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La oración cada día


 
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Icono del Santo Rostro
Iglesia de San Egidio - Roma

Recuerdo de los santos Addai y Mari, fundadores de la Iglesia caldea. Oración por los cristianos de Irak.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Judas 1,20-25

Pero vosotros, queridos, edificándoos sobre vuestra santísima fe y orando en el Espíritu Santo, manteneos en la caridad de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. A unos, a los que vacilan, tratad de convencerlos; a otros, tratad de salvarlos arrancándolos del fuego; y a otros mostradles misericordia con cautela, odiando incluso la túnica manchada por su carne. Al que es capaz de guardaros inmunes de caída y de presentaros sin tacha ante su gloria con alegría, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, gloria, majestad, fuerza y poder antes de todo tiempo, ahora y por todos los siglos. Amén.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El apóstol Judas, tras haber descrito largamente y haber condenado la obra de los falsos maestros, no quiere que los creyentes se sorprendan demasiado por lo que pasa. Se podría decir que estaban escandalizados pero no maravillados. Y recuperando la imagen de la casa, exhorta a los creyentes a continuar construyendo el edificio espiritual que es la comunidad. Resuena en estas palabras la responsabilidad de todo creyente. Estamos lejos de una concepción que, con las palabras de hoy, podríamos definir como clerical. La comunidad es de todos y cada uno de los que la forman es responsable de ella. No es suficiente con una pertenencia "étnica". Todo creyente dará cuentas a Dios de su trabajo en la Iglesia. Y el apóstol señala algunos que hay que practicar. En primer lugar, la oración. Es una tarea sacerdotal de toda la comunidad, nadie puede excluirse de este "trabajo" esencial para edificar la Iglesia. Practicando la oración derrotamos de raíz la concepción individualista de la fe y nos encaminamos hacia la otra obra, es decir, "mantenerse en la caridad de Dios". Esta última expresión contiene aquella sinergia que se instaura entre Dios y los creyentes cuando instauran el amor en esta tierra. No se trata de un amor cualquiera, sino del amor de Dios infundido en el corazón de los creyentes. Los cristianos viven el amor de una manera peculiar, que les es propia. Y ese es tal vez el tesoro más grande que podemos mostrar al mundo. Nadie más puede hacerlo. Así viven y esperan los cristianos la misericordia de Dios, es decir, la plenitud del reino. Es una espera activa que requiere una gran generosidad por parte de todos. El apóstol exhorta a ocuparse con cariño de los hermanos y las hermanas. Ese es el amor evangélico que estamos llamados a vivir. Y por ello nos reconocerán como discípulos de Jesús. El apóstol concluye con una alabanza a Dios, a quien le confía los creyentes. Él no solo los guarda "inmunes de caída" sino que los custodia hasta presentarlos "sin tacha ante su gloria con alegría". El apóstol incluye en una única mirada toda la historia de la Iglesia y ve su conclusión, cuando la Iglesia no tendrá tacha alguna y vivirá la alegría de los santos. Judas sabe que sus exhortaciones y sus advertencias son importantes porque están escritas con la autoridad del Señor, pero también es consciente de que solo el Señor es el Pastor fuerte y bueno que puede guiar y proteger a la Iglesia. Por eso sus exhortaciones se transforman en oración. Y la oración es la ayuda más robusta que puede dar a los cristianos a los que escribe. Es una invitación también para nosotros, para que aprendamos a orar los unos por los otros.


28/05/2016
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