Traducción Prensa

No nos resignemos nunca a la barbarie. Artículo de Marco Impagliazzo en Avvenire

9 Mayo 2022

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Es triste que Europa esté ensangrentada por un nuevo conflicto precisamente en los días en que se celebra el aniversario del fin de la II Guerra Mundial. Y es terrible pensar que el enfrentamiento actual corre el riesgo de escapar a todo control. La «guerra mundial a trozos» de la que habló el Papa Francisco parece afianzarse. Se habla de una posible expansión de las hostilidades, se dibujan escenarios que amplifican lo que se ha hecho o plantean la hipótesis de una destrucción a gran escala. Estamos asistiendo a una militarización progresiva de las conciencias, con líderes políticos y representantes de los medios de comunicación que se posicionan por uno u otro lado, provocan e insultan en un crescendo que se autoalimenta.
Las tímidas negociaciones de los primeros días se han encallado, las voces de la paz son silenciadas o denigradas. Se eleva, por supuesto, la de Francisco, pero muchos la rebajan, cuando en realidad es una de las pocas voces firmes y valientes. El Papa vio de inmediato el gran peligro de la situación y denuncia enérgicamente la locura de estos setenta y tres días («Me pregunto si existe la voluntad de evitar una escalada militar y verbal») y el abismo hacia el que avanzamos con ciega imprudencia.
En el este y en occidente se habla demasiado, y demasiado a la ligera, de una tercera guerra mundial. Nos quedamos de piedra cuando vemos simulaciones en los periódicos, cuando las explican en la televisión y cuando circulan por las redes sociales, donde la ignorancia, el sonambulismo, el apoyo incondicional y un furor absurdo se llevan por delante todo razonamiento y toda prudencia.
Me viene a la memoria el mayo de 1915, cuando se extendió por Italia un deseo febril de participar en el conflicto, de lanzarse a la refriega, considerando que la guerra era la única forma de librarse del «malo» de turno. Pero el de hoy no es el mundo de hace cien años, el planeta está lleno de armas inmensamente más peligrosas y, como estamos descubriendo, no hay hombres muy juiciosos al frente. Estamos en un polvorín y cada mecha es muy peligrosa.
Soplar sobre el fuego de un nuevo conflicto mundial es lo más absurdo que puede hacer la humanidad. La paz más imperfecta es mejor que una catástrofe segura. Y ya acercarse con superficialidad e imprudencia a una hipótesis que no debe salir de la esfera de lo «indecible», de lo «inconcebible», indica un problema. ¿La irracionalidad ha infectado a todo un mundo? Deberíamos estar más asustados por este baile al borde del barranco, por la invocación de un demonio que no debe hacernos creer jamás que lo podemos controlar.
Sin embargo, como tuiteó Edgar Morin, muchos optan por «recurrir a la simplificación y al rechazo de la complejidad» y se encaminan impertérritos «hacia la guerra general y la caída en el abismo». Nadie se plantea lo que podría significar una guerra atómica, nadie se acuerda de lo que fue el drama de la guerra.
El cardenal Zuppi ha escrito: «Ha desaparecido el recuerdo de dos guerras mundiales. Este es el tiempo de la amnesia, y los nacionalismos son amnesia». Pero los nacionalismos se exaltan, recuperan tonos olvidados para celebrar heroísmos, aunque «los héroes son los que no matan», como dijo Marco Tarquinio. Hay un clima de una cruzada, del bien contra el mal, que crea una contraposición que puede impedir el indispensable compromiso de toda mediación de paz. Casi solo la Iglesia, «experta en humanidad», custodia el recuerdo y trata de hacer valer el sentido común.
Es fácil empezar una guerra en nuestro planeta. Pero hacer que termine ya es más difícil. Como ocurre en Oriente Medio o en África, los conflictos no se ganan ni se aplacan. Existe el peligro de que la guerra en curso, la primera desde 1945 en la que participa una superpotencia, se complique hasta el extremo ataque tras ataque, y llegue a un nivel de brutalidad del que sea difícil salir.
Hay que reaccionar ante todo esto, sobre todo con palabras. No podemos observar pasivamente cómo se eleva una espada gigante de Damocles sobre nuestra cabeza. Hay que repetir y actualizar aquel llamamiento que Juan XXIII hizo el 25 de octubre de 1962 a los contendientes y al mundo para evitar la crisis de los misiles de Cuba: «Recordamos el grave deber de quienes tienen la responsabilidad del poder. Y añadimos: que escuchen el grito angustiado que, desde todos los puntos de la tierra, niños inocentes y ancianos, personas y comunidades, elevan al cielo: ¡Paz! ¡Paz!».

 

[Traducción de la redacción]


[ Marco Impagliazzo ]