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La infancia robada de los niños de Níger y la Comunidad: el calor de una familia que ayuda a volver a empezar

3 Junio 2016 - NIAMEY, NÍGER

ÁfricaCárcelNíger

Con Sant'Egidio en la cárcel de menores de Niamey

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La cárcel de menores de Niamey (Níger) alberga a unos cien jóvenes. Muchos de ellos provienen de las zonas de frontera con Nigeria. Es una zona donde Boko Haram lleva a cabo sangrientas acciones, a menudo utilizando niños secuestrados a sus familias o enrolados en la calle, con la complicidad de la pobreza y el abandono.
Privados de cariño familiar, muchas veces los únicos adultos con los que han tenido relación son los mismos que los han explotado, los han utilizado como instrumentos de violencia y les han obligado a llevar a cabo actos criminales de mayor o menor envergadura.
Eso se puede ver en su mirada perdida, dura, en el silencio que cuesta romper y que tienen muchos de ellos, sobre todo en los primeros encuentros.
¿Cómo devolver la infancia a estos niños? ¿Cómo hacer que vuelva a su cara la sonrisa y a su vida la esperanza en el futuro?

"Hace algunos meses –explica Sylvan, de la Comunidad de Sant’Egidio de Niamey– que los visitamos dos veces por semana.
La visita les permite salir al patio y jugar con el balón, comer bien con las cosas buenas que trae la Comunidad; les permite tener jabón y ropa y luego hablar juntos en un clima de respeto y simpatía. Sentir que les tienen en cuenta y que les aman es una gran alegría para ellos.

Siempre me sorprende cuando, al entrar al patio, nos reciben como parientes, nos esperan: nos saludan como si fuéramos sus padres, algunos me llaman papá".
Precisamente como una familia adoptiva, la Comunidad de Niamey –con pocos medios, pero con tenacidad y pasión– reconstruye sus vidas. Con las visitas, llega también un rato para hablar y alguna pequeña ayuda material: jabón, ropa y buena comida.
Son cosas que les hace sentir que son amados, muchas veces por primera vez en su vida. Así, O., de 17 años, al que un familiar metió en tráficos poco claros, tras casi un año en la cárcel de máxima seguridad, ha vuelto a sonreír y sueña en aprender el oficio de mecánico.

En cambio, S., que tiene 16 años y nunca ha tenido familia, espera la visita de estos amigos más grandes para pedirles consejo sobre cómo vivir, en un futuro, como hombre libre, una vida con un trabajo y una esperanza de construir un futuro.