Liturgia del domingo

Compartir En

XXII del tiempo ordinario
Festividad de san Egidio, monje de Oriente que viajó a Occidente. Vivió en Francia y se convirtió en padre de muchos monjes. La Comunidad de Sant'Egidio debe su nombre a la iglesia de Roma dedicada al santo. Se recuerda hoy también el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Oración por el fin de todas las guerras. La Iglesia ortodoxa empieza el año litúrgico. Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación.


Primera Lectura

Sirácida 3,17-18.20.28-29

Haz, hijo, tus obras con dulzura,
así serás amado por el acepto a Dios. Cuanto más grande seas, más debes humillarte,
y ante el Señor hallarás gracia. Pues grande es el poderío del Señor,
y por los humildes es glorificado. Para la adversidad del orgulloso no hay remedio,
pues la planta del mal ha echado en él raíces. El corazón del prudente medita los enigmas.
un oído que le escuche es el anhelo del sabio.

Salmo responsorial

Salmo 67 (68)

Del maestro de coro. Para instrumentos de cuerda. Salmo. Cántico.

¡Dios nos tenga piedad y nos bendiga,
su rostro haga brillar sobre nosotros! Pausa.

Para que se conozcan en la tierra tus caminos,
tu salvación entre todas las naciones.

¡Te den, oh Dios, gracias los pueblos,
todos los pueblos te den gracias!

Alégrense y exulten las gentes,
pues tú juzgas al mundo con justicia,
con equidad juzgas a los pueblos,
y a las gentes en la tierra gobiernas. Pausa.

¡Te den, oh Dios, gracias los pueblos,
todos los pueblos te den gracias!

La tierra ha dado su cosecha:
Dios, nuestro Dios, nos bendice.

¡Dios nos bendiga, y teman ante él
todos los confines de la tierra!

Segunda Lectura

Hebreos 12,18-19.22-24

No os habéis acercado a una realidad sensible: fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, huracán, sonido de trompeta y a un ruido de palabras tal, que suplicaron los que lo oyeron no se les hablara más. Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad de Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación, y a Jesús, mediador de una nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 14,1.7-14

Y sucedió que, habiendo ido en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: "Deja el sitio a éste", y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba." Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.» Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

El Evangelio nos presenta a Jesús que, tras ser invitado a comer en casa de un jefe de los fariseos, observa que los invitados se apresuran a elegir los primeros puestos. Elegir los primeros puestos es ponerse a uno mismo delante de todo; es querer supeditarlo todo a las propias comodidades; es querer ser servido en lugar de servir; ser ensalzado en lugar de mostrarse disponible; ser amado antes de amar, o bien ponerse al final para no amar, para no servir. Elegir el primer puesto, en definitiva, significa anteponerse a cualquier otra cosa. Se comprende que no es cuestión de sillas, sino más bien del estilo de vida y del corazón.
Jesús estigmatiza este comportamiento, que no ayuda en nada, sino que más bien perjudica, porque nos convierte en competidores y enemigos, condenándonos a una vida llena de envidias y abusos. No es cuestión de urbanidad o de buenos modales. Jesús va más allá; quiere comprender la concepción que cada uno tiene de sí mismo. Su lección es clara: aquel que se cree justo y piensa que puede tener la cabeza alta hasta el punto de merecer el primer puesto, por delante de los demás, oirá que le dicen: "¡Deja el sitio a este!" (v. 9), y deberá irse atrás avergonzado. Así pues, haremos bien en avergonzarnos de nuestra soberbia y de la indulgencia que tenemos hacia nosotros mismos, ya antes de elegir puesto. Haremos bien en avergonzarnos ante Dios por nuestro pecado, sin que ello comporte depresión, pues "solo Dios es bueno". La santa liturgia nos sugiere esta actitud cuando al inicio nos hace invocar tres veces: "Señor, ten piedad". Y el Señor se pone al lado de cada uno de nosotros y nos exhorta: "Amigo, sube más arriba"; "Amigo, ven, escucha mi palabra, come mi pan y bebe mi cáliz". ¡Sí! Aquel que se humilla y pide perdón, aquel que inclina su cabeza delante del Señor, será ensalzado. El Señor no soporta a los soberbios y no tolera a los egoístas. Él es el "Padre de los humildes".
El humilde entiende, sabe amar, sabe ser hermano y hermana, sabe rezar, sabe ser humano, sabe mover las montañas más altas y sabe colmar los abismos más profundos. Y recordar a san Egidio, santo que dio nombre a la Comunidad, es como un símbolo: un santo poco conocido, "humilde" en su historia pero venerado por los pobres y por los débiles. Hoy reconocemos en él los rasgos de nuestra vocación cristiana: ser un pueblo de humildes y de pobres (So 3,12). El humilde hace realidad la otra parábola evangélica: "Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos... no sea que ellos te inviten... y tengas ya tu recompensa... Llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder" (vv. 12.13).