Liturgia del domingo

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Fiesta de la Santísima Trinidad
Recuerdo de san Agustín de Canterbury († 605 aprox.) obispo, padre de la Iglesia inglesa. Las Iglesias ortodoxas celebran Pentecostés.


Primera Lectura

Deuteronomio 4,32-34.39-40

Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿Hubo jamás desde un extremo a otro del cielo palabra tan grande como ésta? ¿Se oyó semejante? ¿Hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del Dios vivo hablando de en medio del fuego, y haya sobrevivido? ¿Algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación de en medio de otra nación por medio de pruebas, señales, prodigios y guerra, con mano fuerte y tenso brazo, por grandes terrores, como todo lo que Yahveh vuestro Dios hizo con vosotros, a vuestros mismos ojos, en Egipto? Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que Yahveh es el único Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que Yahveh tu Dios te da para siempre.

Salmo responsorial

Salmo 32 (33)

¡Gritad de júbilo, justos, por Yahveh!,
de los rectos es propia la alabanza;

¡dad gracias a Yahveh con la cítara,
salmodiad para él al arpa de diez cuerdas;

cantadle un cantar nuevo,
tocad la mejor música en la aclamación!

Pues recta es la palabra de Yahveh,
toda su obra fundada en la verdad;

él ama la justicia y el derecho,
del amor de Yahveh está llena la tierra.

Por la palabra de Yahveh fueron hechos los cielos
por el soplo de su boca toda su mesnada.

El recoge, como un dique, las aguas del mar,
en depósitos pone los abismos.

¡Tema a Yahveh la tierra entera,
ante él tiemblen todos los que habitan el orbe!

Pues él habló y fue así,
mandó él y se hizo.

Yahveh frustra el plan de las naciones,
hace vanos los proyectos de los pueblos;

mas el plan de Yahveh subsiste para siempre,
los proyectos de su corazón por todas las edades.

¡Feliz la nación cuyo Dios es Yahveh,
el pueblo que se escogió por heredad!

Yahveh mira de lo alto de los cielos,
ve a todos los hijos de Adán;

desde el lugar de su morada observa
a todos los habitantes de la tierra,

él, que forma el corazón de cada uno,
y repara en todas sus acciones.

No queda a salvo el rey por su gran ejército,
ni el bravo inmune por su enorme fuerza.

Vana cosa el caballo para la victoria,
ni con todo su vigor puede salvar.

Los ojos de Yahveh están sobre quienes le temen,
sobre los que esperan en su amor,

para librar su alma de la muerte,
y sostener su vida en la penuria.

Nuestra alma en Yahveh espera,
él es nuestro socorro y nuestro escudo;

en él se alegra nuestro corazón,
y en su santo nombre confiamos.

Sea tu amor, Yahveh, sobre nosotros,
como está en ti nuestra esperanza.

Segunda Lectura

Romanos 8,14-17

En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 28,16-20

Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

La liturgia de la Iglesia, en este primer domingo después de Pentecostés, celebra la fiesta de la Santísima Trinidad; y no es una casualidad relacionar a la Iglesia, que da los primeros pasos el día de Pentecostés, con el misterio de la Trinidad. Los discípulos, tras haber recibido el Espíritu Santo, salen de los muros estrechos y cerrados de la casa donde estaban "por miedo" y comienzan a comunicar el Evangelio y a bautizar a los primeros convertidos a la fe. Obedecían así a todo lo que Jesús les había mandado antes de dejarles: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19). Pues bien, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que hoy contemplamos en la Trinidad, son la raíz, la fuente, el sostén de la Iglesia nacida el día de Pentecostés, signo de la unidad de todo el género humano. La Iglesia procede de lo alto, del cielo, de Dios; y, más aún precisamente, de un Dios que es "comunión" de tres personas. Ellas, intentamos balbucear alguna palabra, se quieren hasta tal punto entre sí que son una sola cosa. De tal comunión de amor nace la Iglesia y hacia esta comunión camina, impulsándose toda la creación. La Trinidad es origen y término de la Iglesia, al igual que es origen y término de la creación misma. Por tanto, quien escucha el Evangelio con el corazón es acogido en el misterio mismo de la Trinidad, en la comunión con Dios. Nosotros vivimos en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo; y es un don grande e inapreciable, pero también una tarea. La Iglesia que nace en Pentecostés no es neutra. Tiene en su misma constitución una vocación: el servicio de la unidad y de la comunión. Mientras que el mundo donde vivimos parece hechizado por los egoísmos de individuos, de grupos, de categorías y de naciones que no saben (a menudo no quieren) levantar la mirada más allá de sus propias cosas, más allá de sus propios intereses, la Iglesia de Pentecostés, nacida de la Trinidad, tiene la tarea de recrear la carne lacerada del mundo, de retejer la comunión entre los pueblos. El Espíritu derramado en la comunidad de los creyentes dona una nueva energía, como escribe Pablo en la carta a los Romanos: "Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos" (Rm 8,15); y Jesús, antes de enviar a los apóstoles, les dice: "Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). La fuerza que el Señor dona a sus hijos cura la carne de la humanidad herida por la injusticia, por la codicia, por el dominio y por la guerra y constituye la energía para levantarse y encaminarse hacia la comunión. La Iglesia nacida de la comunión y a ella destinada por ello debe comprometerse en la parte viva de la historia como levadura de comunión y de amor. Es una tarea elevada y urgente que verdaderamente convierte en mezquinas (y culpables) las peleas y las incomprensiones internas. El que resiste contra la energía de comunión se vuelve cómplice del "príncipe del mal" que es espíritu de división. La fiesta de la Trinidad es una invitación apremiante a que nos introduzcamos en el proprio dinamismo de Dios y a que vivamos su misma vida. El Señor realiza la salvación, como dice el Vaticano II, reuniendo a los hombres y a las mujeres en torno a sí en una familia grande y sin límites. La salvación se llama, precisamente, comunión con Dios y entre los hombres.