Memoria de los santos y de los profetas

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Proverbios 30,5-9

Probadas son todas las palabras de Dios;
él es un escudo para cuantos a él se acogen. No añadas nada a sus palabras,
no sea que te reprenda
y pases por mentiroso. Dos cosas te pido.
no me las rehúses antes de mi muerte: Aleja de mí la mentira y la palabra engañosa;
no me des pobreza ni riqueza,
déjame gustar mi bocado de pan, no sea que llegue a hartarme y reniegue,
y diga: "¿Quién es Yahveh?".
o no sea que, siendo pobre, me dé al robo,
e injurie el nombre de mi Dios.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El capítulo treinta del libro de los Proverbios contiene una serie de palabras atribuidas a Agur. El texto asume enseñanzas que Israel ha formado en varios periodos de la historia de Israel y que se ofrecen aquí a la meditación del lector. La primera parte del capítulo ahonda en dos aspectos de la búsqueda de la sabiduría. Para el autor buscar la sabiduría requiere un esfuerzo. En realidad todos somos poca cosa ante la grandeza de Dios y ante la dificultad por comprender su sabiduría. Nunca somos suficientemente inteligentes para entender cuál es su voluntad: "¡Soy el más estúpido de los hombres! No tengo inteligencia humana, no he aprendido la sabiduría, ni conozco la ciencia santa". ¿Y quién la puede conocer? "Toda palabra de Dios está garantizada; él es un escudo para cuantos confían en él. No añadas nada a sus palabras." Nosotros estamos acostumbrados a añadir algo de cosecha propia a la Palabra de Dios. A veces incluso la doblegamos a nuestras ideas, a nuestros planes y proyectos, privándola así de su fuerza de transformación. Pero el texto de los proverbios nos invita ante todo a escuchar la Palabra de Dios, que impide que caigamos en la "falsedad" y la "mentira". Escuchando alcanzamos la sabiduría para seguir los caminos del Señor. La Palabra de Dios ayuda también a utilizar sabiamente las palabras humanas. Eso es lo que significa la invitación a no "calumniar". Y en ese sentido van también los últimos versículos que muestran las consecuencias de no acoger la Palabra de Dios. "Hay gente que maldice" en lugar de bendecir. Es sorprendente la actualidad de estas palabras en una época de agresividad del lenguaje. ¡Cuánta violencia provocan las palabras contra los pobres! Palabras de desprecio y de condena que quieren apartarlos de nuestra presencia. Pero el Señor es su escudo y su defensa y nosotros, junto a él, nos hacemos cargo de su sufrimiento para que se les haga justicia.