Oración por los enfermos

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En la Basílica de Santa María de Trastévere de Roma se reza por los enfermos.
Recuerdo de santa Teresa de Lisieux (+1897), monja carmelitana a la que movía un profundo sentido de la misión de la Iglesia.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 9,46-50

Se suscitó una discusión entre ellos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor.» Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros.» Pero Jesús le dijo: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por vosotros.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús acaba de hablar, por segunda vez, de la cruz que le espera en Jerusalén. Hemos visto que los discípulos, una vez más, no han querido comprender las palabras de Jesús y tampoco han querido que Jesús arrojara luz sobre su ignorancia. En realidad, no es que las palabras de Jesús no fueran claras. En este pasaje evangélico el evangelista Lucas revela cuál era la auténtica preocupación de los discípulos: quién de ellos debía ocupar el primer puesto. Es decir, se revelaba el primado de la posición de cada uno, de la carrera, en definitiva, del primer puesto que querían ocupar para dominar a los demás. Podríamos decir que los discípulos -ellos sin duda, pero también nosotros- eran plenamente hijos de este mundo y de la mentalidad competitiva que regula las relaciones entre las personas. Es una costumbre que acompaña firmemente a todas las generaciones. Jesús vino a invertir esta manera de pensar «haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz», escribe el apóstol Pablo (Flp 2,8) y a instaurar relaciones de fraternidad y de servicio, no de competencia, entre los hombres. Y para que los discípulos comprendieran bien su idea, Jesús tomó a un niño, lo puso a su lado, como si quisiera identificarlo consigo mismo. En el Reino de los Cielos, y por tanto en la comunidad de discípulos de Jesús, es mayor el que se hace pequeño, es decir, hijo del Evangelio, el que reconoce su debilidad y lo confía todo al Señor. Aquel que vive con la confianza de un niño, aquel que se siente hijo de Dios, sabe escuchar su Palabra, tiene el mismo pensamiento de Dios y reconoce las cosas que vienen de Dios. Por eso -según las palabras que dijo Jesús- el discípulo reconoce el bien se haga donde se haga, aunque el que lo haga no forme parte del grupo de los discípulos. A Juan y a todos los cristianos que quieren ignorar o, aún peor, impedir el bien porque no pertenecen al círculo de los discípulos, Jesús les repite: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros está por vosotros». Es una gran lección de sabiduría, también humana, que permite que los discípulos de Jesús sean capaces de reconocer la acción del Espíritu en la historia de los hombres.