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Memoria de la Iglesia
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Memoria de la Iglesia

Recuerdo de Modesta, vagabunda a la que se dej? morir en la estaci?n de Termini, en Roma, que no fue socorrida porque estaba sucia. Con ella recordamos a todas las personas sin hogar que han muerto. Leer más

Libretto DEL GIORNO
Memoria de la Iglesia
Jueves 31 de enero

Recuerdo de Modesta, vagabunda a la que se dej? morir en la estaci?n de Termini, en Roma, que no fue socorrida porque estaba sucia. Con ella recordamos a todas las personas sin hogar que han muerto.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendr?n
un solo reba?o y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Romanos 12,9-21

Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiri?ndoos al bien; am?ndoos cordialmente los unos a los otros; estimando en m?s cada uno a los otros; con un celo sin negligencia; con esp?ritu fervoroso; sirviendo al Se?or; con la alegr?a de la esperanza; constantes en la tribulaci?n; perseverantes en la oraci?n; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen, no maldig?is. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran. Tened un mismo sentir los unos para con los otros; sin complaceros en la altivez; atra?dos m?s bien por lo humilde; no os complazc?is en vuestra propia sabidur?a. Sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres: en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres; no tomando la justicia por cuenta vuestra, queridos m?os, dejad lugar a la C?lera, pues dice la Escritura: M?a es la venganza: yo dar? el pago merecido, dice el Se?or. Antes al contrario: si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; haci?ndolo as?, amontonar?s ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

?Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiri?ndoos al bien; am?ndoos cordialmente los unos a los otros; estimando en m?s cada uno a los otros; con un celo sin negligencia.? La verdadera fuerza de la comunidad de disc?pulos reside por completo en estas palabras que Pablo dirige a sus hermanos que se encuentran en Roma. En efecto, la comunidad no es fuerte de s? misma ni de sus obras, sino de la capacidad de vivir un amor sincero y amplio hacia todos. Este es el don m?s precioso que el Se?or ha hecho a sus disc?pulos. Este amor hace a la comunidad fuerte y le da autoridad en el mundo. En efecto, en este amor que los creyentes reciben de lo alto, reside la energ?a que hace posible cosas que de lo contrario son imposibles para los hombres. Cuando la comunidad (y con ella todo disc?pulo) no vive para s? misma sino para dar testimonio del amor que ha recibido del Se?or, llega a hacer cosas grandes. Por esto podr?amos decir que Jes?s, conociendo directamente la fuerza del amor, pudo decir a los disc?pulos de ayer y de hoy: ?el que crea en m?, har? ?l tambi?n las obras que yo hago, y har? mayores a?n?. Esta es la fuerza del amor, la fuerza de quien vence el mal con el bien.

La oración es el corazón de la vida de la Comunidad de Sant’Egidio, su primera “obra”. Cuando termina el día todas las Comunidades, tanto si son grandes como si son pequeñas, se reúnen alrededor del Señor para escuchar su Palabra y dirigirse a Él en su invocación. Los discípulos no pueden sino estar a los pies de Jesús, como María de Betania, para elegir la “mejor parte” (Lc 10,42) y aprender de Él sus mismos sentimientos (cfr. Flp 2,5).

Siempre que la Comunidad vuelve al Señor, hace suya la súplica del discípulo anónimo: “¡Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). Y Jesús, maestro de oración, continúa contestando: “Cuando oréis, decid: Abbá, Padre”.

Cuando oramos, aunque lo hagamos dentro de nuestro corazón, nunca estamos aislados ni somos huérfanos, porque somos en todo momento miembros de la familia del Señor. En la oración común se ve claramente, además del misterio de la filiación, el de la fraternidad.

Las Comunidades de Sant'Egidio que hay por el mundo se reúnen en los distintos lugares que destinan a la oración y presentan al Señor las esperanzas y los dolores de los hombres y mujeres “vejados y abatidos” de los que habla el Evangelio (Mt 9,37). En aquella gente de entonces se incluyen los habitantes de las ciudades contemporáneas, los pobres que son marginados de la vida, todos aquellos que esperan que alguien les contrate (cfr. Mt 20).

La oración común recoge el grito, la aspiración, el deseo de paz, de curación, de sentido de la vida y de salvación que hay en los hombres y las mujeres de este mundo. La oración nunca es vacía. Sube incesante al Señor para que el llanto se transforme en alegría, la desesperación en felicidad, la angustia en esperanza y la soledad en comunión. Y para que el Reino de Dios llegue pronto a los hombres.