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La oración cada día


 
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Iglesia de San Egidio - Roma


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Sirácida 44,1.9-13

Hagamos ya el elogio de los hombres ilustres,
de nuestros padres según su sucesión. De otros no ha quedado recuerdo,
desaparecieron como si no hubieran existido,
pasaron cual si a ser no llegaran,
así como sus hijos después de ellos. Mas de otro modo estos hombres de bien,
cuyas acciones justas no han quedado en olvido. Con su linaje permanece
una rica herencia, su posteridad. En las alianzas se mantuvo su linaje,
y sus hijos gracias a ellos. Para siempre permanece su linaje,
y su gloria no se borrará.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En la historia de Israel se suceden los que el libro del Eclesiástico llama “hombres ilustres” (cap. 44-50). Desde Henoc hasta el sumo sacerdote Simón, hijo de Onías, que vivió alrededor del 300 antes de Cristo, el autor sagrado hace una lista de los grandes nombres que aparecen en el texto bíblico como pilares de la fe en el Dios de la alianza y la paz. Mirar atrás, hacia la historia pasada, es un estímulo y un desafío para el momento presente. El recuerdo de los padres en la fe no es una nostalgia inútil sino la confirmación de que el Señor siempre ha actuado en las profundidades de la historia humana suscitando hombres y mujeres que fueran, para Israel y también para los pueblos vecinos, guías y modelos de justicia y fidelidad. La historia no es muda ni se juega en un retorno eterno, como si estuviera encerrada en sí misma. La historia es como un camino que se realiza día tras día con la ayuda y la presencia constante del Señor. En esta historia de salvación están los hubo también “hombres de bien, cuyos méritos no han quedado en el olvido” (v. 10). Ellos son una garantía espiritual, una especie de levadura que crece en el momento presente. No podemos vivir sin la memoria de aquellos que nos han precedido. A ellos les fue anunciada la promesa de Dios pero sobre nosotros recae la gracia de esta promesa. Por esto Jesús dice: “Muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron” (Mt 13,17). Se puede decir que “la descendencia” de los hombres ilustres fue muy afortunada, porque ellos quedaron en el umbral de la promesa mientras que nosotros, que hemos conocido a Jesús, hemos entrado por la puerta de la fe y del amor. Había “algo mejor para nosotros” (Hb 11,40), el don de la salvación que nos ha llegado gracias al gran testimonio, el que Jesús dio, “el que inicia y consuma la fe” (Hb 12,2).


29/05/2015
Memoria de Jesús crucificado


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