Memoria de los santos y de los profetas

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Oración por la unidad de los cristianos. Recuerdo especial de las comunidades cristianas en Europa y en las Américas.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 4,1-20

Y otra vez se puso a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó en seguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento.» Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga.» Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone.» Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben en seguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús se ha alejado de Cafarnaún y está a orillas del lago, donde ya no hay más espacio para acoger a las personas que vienen a escucharlo. Mucha gente se reúne alrededor de él y Jesús "otra vez se puso a enseñar". En el capítulo IV el evangelista recoge varias parábolas. Es una forma típica con la que Jesús hablaba a las multitudes. Se trataba de un lenguaje para nada abstracto y ligado concretamente a la vida cotidiana. Todos podían comprenderlo, pero era indispensable estar atentos, es decir, escuchar con interés para captar en profundidad las imágenes que se proponían. La primera parábola que Jesús narra se encuentra entre las más conocidas e importantes del Evangelio. Hay una razón para ello que Jesús hace explícita desde la primera palabra: "Escuchad". La escucha es decisiva cuando se está delante de Jesús. Toda la parábola está orientada a mostrar lo decisivo que es escuchar el Evangelio. Es la famosa parábola del sembrador. Jesús la considera tan importante que dice a sus discípulos que si no la comprenden no podrán comprender tampoco las demás. En efecto, a diferencia de otras veces, Jesús explica directamente la parábola. Jesús habla de la siembra de la Palabra de Dios en el corazón de los hombres. Lo que impresiona sobre todo en esta narración es la generosidad del sembrador que esparce la semilla en todos lados y en gran cantidad, aunque se encuentre ante terrenos duros y poco acogedores. Es evidente el contraste entre la generosidad del sembrador y la falta de acogida de la tierra. Los diferentes campos no son, sin embargo, diferentes categorías de personas, sino que es cada uno de nosotros en los diferentes momentos y en las diferentes formas con que escuchamos el Evangelio. A veces nuestro corazón es como el camino, verdaderamente duro e impenetrable. La Palabra de Dios es predicada sin cesar pero nosotros no dejamos que atraviese nuestro corazón. Y para nosotros todo continúa como siempre. Otras veces nuestro corazón está como sobrepasado por las preocupaciones por nosotros mismos y, aunque escuchemos el Evangelio, la cantidad de preocupaciones que tenemos lo ahoga como los abrojos ahogan la tierra. Otras veces estamos más atentos, dispuestos a acoger la Palabra de Dios. Entonces vienen los frutos de amor, de bien, de misericordia y de solidaridad. Hay que escuchar el Evangelio con el corazón abierto, disponible, con atención. De esa manera es semejante a un terreno arado y preparado para acoger la semilla. Y la semilla es siempre algo pequeño, precisamente como el Evangelio, y necesita disponibilidad. Jesús sigue sembrándolo todavía hoy. Y con generosidad. Dichosos nosotros si lo acogemos y lo hacemos crecer. Los frutos son preciosos para nosotros y para el mundo.