Memoria de Jesús crucificado

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 28,23-29

Le señalaron un día y vinieron en mayor número adonde se hospedaba. El les iba exponiendo el Reino de Dios, dando testimonio e intentando persuadirles acerca de Jesús, basándose en la Ley de Moisés y en los Profetas, desde la mañana hasta la tarde. Unos creían por sus palabras y otros en cambio permanecían incrédulos. Cuando, en desacuerdo entre sí mismos, ya se marchaban, Pablo dijo esta sola cosa: «Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías: Ve a encontrar a este pueblo y dile:
Escucharéis bien, pero no entenderéis,
miraréis bien, pero no veréis.
Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,
han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado;
no sea que vean con sus ojos,
y con sus oídos oigan,
y con su corazón entiendan y se conviertan,
y yo los cure.
«Sabed, pues, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles; ellos sí que la oirán.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El autor narra el segundo encuentro de Pablo con los judíos, como si quisiera subrayar que el apóstol se dirige a en primer lugar a los judíos incluso en Roma. En efecto, un número de judíos mayor que la vez anterior se presentó a la casa de Pablo. Y el apóstol –dice Lucas– les anunció el Evangelio «desde la mañana hasta la tarde» exponiendo la síntesis del mensaje cristiano tal como se presenta en la predicación paulina, es decir, «el Reino de Dios» y las cosas «acerca de Jesús». Pablo quería demostrar que todas las Escrituras confirman que Jesús es el Mesías. La reacción de los presentes a la predicación de Pablo no es unánime: algunos la aceptan mientras que otros la rechazan. Y surgió una disputa entre ellos. Para el apóstol habría sido lógico que todo el grupo (es decir, Israel en su conjunto) hubiera aceptado la predicación evangélica. Pero no se produjo esta respuesta; efectivamente, no basta la adhesión de una parte. Y en este momento Pablo recordó las palabras de condena que el Señor dirigió a Israel por medio del profeta Isaías: los judíos tuvieron la ocasión de escuchar la Palabra pero no quisieron escucharla. Entonces Pablo, con total libertad también en Roma, como si indicara todo el universo habitado, puede dirigirse a los gentiles. Pablo no quiere confirmar la oposición entre judíos y cristianos, sino solo afirmar que a partir de aquel momento, en el mismo corazón del Imperio, la comunidad de discípulos de Jesús se edifica como una iglesia de las naciones, poniendo de manifiesto aquella universalidad que forma parte del mismo mensaje evangélico y que estaba presente también en la predicación profética, tal como afirma Isaías: «todos verán la salvación de Dios» (Lc 3,6).