su belleza y su fuerza de cambio. Pablo experimenta la dureza de la oposición al Evangelio, tal como le pasó a Jesús y a los demás discípulos. Se da cuenta de que han urdido un complot contra él, y la comunidad de Damasco acude en su ayuda, lo descuelga por la noche por la muralla de la ciudad y Pablo puede alejarse de Damasco.