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Lugares de Dios y de paz, no campos de batalla

13 Mayo 2021

Marco ImpagliazzoDiálogo interreligioso

Artículo de Marco Impagliazzo sobre los ataques a sinagogas, iglesias y mezquitas

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¿Ha empezado un nuevo conflicto entre Israel y palestinos con los desórdenes de la Explanada del Templo de Jerusalén, ante las mezquitas de Al Aqsa y de la cúpula de la Roca? Es realmente inaceptable. Los lugares santos y todos los lugares sagrados dedicados a la oración, tanto si son sinagogas como iglesias o mezquitas, deben quedar al margen de los conflictos, siempre. En las últimas décadas hemos asistido repetidas veces a ataques contra sinagogas, también en Europa, a la profanación de cementerios judíos, y de iglesias en Irak y en África a manos de yihadistas y, al mismo tiempo, a la destrucción de mezquitas, como en Sarajevo durante la guerra y también en Irak o India. En todo el mundo ha habido ataques terroristas que han dañado los lugares donde hombres y mujeres rezan. Son lugares donde se busca en lo más hondo un camino de paz y de consuelo en un mundo en el que se manipulan las religiones a diario. La reanudación de los enfrentamientos violentos entre Gaza e Israel, en una incertidumbre política que hace más frágil aún la convivencia, puede hacer estallar otras zonas de la región que, hasta el momento, habían permanecido en calma incluso en los momentos más duros de enfrentamiento. Por desgracia, la violencia ha afectado también a lugares religiosos que normalmente nunca habían sido atacados, como la sinagoga de Lod, que ayer fue atacada e incendiada. Es algo que hay que condenar categóricamente: no se puede pisotear el sentimiento religioso de los pueblos a causa de un conflicto que –como se sabe desde hace décadas– es únicamente político. Los sentimientos religiosos pueden ser una reserva de esperanza, más allá de la política. Las personas y los pueblos no son solo necesidades e intereses materiales, ni tampoco se mantienen unidos por cementos ideológicos o patrióticos o por pasiones políticas: también están habitados por profundos y comunes sentimientos religiosos que arraigan con siglos –a veces milenios– de fe y de cultura. El apoyo a una causa, como la palestina en este caso, no puede convertirse en demonización de Israel y de los judíos. Es un cortocircuito que se repite desde hace años con consecuencias trágicas. Es evidente que para el judaísmo la existencia de Israel es fundamental, pero eso no implica atribuir a todos los judíos las decisiones políticas diarias de un gobierno. La existencia de Israel es importante no solo para los judíos, sino también para el mundo. En el mundo árabe, tras la Segunda Guerra Mundial, se vio la desaparición de la presencia judía, que había llevado a cabo una simbiosis con la cultura árabe islámica desde el Marruecos de los santos comunes, hasta el Egipto de los antiquísimos asentamientos judíos, aunque a lo largo del tiempo también ha habido tensiones y expresiones antiisraelíes. El fin de la simbiosis entre judíos y musulmanes fue un choque cultural de calado, del mismo modo que ahora lo es la emigración cristiana y árabe cristiana hacia el Occidente de los Estados musulmanes. Sobre un antiguo estrato, el antisemitismo de cuño occidental, la oposición a Israel y la cuestión palestina provocan una fuerte mezcla de odio. En el Documento sobre la Fraternidad Humana que firmaron el papa Francisco y el gran imán al Tayyeb se lee: «Proteger los lugares de culto (...) es un deber que garantizan las religiones, los valores humanos, las leyes y las convenciones internacionales. Todo intento de atacar los lugares de culto o de amenazarlos (...) es una desviación de las enseñanzas de las religiones». Un mundo sin sinagogas, iglesias ni mezquitas no sería un mundo mejor sino más árido y con menos esperanza. Es momento de dejar de implicar en los conflictos a los lugares religiosos y de oración, para preservar el alma de humanidad y de paz que representan. La convivencia, vivir juntos, no es solo algo que soportar como una fatalidad: también es el indicador de una sociedad más democrática.

Las tentaciones de homologación son peligrosas para toda sociedad: buscar al enemigo nos ciega y termina por dividirnos hasta el infinito. Hoy la opción necesaria es favorecer el diálogo a todos los niveles, también religioso, para evitar la radicalización de las diferencias entre las personas y los pueblos. Es lo que deseamos que ocurra entre israelíes y palestinos.  Después de tanto sufrimiento, tras los muertos de estos días, estamos cada vez más convencidos de que un conflicto que, en dos fases, dura desde 1948, debe dejar paso al restablecimiento de la paz. ¿Es una utopía? Tal vez sí, pero cada vez es más necesaria.

Marco Impagliazzo

Artículo aparecido en Avvenire

[Traducción de la redacción]