Memoria de Jesús crucificado

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Recuerdo de san Lorenzo, diácono y mártir († 258). Identificó a los pobres como el verdadero tesoro de la Iglesia. Recuerdo de quienes les sirven en nombre del Evangelio.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 16,24-28

Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? «Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús quiere presentar con claridad a todos los discípulos el camino que deben emprender para seguirlo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». Son palabras que parecen duras, y lo son, pero Jesús mismo fue el primero que las vivió. Y ahora las propone a los discípulos, que no deben hacer más que seguir el camino del Maestro que cargó la cruz -que no es suya sino de todos, y esa es la diferencia- antes que ellos porque de la cruz viene la salvación. Jesús no se deja atrapar por nuestras incertidumbres, sino que nos pide que las venzamos confiando en él. La propuesta que hace Jesús a los discípulos parece paradójica para una mentalidad egocéntrica. En realidad expresa una sabiduría profunda que revela la frase que viene a continuación: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ese la salvará». Creemos que la salvamos guardando, buscando recompensas, buscando reconocimientos y honores. Jesús nos advierte de que gastar nuestras energías, nuestro tiempo, nuestras fuerzas solo para salvarnos o, como se suele decir, para realizarnos, nos lleva en realidad a perdernos, es decir, a una vida triste y a menudo desgraciada. Solo si vivimos para el Señor, solo si dedicamos nuestra vida a amar a todo el mundo, sin ponernos límite alguno, como hizo precisamente Jesús, entonces disfrutaremos de la alegría de la vida. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si no somos amados ni somos capaces de amar? Eso es lo que explicará el apóstol Pablo en el himno a la caridad, diciendo que sin esta, es decir, sin el amor, no sirve de nada hacer cosas extraordinarias, aunque sean generosas. Solo el amor no termina y solo el Señor nos salva. Así, al igual que el amor, tampoco la vida eterna se puede comprar. Solo la podemos recibir del Señor, que, a su debido tiempo, «dará a cada cual según sus obras». Jesús habla de un retorno inminente. El cristiano vive siempre esperando atentamente para reconocer en el presente los muchos signos de la presencia de Jesús y de su reino entre nosotros.