Memoria de los pobres

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Recuerdo de los santos Addai y Mari, fundadores de la Iglesia caldea. Oración por los cristianos de Irak.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 10,17-27

Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿ qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.» El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.» Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.» Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.» Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?» Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Esta página del Evangelio es una de las que más han marcado la vida de muchos hombres y de muchas mujeres que han tomado la decisión de seguir a Jesús. Es una palabra que resuena fuerte incluso para nuestra generación de este comienzo de milenio. Son muchas las personas que "corren" hacia alguien que pueda dar la felicidad o que sepa indicar el camino. El hombre del que habla el Evangelio termina aquella carrera arrodillándose delante de Jesús. Le interpela llamándole "bueno"; pero Jesús le corrige: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios", Jesús ridiculiza la pretensión que todos tenemos de tener la conciencia tranquila, de sentirnos buenos. En realidad, es una excusa para no cambiar el corazón, la vida y el comportamiento. En efecto, aquel hombre había observado los mandamientos, pero el problema del creyente no es sentirse tranquilo, no tener ninguna deuda con Dios ni con los demás, el problema para el creyente es seguir al Señor con abandono y decisión, es entender que todo nos viene de Dios. Cada día Jesús sigue "fijando con amor su mirada" en nosotros para que no retengamos las "riquezas" que hemos acumulado, que por otra parte pesan en nuestra vida y ralentizan nuestro seguimiento del Evangelio. La única riqueza verdadera por la que vale la pena vivir es convertirnos en discípulos de Jesús. Aquel hombre, cuando eligió las riquezas, se marchó entristecido. Para seguir a Jesús, nuestra vida no puede vincularse a las riquezas, al orgullo, al amor por nosotros mismos. Dejar todo significa, en primer lugar, creer que la felicidad está en seguir a Jesús y confiar nuestra vida solo a él. ¡Ay! si somos esclavos de las riquezas, como sucede con frecuencia. Si nos fiamos de Jesús sabremos cómo ayudar incluso a los más pobres dándoles lo que necesitan, sobre todo el amor.