Memoria de los santos y de los profetas

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 5,17-19

«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La novedad del Evangelio que Jesús vino a traernos no representa una ruptura total con la tradición bíblica. Al contrario, Jesús afirma claramente que ha venido a cumplir la alianza que Dios estableció con su pueblo. Toda la historia de amor que Dios ha ido construyendo hasta ahora con su pueblo, llega al culmen, a su verdadera realización con Jesús. Aquel amor que hizo que Dios bajara del cielo para liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, aquel amor por el que el Señor acompañó a Israel en la larga travesía por el desierto y durante los siglos posteriores, encuentra ahora su plasmación en Jesús. Con Jesús se cumple la manifestación de Dios en la tierra. Jesús materializa la palabra de Dios que resuena en la tierra desde Abrahán. Jesús no sortea las disposiciones de Dios, no las borra; las lleva hasta sus últimas consecuencias. No cambia ni siquiera una iota (la letra más pequeña del alfabeto griego), porque no hay que dejar de lado ni una sola palabra de las Escrituras, ni siquiera la más pequeña. Al igual que el Maestro, también el discípulo debe llevar a cabo en la vida de cada día lo que está escrito en la Biblia. Y el corazón de las páginas bíblicas, la columna vertebral que las une, se puede resumir en las palabras finales de Jesús a final de este capítulo: «Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre del cielo» (v. 48), unas palabras que ya encontramos en el Levítico en boca de los miembros del pueblo de Israel: «Sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo» (Lv 19,2).