Memoria de los santos y de los profetas

Compartir En


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 17,11-19

Y sucedió que, de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaria y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes.» Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?» Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Al entrar en un pueblo, salen al encuentro de Jesús diez leprosos. Es la segunda vez que Lucas narra la curación de la lepra (la primera es en Lc 5,12-14). Esta vez, a diferencia de la anterior, los leprosos se paran a una distancia y gritan su necesidad de curación. Es un grito similar al que proviene de muchas tierras, cercanas y lejanas, para invocar ayuda y apoyo. Pero por desgracia muchas veces nadie escucha ese grito. Y podemos relacionarlo también con la oración común que los cristianos elevan a Dios por ellos y por el mundo. Efectivamente, hay como una sintonía entre el grito de los pobres y la oración de la Iglesia. En ambos casos el pueblo de los pobres y el de los discípulos están unidos para invocar un mundo de justicia y de paz, de fraternidad y de amor. El grito de aquellos diez leprosos es una exhortación a reforzar y hacer más audaz nuestra oración. Jesús, como el Padre que está en el cielo, no es sordo a la oración de los pobres. Apenas oye su grito, Jesús los mira, fija en ellos sus ojos y les ordena que vayan a presentarse a los sacerdotes. Durante el trayecto los diez quedan curados de la lepra. Pero solo uno de ellos vuelve atrás a dar gracias al Señor; es un samaritano, un extranjero, uno que tiene una fe distinta de la de los judíos. Una vez más el evangelista presenta a un extranjero como discípulos ejemplar. Este, al verse curado, siente la necesidad de dar gracias, de manifestar todo su agradecimiento a quien lo había curado. Y Jesús siente alegría por aquel samaritano y tristeza por todos los demás. Sí, también el Señor necesita que le den las gracias. No porque lo necesite, sino porque es saludable para nosotros entender que se lo debemos todo al Señor: lo que somos, lo que hemos recibido, todo viene de Dios. Y dichosos seremos nosotros si, como aquel leproso, sabemos volver a los pies del Señor y darle gracias por todos los regalos que nos ha dado. Al leproso samaritano se le curó no solo el cuerpo sino también el corazón. Los otros nueve quedaron curados en el cuerpo, pero su corazón continuaba enfermo, incapaz de mostrar agradecimiento. Es la oración de acción de gracias que nunca debe apagarse en la boca del discípulo.