Memoria de los santos y de los profetas

Compartir En

Recuerdo de san Benito (†547), padre de los monjes de Occidente, a los que guía con la regla que lleva su nombre.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 10,1-7

Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó. A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Los Doce son llamados y reciben la misión evangélica como fruto de la compasión por la muchedumbre, cansada y abatida. Jesús elige a doce, tantos como las tribus de Israel, como si quisiera indicar que nadie debe quedar excluido del anuncio del Evangelio. El evangelista nos dice el nombre de los doce apóstoles. Hay griegos junto a judíos; hombres provenientes del norte y otros del sur; simples pescadores junto a miembros del partido revolucionario de los zelotas (Simón el Cananeo), seguidores del Bautista (Santiago y Juan) y publicanos (Mateo). Es un grupo heterogéneo en el que el origen territorial y la militancia ideológica quedan en un segundo plano. Lo que importa es la adhesión a Jesús y la obediencia a su Palabra; estas dos dimensiones constituyen su nueva identidad. Todos, como pasa con Simón, reciben un nuevo nombre, es decir, una nueva misión y un nuevo poder. Desde aquel momento son testigos del Evangelio y reciben el poder de cambiar los corazones, de derrotar el mal, de socorrer a los débiles, de amar a los desesperados y de hacer realidad el reino de Dios. Es un poder real, una fuerza verdadera de cambio, que no viene del dinero, de las bolsas, de las túnicas: es el poder del amor sin límites que viene de las alturas y que Jesús es el primero en mostrar. Aquella primera misión evangélica es emblemática para todas las generaciones cristianas. También nuestra generación está llamada a encaminarse viviendo al pie de la letra esta página evangélica. En el Evangelio de Mateo el mandato se refiere solo «a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Dicho límite responde a una tradición judeocristiana de los primeros años de la Iglesia. Históricamente la misión de Jesús y de los apóstoles empezó por Israel. Podemos afirmar que esta indicación del Evangelio de Mateo, desde el punto de vista histórico, ha quedado felizmente superada por la misión global y sin límites de la Iglesia, que sin duda corresponde exactamente a la voluntad de salvación universal expresada por la vida de Cristo y de las primeras comunidades cristianas.