Memoria de los santos y de los profetas

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Recuerdo de san Agustín ((430), obispo de Hipona (hoy en Argelia) y doctor de la Iglesia.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Primera Tesalonicenses 2,9-13

Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios. Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprochablemente nos comportamos con vosotros, los creyentes. Como un padre a sus hijos, lo sabéis bien, a cada uno de vosotros os exhortábamos y alentábamos, conjurándoos a que vivieseis de una manera digna de Dios, que os ha llamado a su Reino y gloria. De ahí que también por nuestra parte no cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Recordando los inicios de la comunidad de Tesalónica, Pablo demuestra que aquellos momentos fueron un tiempo de edificación con un paciente trabajo pastoral, en el que utilizó todas las energías y todo el tiempo del que disponía. Podía empezar su actividad apostólica habitual por la tarde ya que durante el día trabajaba "con sus manos" para ganarse el pan "para no ser gravoso a ninguno de vosotros". Quería evitar cualquier sospecha de codicia y de interés personal para que su predicación fuera digna de fe. Por eso puede exhortar, animar y exigir con eficacia que los tesalonicenses sean "dignos de Dios" y participen, así, de su reino. Pablo utiliza la imagen de un afecto paterno: "Os exhortábamos y animábamos a cada uno de vosotros, como un padre a sus hijos, pidiéndoos que vivieseis de una manera digna de Dios". Pablo, consciente de su paternidad, se hace responsable del crecimiento en la fe de aquellos que le han sido confiados. Por eso los exhorta y los anima. Su crecimiento es su consuelo. No es ninguna casualidad que aquí el apóstol recuerde el sentido de su predicación. Existe un estrecho vínculo entre predicación de la Palabra de Dios y paternidad. En la Iglesia la predicación no tiene por objeto provocar asombro o suscitar admiración. La predicación está llamada a llevar la Palabra de Dios a las puertas del corazón de quien escucha para que entre en el corazón y lo transforme. Ese es el sentido de la profunda diferencia entre palabra humana y palabra divina: la predicación no es un ejercicio retórico sino, precisamente, llevar al corazón de quien escucha -y el predicador debe ser el primero en escuchar- la palabra misma de Dios, luz para los pasos y fuerza de amor para transformar el mundo.