Memoria de los santos y de los profetas

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Fiesta de san Egidio, monje de Oriente que viajó a Occidente. Vivió en Francia y se convirtió en padre de muchos monjes. La Comunidad de Sant'Egidio debe su nombre a la iglesia de Roma dedicada al santo. Se recuerda hoy también el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Oración por el fin de todas las guerras. La Iglesia ortodoxa empieza el año litúrgico. Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 25,14-30

«Es también como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado." Su señor le dijo: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor." Llegándose también el de los dos talentos dijo: "Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado." Su señor le dijo: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor." Llegándose también el que había recibido un talento dijo: "Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo." Mas su señor le respondió: "Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes."

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El reino de los cielos es como el señor de unos siervos que les confía sus bienes: cinco talentos al primero, dos al segundo y uno al tercero. Desde el momento que se va el señor hasta el momento de su retorno, los siervos deben administrar aquellos talentos. No son suyos, solo los administran. No tienen que guardar simplemente aquellos talentos, sino que deben hacerlos fructificar. Podríamos decir que esta parábola va más allá de la parábola del siervo fiel. No basta con llevar a cabo un cometido bien determinado; hay que ingeniárselas para que el capital crezca. La parábola, desde este punto de vista, se puede leer como una invitación insistente del señor a la misión de la Iglesia y de todo discípulo: se trata de comunicar el Evangelio con generosidad e inteligencia. Y podríamos añadir en este tiempo la invitación del papa Francisco a salir, es decir, a ir a las periferias urbanas y existenciales para ofrecer a todos el Evangelio del amor y de la misericordia. El primer siervo, al recibir los cinco talentos, se pone a trabajar y dobla el capital «negociando» con ellos. Lo mismo hace el segundo con los dos talentos que ha recibido. El tercero, en cambio, cava un hoyo en el suelo y esconde el único talento que ha recibido. Aquel talento, o aquellos talentos, son el Evangelio: es confiado a nuestra responsabilidad para que dé fruto. Escribe el evangelista que el señor da «a cada cual según su capacidad». No hay nadie que no sea capaz de vivirlo y de hacer que dé fruto; nadie puede alegar excusas (como la mentalidad, el carácter o el cuerpo) sobre la incapacidad de comunicar el Evangelio. Por desgracia, muchas veces lo guardamos para nosotros, por pereza, pensando que así lo conservamos. Eso significa esconderlo en el hoyo de nuestro egoísmo. El miedo que afirma tener ante el señor esconde en realidad el temor de perder su tranquilidad. E intenta enterrar la fuerza misionera que contiene el Evangelio. Jesús desvela esta ambigüedad. A aquel siervo no le faltan talentos; en todo caso le falta la confianza de que aquel talento, el Evangelio, pueda dar fruto.