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Navidad. La fiesta de un Dios amigo

21 Noviembre 2019

Navidad

La reflexión de Monseñor Vincenzo Paglia

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La Navidad, no solo en Occidente, continua siendo el momento que divide en dos la historia: “antes” y “después” de Cristo. Ésta fue una elección hecha hace varios siglos. Los antiguos, de hecho, consideraban la Navidad – es decir el nacimiento de Cristo – como una línea divisoria de la historia, o mejor dicho, el comienzo de un nuevo y definitivo capítulo para la historia del mundo. Se asociaba este evento, el nacimiento de Jesús, al renacimiento de la historia humana. Un antiguo creyente de la Iglesia siríaca de los primeros siglos, Efrem, que también era poeta, comparó la Navidad con el mismo Jesús y lo llamaba "amigo de los hombres". Sí, la Navidad como un día "amigo de los hombres", una fiesta amiga. Él escribió: «La Navidad vuelve cada año a través de los tiempos; envejece con los viejos y se renueva con el Niño que ha nacido... Sabe que la naturaleza no podría vivir sin ella; como tú (Jesús), que vienes a la ayuda de los hombres en peligro. El mundo entero, oh Señor, tiene sed del día de tu nacimiento... Por lo tanto, que este año también sea como tú, que traiga paz entre el cielo y la tierra ». Navidad, por lo tanto, "amiga de los hombres". ¿El motivo? La venida de Cristo entre nosotros. Juan lo escribe en el Prólogo de su Evangelio: "La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1:14). Es Dios mismo quien baja del cielo para vivir con nosotros. Ciertamente, los hombres no se portan muy bien: el Creador viene y nadie le abre la puerta. Él se contentó con un establo para no dejarnos solos: "No había lugar para ellos", escribe Lucas con amargura. Es realmente impensable lo que sucede en esta gran fiesta. Dios no solo se contenta con un establo, sino que elige venir al mundo como un niño, como nacen todos los niños. Y creo que es precisamente esta la razón por la cual en Navidad todos nos enternecemos. Y esta es la razón por la cual tantos vienen a la misa de medianoche. Es algo hermoso. Muestra que no podemos permanecer indiferentes ante un Dios que llega tan lejos.

Esto no sucede en ninguna religión. Normalmente ocurre lo contrario. En todas las tradiciones religiosas (excepto las abrahámicas) los creyentes celebran ritos, realizan prácticas ascéticas para ser aceptados por Dios, para acercarse a Él. En el cristianismo sucede lo contrario. El Dios cristiano aparece como un Dios invertido: más que en el cielo, está en la tierra; más que distante es próximo; más que uno grande, es un niño; más que un rico, es pobre. En los Evangelios se le llama Emmanuel, es decir "Dios con nosotros". En efecto, la cercanía del Señor a los hombres es una de las piedras angulares de la fe cristiana. Sí, no somos nosotros los que vamos hacia Él. Es Él quien viene hacia nosotros. Y no por deber. Sino por amor. De manera que podemos estar totalmente de acuerdo con esta hermosa observación de Italo Calvino que siempre me ha impresionado mucho: "En el mundo podrán haber hombres que se hacen llamar "sin Dios", pero desde Navidad en adelante nunca más podrá haber un Dios sin hombres".


[ Vincenzo Paglia ]