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Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo
Festividad de san Carlos Lwanga, que junto a doce compañeros sufrió el martirio en Uganda (+1886).


Primera Lectura

Éxodo 24,3-8

Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras de Yahveh y todas sus normas. Y todo el pueblo respondió a una voz: "Cumpliremos todas las palabras que ha dicho Yahveh." Entonces escribió Moisés todas las palabras de Yahveh; y, levantándose de mañana, alzó al pie del monte un altar y doce estelas por las doce tribus de Israel. Luego mandó a algunos jóvenes, de los israelitas, que ofreciesen holocaustos e inmolaran novillos como sacrificios de comunión para Yahveh. Tomó Moisés la mitad de la sangre y la echó en vasijas; la otra mitad la derramó sobre el altar. Tomó después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió: "Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahveh." Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: "Esta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras."

Salmo responsorial

Psaume 115 (116)

¡Aleluya!
Yo amo, porque Yahveh escucha
mi voz suplicante;

porque hacia mí su oído inclina
el día en que clamo.

Los lazos de la muerte me aferraban,
me sorprendieron las redes del seol;
en angustia y tristeza me encontraba,

y el nombre de Yahveh invoqué:
¡Ah, Yahveh, salva mi alma!

Tierno es Yahveh y justo,
compasivo nuestro Dios;

Yahveh guarda a los pequeños,
estaba yo postrado y me salvó.

Vuelve, alma mía, a tu reposo,
porque Yahveh te ha hecho bien.

Ha guardado mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas,
y mis pies de mal paso.

Caminaré en la presencia de Yahveh
por la tierra de los vivos.

¡Tengo fe, aún cuando digo:
"Muy desdichado soy"!,

yo que he dicho en mi consternación:
"Todo hombre es mentiroso".

¿Cómo a Yahveh podré pagar
todo el bien que me ha hecho?

La copa de salvación levantaré,
e invocaré el nombre de Yahveh.

Cumpliré mis votos a Yahveh,
¡sí, en presencia de todo su pueblo!

Mucho cuesta a los ojos de Yahveh
la muerte de los que le aman.

¡Ah, Yahveh, yo soy tu siervo,
tu siervo, el hijo de tu esclava,
tú has soltado mis cadenas!

Sacrificio te ofreceré de acción de gracias,
e invocaré el nombre de Yahveh.

Cumpliré mis votos a Yahveh,
sí, en presencia de todo su pueblo,

en los atrios de la Casa de Yahveh,
en medio de ti, Jerusalén.

Segunda Lectura

Hebreos 9,11-15

Pero presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! Por eso es mediador de una nueva Alianza; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones de la primera Alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 14,12-16.22-26

El primer día de los Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?» Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: "El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?" El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros.» Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, este es mi cuerpo.» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios.» Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

«Este es el pan de los ángeles, pan de los peregrinos. Conviértenos en tus comensales del cielo, junto con los santos». Así reza la liturgia del Corpus Christi, fiesta en la que se celebra la presencia de Jesús en la Eucaristía. Dios no es una idea abstracta, una filosofía vaga y atemporal, inalcanzable, lejana. Jesús nunca es un fantasma: es un cuerpo, concreto, que se presenta en el hoy, peregrino que se une a nuestros pasos y se queda con nosotros cuando anochece. Aquel cuerpo está presente en la Eucaristía. Por eso la Iglesia se detiene a contemplar la Hostia consagrada. En aquella Hostia está el cuerpo de Jesús transfigurado, crucificado y resucitado, un cuerpo que nos acompaña en las distintas etapas de nuestra vida, desde que, con emoción, lo recibimos por primera vez. Y cada vez que nos alimentamos de él debe ser como la primera vez: siempre debe asombrarnos un amor tan grande que viene a habitar en nosotros. Este Pan nunca es un derecho: no se compra, no tiene precio, para nosotros, que somos calculadores, que pensamos que no se hace nada por nada; para nosotros, que lo convertimos todo -incluso la misma vida- en una conveniencia, en un interés. Es un Cuerpo que nos enseña a amar gratuitamente: es el Cuerpo de amor de Dios. El altar de la Eucaristía hace presente aquella mesa de la Pascua, cuando Jesús tomó el pan, lo partió y lo dio a los suyos diciendo: «Este es mi cuerpo», y luego tomó el cáliz diciendo: «Esta es mi sangre». Este Cuerpo nos remite a otro cuerpo de Cristo, el de los pobres, los débiles y los enfermos. También en ellos está la carne de Cristo. Juan Crisóstomo, padre de la Iglesia, obispo de Constantinopla, solía decir: «Si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo desdeñéis cuando está desnudo. No honréis al Cristo eucarístico con paramentos de seda, mientras fuera del templo descuidáis a este otro Cristo afligido por el frío y por la desnudez». «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis», dijo Jesús. No se puede honrar el Corpus Christi en la mesa y luego despreciar al mismo Corpus Christi en los pobres y en los hermanos. El Evangelio nos ayuda a amar la concreción, humana, de la carne y del cuerpo. Es aquel cuerpo marcado por la vida, aquel es el cuerpo de Cristo: aquel viejo que no puede levantarse, que ya ni siquiera pide, que se avergüenza, que espera que alguien hable con él, que no tiene a nadie que le anime. El cuerpo de Cristo es cuerpo de pobres emigrantes: mujeres llenas de sueños y de miedos, niños perdidos, hombres que buscan desesperadamente un futuro, obligados a confiar en traficantes, que los tratan como cosas. Son cuerpos cuya historia, cuyo rostro, cuyo nombre, que el mar ha engullido, no han sabido ni querido conocer los hombres. Dios conoce el nombre de aquellos pobres cuerpos. Conoce el de todos. Él les da calor, les acoge, les protege, les entiende, les escucha, les acaricia, él pierde tiempo con ellos. Aquellos cuerpos son el suyo. Tal como dice el papa Francisco, dichoso aquel que ama el cuerpo de Cristo sufriente en los pobres. Amemos el cuerpo de Jesús en su Eucaristía. Amemos el cuerpo del Señor en el cuerpo de los pobres y de los hermanos. La debilidad del otro es la debilidad de Dios. Vayamos a visitar a quien está solo, honremos el Corpus Christi parándonos frente a quien pide y hagámoslo hermoso con el amor. Venerar el cuerpo partido y derramado en el altar nos hará amar la debilidad del cuerpo de Cristo en sus hermanos más pequeños.