Memoria de los santos y de los profetas

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Recuerdo de san Romualdo ((1027), anacoreta y padre de los monjes camaldulenses.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Segunda Corintios 9,6-11

Mirad: el que siembra con mezquindad, cosechará también con mezquindad; el que siembra en abundancia, cosechará también en abundancia. Cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia a fin de que teniendo, siempre y en todo, todo lo necesario, tengáis aún sobrante para toda obra buena. Como está escrito: Repartió a manos llenas; dio a los pobres; su justicia permanece eternamente. Aquel que provee de simiente al sembrador y de pan para su alimento, proveerá y multiplicará vuestra sementera y aumentará los frutos de vuestra justicia. Sois ricos en todo para toda largueza, la cual provocará por nuestro medio acciones de gracias a Dios.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Con este pasaje se cierra la parte que el apóstol reserva a la colecta a favor de la comunidad de Jerusalén. Son dos capítulos que Pablo termina insistiendo en la abundancia en el dar y en la alegría de hacerlo. La medida limitada es signo de un corazón lleno de uno mismo y avaro, de hombres y mujeres que tienen miedo de perder lo que tienen y que de ese modo se alejan claramente del Evangelio. Ya el Deuteronomio, a propósito del hermano necesitado, escribía: "Se lo has de dar, y no se entristecerá tu corazón" (15,10). Y el salmista que Pablo cita afirma: "Repartió; dio a los pobres; su justicia permanece eternamente" (v. 9). La generosidad y la alegría de dar, que caracterizan la solidaridad cristiana, impiden que el corazón sea esclavo de la esclavitud de poseer y lo hacen más similar al de Jesús que "no codició el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo" (Flp 2,6-7), como escribirá Pablo a los filipenses. La generosidad enriquece a aquellos que dan y dirige hacia él la gracia de Dios y la oración de aquellos que reciben. Es una convicción común entre los Padres de la Iglesia que los pobres serán nuestros intercesores ante Dios. La limosna que echamos en sus manos será para nosotros un tesoro en el cielo. Sí, lo que damos a los pobres llega al cielo, a las manos de Dios. Por eso el apóstol sugiere que la colecta es un servicio sagrado que se hace al mismo Dios. No se trata de un simple acto de solidaridad y de compartir, sino de la respuesta a la gracia de Dios, de quien lo hemos recibido todo. Jesús había dicho: "Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque seréis medidos con la medida con que midáis" (Lc 6,38). No tengamos miedo de dar abundantemente y con alegría, porque al dar encontraremos la recompensa de la gracia de Dios. El Señor nos ha dado sus bienes no para que los guardemos para nosotros, sino para que los podamos dar abundantemente para alegría de todos, especialmente de los pobres.