Pascua de resurrección

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Pascua de Resurrección
Recuerdo de san Anselmo (†1109), monje benedictino y obispo de Canterbury; soportó el exilio por amor a la Iglesia.


Primera Lectura

Hechos de los Apóstoles 10,34.37-43

Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados.»

Salmo responsorial

Salmo 117 (118)

¡Dad gracias a Yahveh, porque es bueno,
porque es eterno su amor!

¡Diga la casa de Israel:
que es eterno su amor!

¡Diga la casa de Aarón:
que es eterno su amor!

¡Digan los que temen a Yahveh:
que es eterno su amor!

En mi angustia hacia Yahveh grité,
él me respondió y me dio respiro;

Yahveh está por mí, no tengo miedo,
¿qué puede hacerme el hombre?

Yahveh está por mí, entre los que me ayudan,
y yo desafío a los que me odian.

Mejor es refugiarse en Yahveh
que confiar en hombre;

mejor es refugiarse en Yahveh
que confiar en magnates.

Me rodeaban todos los gentiles:
en el nombre de Yahveh los cercené;

me rodeaban, me asediaban:
en el nombre de Yahveh los cercené.

Me rodeaban como avispas,
llameaban como fuego de zarzas:
en el nombre de Yahveh los cercené.

Se me empujó, se me empujó para abatirme,
pero Yahveh vino en mi ayuda;

mi fuerza y mi cántico es Yahveh,
él ha sido para mí la salvación.

"Clamor de júbilo y salvación,
en las tiendas de los justos:
""¡La diestra de Yahveh hace proezas, "

"excelsa la diestra de Yahveh,
la diestra de Yahveh hace proezas!"""

No, no he de morir, que viviré,
y contaré las obras de Yahveh;

me castigó, me castigó Yahveh,
pero a la muerte no me entregó.

¡Abridme las puertas de justicia,
entraré por ellas, daré gracias a Yahveh!

Aquí está la puerta de Yahveh,
por ella entran los justos.

Gracias te doy, porque me has respondido,
y has sido para mí la salvación.

La piedra que los constructores desecharon
en piedra angular se ha convertido;

esta ha sido la obra de Yahveh,
una maravilla a nuestros ojos.

¡Este es el día que Yahveh ha hecho,
exultemos y gocémonos en él!

¡Ah, Yahveh, da la salvación!
¡Ah, Yahveh, da el éxito!

¡Bendito el que viene en el nombre de Yahveh!
Desde la Casa de Yahveh os bendecimos.

Yahveh es Dios, él nos ilumina.
¡Cerrad la procesión, ramos en mano,
hasta los cuernos del altar!

Tú eres mi Dios, yo te doy gracias,
Dios mío, yo te exalto.

¡Dad gracias a Yahveh, porque es bueno,
porque es eterno su amor!

Segunda Lectura

Colosenses 3,1-4

Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 20,1-9

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

El Evangelio de Pascua comienza con una mujer, María Magdalena, que va al sepulcro de madrugada, cuando "todavía estaba oscuro". Estaba oscuro afuera, pero sobre todo dentro del corazón de aquella mujer. María iba al sepulcro con el corazón triste.
Nada más llegar al sepulcro ve que la piedra colocada en la entrada, una losa pesada como cada muerte y cada separación, ha sido desplazada. Ni siquiera entra. Echa a correr enseguida y llega a Pedro y Juan: "Se han llevado del sepulcro al Señor", grita extenuada. Ni muerto le quieren, piensa, y añade con tristeza: "no sabemos dónde le han puesto". La tristeza de María por la pérdida del Señor, aunque solo de su cuerpo muerto, es un golpe a nuestra frialdad y a nuestro olvido de Jesús incluso cuando estaba vivo. Hoy esta mujer es un gran ejemplo para todos los creyentes. Solo con sus sentimientos en el corazón es posible encontrar al Señor resucitado.
Es ella y su desesperación los que mueven a Pedro y al otro discípulo a quien Jesús amaba. Ellos "corren" inmediatamente hacia el sepulcro vacío; tras haber comenzado juntos a seguir al Señor, aunque de lejos, en la pasión (Jn 18, 15-16), ahora se encuentran "corriendo los dos juntos" para no estar lejos de él. Es una carrera que expresa bien el deseo de cada discípulo, de cada comunidad, que busca al Señor. Quizá nosotros también debemos volver a correr. Nuestro caminar se ha hecho demasiado lento, quizá sobrecargado por el amor por nosotros mismos, por el miedo a caer y perder algo nuestro, por el temor a tener que abandonar costumbres ya anquilosadas. Es necesario intentar de nuevo correr, dejar aquel cenáculo de las puertas cerradas e ir hacia el Señor. La Pascua es también prisa. Llega primero a la tumba el discípulo del amor: el amor nos hace correr más veloces. Pero el paso más lento de Pedro también le lleva hasta la tumba y entraron ambos. Pedro en primer lugar, y observó que todo estaba en perfecto orden: los lienzos estaban en su lugar como vaciados del cuerpo de Jesús y el sudario "plegado en un lugar aparte". No había habido ni manipulación ni robo: Jesús se había liberado por sí solo. No fue necesario para él desatar las vendas como ocurrió con Lázaro. También el otro discípulo entró y "vio" la misma escena: "vio y creyó", señala el Evangelio. Se habían encontrado ante los signos de la resurrección y se dejaron tocar el corazón.
De hecho hasta entonces, continúa el evangelista, -"no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos". Si uno no entiende la Pascua, uno se resigna ante el mal. La Pascua ha llegado, la piedra pesada ha sido retirada y el sepulcro ha sido abierto. El Señor ha vencido a la muerte y vive para siempre. Jesús resucitado deposita en los corazones el poder del Espíritu que renueva. Escribe el apóstol: "Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios" (Col 3,3). Nuestra vida está unida a Jesús resucitado y por tanto participa de la victoria sobre la muerte y sobre el mal. Junto al Resucitado, entrará en nuestros corazones el mundo entero con sus esperanzas y sus dolores, como él manifiesta a los discípulos las heridas que aún están presentes en su cuerpo, para que podamos cooperar con él en el nacimiento de un cielo nuevo y una tierra nueva, donde no haya ni luto ni lágrima, ni muerte ni tristeza porque Dios será todo en todos.