Andrea Riccardi

Europa: más allá de la crisis, la esperanza. Intervención de ANDREA RICCARDI

13 Mayo 2012

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Bruselas, 12 de mayo de 2012, Bruxelles Square Meeting Centre
Juntos por Europa


Queridos amigos, no podemos escondernos la crisis de Europa. Una crisis que entronca con otras crisis, como la económica que oprime varios países. ¿Cómo salir de ella? No es cuestión de hablar de recetas, aunque el mensaje que a menudo circula hoy es: de la crisis se sale solos, centrándose en uno mismo. La crisis tiene un trasfondo humano, que tal vez es la madre de las crisis: la soledad de muchos europeos. Esa es la situación de no pocos, cuando muchas redes que ayudaban a estar juntos se han roto: los partidos políticos, las asociaciones y la familia. Hoy los europeos están más solos en la vida y se conciben más solos.
Además, estamos ante una cultura marcada por el individualismo, que tiene repercusiones en la vida personal, en el trabajo y mucho más allá. La crisis de la idea de un destino común europeo se sitúa en un marco de crisis de la comunidad de vida y de destino. Esto tiene consecuencias en cada país. Una de ellas –y no la menos importante– es la falta de visiones para el futuro. Hay una increíble necesidad de visiones. Porque las visiones son los iconos de esperanza que hay que contemplar para no caer en el pesimismo.
De hecho, si una concepción de la vida totalmente individual puede tener momentos de exaltación o de satisfacción, el vacío de sentido comunitario genera un clima de pesimismo. Así, nosotros los europeos, algo apesadumbrados, corremos el riesgo de renunciar a hacer historia: “pasar a la historia sin hacerla” –escribe Jürgen Habermas–, o bien, “despedirse de la historia” – como dice Benedicto XVI. Un mundo demasiado grande y complejo da miedo. Parece como si tuviéramos que defendernos de la historia y del mundo. Esta ha sido la actitud tras el 11 de septiembre de 2001, el día de los terribles atentados a Estados Unidos. Tenemos que defendernos de un enemigo y de una historia demasiado agresiva.
El filósofo francés Alexandre Lacroix se pregunta: “¿Acaso somos como los romanos del bajo imperio, que hemos llegado al último capítulo de nuestra gloriosa (y violenta) historia? ¿Merecemos que otros pueblos más jóvenes, más ambiciosos y más fuertes nos superen por hedonistas y cínicos, por no prestar atención a la leyes ni a Dios, por ser incapaces de tomarnos algo en serio salvo nosotros mismos, por no saber proyectarnos hacia el futuro, perezosos por las comodidades, superficiales y  viciados? ¿Es Europa un continente en declive? Ya no es el centro del mundo en un mundo sin centro.
Hay un deseo de redimensionarse para asegurarnos, de recuperar las fronteras. Es una ilusión. La mayoría de los países europeos no podrán afrontar solos  los desafíos globales,  la crisis económica,  los gigantes asiáticos. Que nadie se engañe. Si no nos mantenemos unidos, los países europeos serán quantité négligeable (cantidad insignificante n.d.t.). Y nuestros valores se diluirán en las corrientes de la globalización: será una pérdida de libertad y humanismo para el planeta.
No podemos resignarnos al ocaso. La cita de cristianos en Bruselas es una señal fuerte: “Juntos por Europa”. Han pasado cincuenta años del Vaticano II. Lo recordamos no porque seamos viejos nostálgicos. El Concilio sigue siendo el alimento de una visión de futuro. El 11 de octubre de 1962, abriendo el Vaticano II, un octogenario, Juan XXIII, dijo palabras de esperanza:
“A menudo llegan a nosotros voces que… no son capaces de ver más que calamidades y problemas. Que van diciendo que nuestro tiempo, si lo comparamos con el pasado, es peor. Consideramos que debemos discrepar de esos profetas de desventuras. En el actual estado de los acontecimientos humanos, en el que la humanidad parece entrar en un nuevo orden de cosas…”
También nosotros, cincuenta años después, discrepamos de los profetas de desventuras en lo referente al declive europeo y a la idea de que la cultura individualista vaya a prevalecer inexorablemente. Entre el Concilio y la Unión Europea existe una estrecha relación. El Vaticano II fue, desde 1945, el primer acontecimiento paneuropeo, que reunió a obispos de ambas partes, a pesar de la guerra fría. Por otra parte, –mucho antes de que se hablara de globalización– proyectó a los cristianos europeos en el mundo e inauguró el ecumenismo.
El Vaticano II es una memoria de esperanza. La esperanza no negocia con el pesimismo. No podemos sumarnos al “sálvese quien pueda” del espíritu del ocaso. Los que creemos estamos llamados a buscar “un refugio asiéndonos a la esperanza propuesta […] como un ancla firme y segura de nuestra alma” –escribe la Epístola a los Hebreos. Los cristianos son el pueblo de la unidad y de la esperanza.
La unidad. Pienso en nuestras historias. Cada movimiento es un sueño de universalidad y unidad. Los movimientos son distintos no para dividir, sino para unir. Chiara Lubich, una anciana que nunca dejó de tener esperanza, decía: en la unidad, aunque no sea religiosa, está siempre nuestra alma. En la unidad hay un alma cristiana y profundamente humana. ¿Seremos nosotros los que se resignan, sin alma, al desmembramiento de la comunidad a todos los niveles?
La respuesta es ponerse al servicio de un sueño de unidad: vivir y comunicar la esperanza. La mayor miseria europea es la falta de esperanza. La historia nos llama a vivir tiempos complejos y difíciles. No terribles, ni desesperados. Todavía se puede hacer algo, cambiar. Si hay graves motivos de preocupación –también por el sufrimiento de muchos países europeos que atraviesan una crisis económica–, se debe generar un clima de simpatía y de solidaridad, debe recuperarse un sentido del destino común, deben renacer redes sociales.
Escribe Pablo a los Romanos: “La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones…”. En medio de las dificultades, el nuestro puede ser el tiempo de la esperanza, capaz de hacer salir lo mejor: “Si estamos unidos tendremos un futuro, haremos el bien al mundo y a nosotros mismos”. Pero, ¿quién somos nosotros? Cada uno siempre es pequeño ante las llamadas de la vida. Decía Hilel, un maestro judío del tiempo de Jesús: “¡Cuando faltan los hombres, esfuérzate tú en ser hombre!". Cuando faltan los hombres y las mujeres de la unidad, esforcémonos nosotros en serlo con esperanza. De ese modo, la cultura de la unidad, vivida, pensada y comunicada, puede volver a dar un alma a nuestra Europa.