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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de san Adalberto, obispo de Praga. Sufrió el martirio en Prusia oriental, adonde había ido para anunciar el Evangelio (+997). Residió largo tiempo en Roma donde se venera su recuerdo en la basílica de san Bartolomé de la Isla Tiberina.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 24,13-35

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. El les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?» El les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron.» El les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Cristo ha resucitado de entre los muertos y no muere más!
El nos espera en Galilea!

Aleluya, aleluya, aleluya.

La Iglesia, con la narración de Emaús, nos hace permanecer aún en el día de Pascua: no debemos alejarnos de ella, tenemos que revivirla para saborear el misterio salvífico por nosotros y por el mundo. Podríamos decir que el viaje de los dos discípulos continúa hasta nuestros días con nosotros. Su tristeza es similar a la nuestra, a la de muchos hombres y muchas mujeres que viven aplastados por el dolor y la violencia. ¿Cuántos, incluso hoy, cediendo a la resignación de que nada puede cambiar, como aquellos dos discípulos, vuelven a su pueblo pequeño, a sus ocupaciones y al recinto de sus intereses personales? Por supuesto, no faltan razones para resignarse: podría decirse que el Evangelio mismo es derrotado por el mal a menudo. Todos vemos que muchas veces el odio vence al amor, el mal al bien y la indiferencia a la compasión. Pero un extranjero llega entre nosotros, sí, uno que no se ha resignado a la mentalidad del mundo y que, por lo tanto, le es extranjero, que se sitúa a nuestro lado. Por supuesto, es acogido, y es necesario que comience un diálogo con él. Es lo que sucede al abrir las Sagradas Escrituras y al comenzar a escuchar. Al principio hay un reproche, es decir, surge una distancia entre aquellas palabras elevadas y nuestra pereza, nuestro pecado, nuestra resignación a todo lo que vivimos y a todo lo que sucede en el mundo. Pero si continuamos escuchando a aquel extranjero, si seguimos abriendo los oídos y el corazón a sus palabras, también nosotros, junto a aquellos dos, sentiremos que el corazón se calienta en el pecho y que la tristeza que nos domina se derrite. Tenemos que escuchar las palabras del Evangelio para despejar la mente de los pensamientos banales que nos impiden ver los signos de los tiempos. El Evangelio escuchado y meditado es la luz que ilumina nuestros ojos para ver el diseño de Dios y también es el fuego que calienta el corazón para volver a descubrir la pasión de cambiar el mundo. Después de la larga conversación con aquel extranjero, ya estamos en el final del viaje, fluye de su corazón una sencilla oración: "Quédate con nosotros". El evangelio no pasa sin efecto. Quien lo escucha encuentra de nuevo la oración y Jesús le escucha de inmediato. Fue él mismo quien sugirió a sus discípulos: "Pedid y recibiréis" (Jn 16,24) y en el Apocalipsis: "Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20). Aquella noche de Pascua, Jesús entró a cenar con los dos y mientras partía el pan le reconocieron. Al ver este gesto de "partir el pan", que sólo Jesús sabía hacer, los dos reconocieron al Maestro. Ya no estaba en la tumba. Al contrario, ahora les acompañaba a lo largo de los caminos del mundo y enseguida salieron a comunicar el Evangelio de la resurrección a los demás hermanos. María le reconoció mientras la llamaba por su nombre, los dos de Emaús mientras partía el pan con ellos. La Eucaristía es para nosotros la Pascua, el momento del encuentro con el Resucitado, junto a María y a los dos de Emaús.


23/04/2014
Oración de Pascua


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